El árbol que era Luis

Luis Natera

Luis Natera

Sergio Constán
(CANARIAS 7, 14/1/2015) Hace dos años que Luis Natera se fue. No tocaba. De ninguna de las maneras tocaba. Ni a él su viaje definitivo ni a nosotros su pérdida irreemplazable. Por una vez me falló la escritura y su atribuida terapia de diván: no fui capaz de hilvanar entonces más allá de cuatro o cinco líneas en su memoria, porque al dolor siguió la impotencia, y a esta, el más absoluto extravío. (Luis tacharía aquí, para sobrescribir “naufragio”: acertaría, una vez más). Del resto, supongo, se encargó el pudor, atenazado siempre por aquella amonestación ramoniana sobre nuestros tan entonados como fatuos “lo conocí”, a los que somos tan dados. Precisamente a este privilegio se equipara casi una satisfacción inversa, la del “me conoció”. Porque Luis conocía de verdad a sus amigos, y no dejaba nunca de ahondar en nosotros, de querer saber de nuestros días, de nuestros gozos y desvelos, de los proyectos abrazados, de las lecturas últimas y de las inmediatas… Apenas una semana antes de su adiós me había vuelto a llamar para interesarse por mi padre, hospitalizado en aquellas fechas. Cómo olvidarlo.
Luis nos conoció, así es, porque amaba la amistad como amaba la poesía. Porque amaba la vida al fin, y sabía que aquellas, amistad y poesía, eran en él tan naturales condiciones, que tenía entre sus manos buena parte del gran secreto de la existencia. Todo ello a pesar del dolor, del que consignó con arrojo su descarnada memoria; todo ello a pesar del sufrimiento, sublimado en ese canto sereno que es su obra. Dichoso en el dolor. Pleno. Por eso hubo algo perverso e injusto en aquel imperdonable decreto del azar… o de los dioses, de entre los cuales, por cierto, alguno fue incansablemente buscado por el poeta; nos debe al menos una disculpa.
Llevo veinticinco años leyendo poemas de Luis Natera. Veinticinco años celebrando cada nuevo libro suyo, alimentándome con el verso único de un poeta del alma y de la luz, en el más místico sentido de los términos. Entre todos sus títulos siento quizá un especial cariño por Agrimensores de la bruma. Fue con este laureado poemario con el que ambos iniciamos una suerte de interacción poeta-lector, bajo aquella mágica atmósfera del salón de la avenida Rafael Cabrera y con la connivencia de varias tazas de café. Una sesión de largas horas a la que un imberbe aspirante a filólogo acudía con su ejemplar pertrechado de notas, de preguntas, de alguna que otra observación insolente…; y sobre las que el poeta, verso a verso, pieza a pieza, ejecutaba su humilde ejercicio crítico y hermenéutico, desnudando sin reparo toda la carpintería de su lírica. Lleva ese libro un verso hondo y definitivo, que acaso revela el signo del hombre y señala al tiempo su propia poética: “Hay que aprender a arder como los árboles”. Tenía también algo de premonitorio.
A pocas personas debo tanto, en lo literario y en lo vital, como a Luis Natera. Él publicó con generoso entusiasmo mis primeros textos en Cendro, revista que fundó y dirigió, y me abrió las puertas de aquellas míticas jornadas de literatura y pensamiento que lideró durante años. Antes, allá por el bachillerato, ya se había encargado de modificar buena parte de mi itinerario lector, irrumpiendo en él con su desmedida pasión por la literatura francesa. Con ejemplares suyos leí por vez primera a Baudelaire, Verlaine, Rimbaud o Mallarmé, aquella poesía maldita que las sabias orientaciones de Luis bendecían; de su mano llegué a La comedia humana, y es también mi inquebrantable admiración por Balzac un directo contagio suyo…
¿Y París? ¿Su París? Otro de los legados impagables. Luis nos trazó una y otra vez el más completo mapa oral y sentimental de su ciudad fetiche, que él conocía como pocos. Yo aprendí a verla y a amarla desde el verbo apasionado de mi amigo. Durante años, proyectamos pasar juntos un mes en la ciudad del Sena, hospedándonos en aquel seminario de Saint-Sulpice en el que tantas veces se recluyera el poeta. Hoy me arrepiento de no haber podido hacer realidad aquel plan maravilloso, y me consuelo volviendo siempre a París para hacer mi ruta Natera, con el Quartier Latin como epicentro.
Así de hechizante resultaba todo cuanto Luis Natera transformaba en palabra. Su pasión por las cosas no podía provocar en los otros sino pasiones adheridas e irreversibles. De algún modo parecía llevar consigo, siempre abierto por la última página, su nuevo catálogo de entusiasmos, con esa inherente sencillez de lo que es natural y rehúye la pose. A veces pienso que solo a través de una autenticidad como aquella puede crearse una obra poética verdadera, necesaria, válida. Tal vez por eso la voz que hallamos en sus poemas es pura y esencial, esquiva a los pretextos y libre de artificio; tal vez por eso sus versos, ecos de la madurez y la experiencia, son modernos en el sentido más clásico, y clásicos en el sentido más moderno. Naterianos.
Hace dos años un árbol comenzó a arder. Había aprendido a hacerlo: sereno, impávido, con esa majestuosidad que solo se encuentra en los robles centenarios. Tardarán en extinguirse sus llamas. Y cuando al fin lo hagan, darán paso a un rescoldo que no se apagará jamás, porque tiene la Eternidad su pliego de caprichos, y el Tiempo, un paciente registro de las cosas justas. Ese árbol se llamaba Luis.

CUANDO NO SE SABE HABLAR HAY QUE CALLARSE

Cuando no se sabe hablar hay que callarse
y dejar que el universo sintonice
señales mudas de un canto que se extiende
como la estela de un eco de otro eco.
Hay que volverse esponja o telescopio
y dejarse seducir por el silencio
que empapa el alma y domina las distancias.
Hay que arder de verdad en el espíritu
del aire, en la ceguera de la noche,
en la quietud del agua, en las estrellas
que tiemblan de pavor en el firmamento.
Hay que aprender a arder como los árboles.
LUIS NATERA
(De Agrimensores de la bruma, 1996)
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