El poeta y la Historia

El 20 de enero se cumplieron 83 años del nacimiento de Heberto Padilla, y a propósito de esta efeméride reproduzco el presente artículo, que publiqué en el 2000, año en que falleció el polémico autor de Fuera del juego.
 Padilla y yo. Estocolmo, 1994.

Padilla y yo. Estocolmo, 1994.

Manuel Díaz Martínez
Con la muerte de Heberto Padilla, hace apenas dos meses, ha vuelto a la actualidad el escándalo político que protagonizó el poeta.
El llamado Caso Padilla se inició en 1968, cuando en el concurso de ese año de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) fue premiado el libro Fuera del juego, calificado por el Gobierno de contrarrevolucionario, y culminó en 1971 con el arresto y la autocrítica forzada del poeta.
Sobre este asunto he escrito en otras ocasiones, pero hoy quiero responder una pregunta que se me ha formulado recientemente: ¿Por qué el régimen cubano concedió tanta importancia a Padilla y su libro?
Para responderla hay que situar el Caso Padilla en su contexto histórico, caracterizado, en lo que a las ideas políticas se refiere, por el auge en Occidente de una nueva izquierda ilustrada, no comunista, y por la aparición, dentro de los regímenes comunistas del Este, de grupos de intelectuales disidentes.
Esa nueva izquierda ilustrada consideraba que la revolución cubana era la única de su especie orientada hacia el humanismo, el cual, según Julio Cortázar, es “el único socialismo”, amenazado tanto por el sistema capitalista como por el comunismo dogmático. Esta creencia propiciaba el apoyo de los intelectuales progresistas, antiestalinistas, al proceso revolucionario cubano. Pero, al mismo tiempo, causaba desconfianza en la izquierda dura, empezando por los dirigentes de la Unión Soviética y del resto de las “democracias populares”, cuyo apoyo necesitaba Castro para mantener su revolución y sostenerse en el poder.
En esa pugna entre ortodoxos y heterodoxos se origina el Caso Padilla.
Padilla jugó en Cuba un papel similar al de Evgueni Evtushenko y Alexander Solzhenitsin en la Unión Soviética. Era el mismo que jugaban en Checoslovaquia el dramaturgo Václav Havel y el filósofo Jan Patočka, ideólogos de Foro Cívico y Carta 77. Pero Padilla, a diferencia de esos intelectuales descontentos y de otros que surgieron en Polonia, Hungría, Rumanía, Alemania y Bulgaria, no se oponía al socialismo. Él aspiraba, al igual que sus colegas occidentales de la nueva izquierda y que muchos del Este, a una reforma humanista del sistema, una reforma proyectada hacia la justicia social con libertad. Lo que refleja Fuera del juego es, básicamente, el rechazo de Padilla al hegemonismo del Estado sobre la persona, inherente al modelo soviético. En su libro hay, por tanto, una crítica implícita a la implantación en Cuba de este modelo. Era una crítica peligrosamente oportuna por cuanto llegaba en el instante en que Fidel Castro se echaba en brazos de los soviéticos, con lo cual pasaba cerrojo a los principios democráticos del programa de la revolución -conocido como Programa del Moncada-.
El régimen tenía motivos para inquietarse: de pronto, un poeta brillante que le había servido como periodista y funcionario, con una cultura política enriquecida en sus viajes por los países socialistas, con amigos disidentes en éstos, presenta a concurso un libro cargado de un criticismo que, según la directiva de la UNEAC, era ejercido “desde un distanciamiento que no es el compromiso activo que caracteriza a los revolucionarios”. Además, el conflictivo poemario es elegido para el premio por todos los jurados del concurso de la UNEAC, entre los cuales hay tres poetas cubanos (José Zacarías Tallet, José Lezama Lima y el que esto escribe), quienes resisten las presiones del poder para que no emien el libro.
Cuando desde el Gobierno se afirmó, en medio de la polémica en torno al libro de Padilla, que existía una conjura de intelectuales contra la revolución, se estaba desvelando la causa de la zozobra oficial. El Gobierno creía ver en esa supuesta conjura la aparición en la isla de un grupo de intelectuales contestatarios equivalente a los surgidos en la Europa comunista.
Ninguna prueba más convincente de la inquietud que el Caso Padilla produjo en el régimen, y de por qué la produjo, que el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, celebrado en La Habana a fines de abril de 1971, una semana después de la autocrítica de Padilla. Castro usó ese congreso para fusilar políticamente a la intelectualidad democrática que hasta entonces lo había apoyado, presentada ahora por él como instrumento del imperialismo. Allí Castro cerró el cerco en torno a la libertad de expresión en Cuba con el fin e asfixiar en el huevo a una oposición antitotalitaria que ya sentía nacer. Es significativo que en su discurso de clausura del congreso anunciara el cierre, por tiempo indefinido, de las fronteras cubanas a los intelectuales extranjeros -“ratas” los llamó- que condenaron el encarcelamiento de Padilla y denunciaron el giro de la revolución hacia el estalinismo. Entre estos intelectuales figuraban Mario Vargas Llosa, Juan Goytisolo, Jean-Paul Sartre, Susan Sontag, Margueritte Yourcenar e Ítalo Calvino, entre otros muchos.
Aprobando la intervención armada soviética (1968) en la Checoslovaquia secesionista de Dubček y, simultáneamente, rompiendo su ya inconveniente romance con la izquierda heterodoxa -para lo que le vino pintado el Caso Padilla-, Castro halló la manera de reparar sus relaciones con el Kremlin, averiadas desde la Crisis de los Misiles.
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