El periodista de Fidel

(EL DIARIO, Buenos Aires, 27/11/2014) Creyó, vaya si creyó en la Revolución, como todo intelectual, como todo escritor creyó en la construcción de una nueva sociedad, esa sociedad donde la cultura sería popular y la expresión libre, desde su pasión por el periodismo y la literatura creyó y apoyó la construcción del Hombre Nuevo.

José Lorenzo Fuentes creyó en la Revolución, esa revolución que se ganó en el combate de Santa Clara, lugar donde nació, y que tan bien narró como periodista.

José Lorenzo fotoY a él, que había sido el periodista de Fidel, la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) lo expulsó de sus filas por traición a la Patria. Y no pasó mucho tiempo para que un tribunal lo condenara a tres años de trabajo forzado en la cárcel de Pinar del Río por traición a la Patria, prohibiéndole la publicación der sus libros por el resto de su vida. Luego, en 1991, vino el primer documento contestatario conocido como “Carta de los Diez” o  “La Declaración de los intelectuales” donde, junto a Manuel Díaz Martínez, María Elena Cruz Varela y Raúl Rivero entre otros, hablan de su desencanto, condenándose al exilio.

Lejos quedó su cargo como Jefe de Prensa del Instituto Nacional de Reforma Agraria, lejos el Premio Nacional de Novela con “Viento de enero” (1967) y una mención en el concurso Casa de las Américas con “Después de la gaviota” (1968), antología de cuentos que lo lanzara al reconocimiento internacional. Lejos, como sus interminables caminatas por la Habana Vieja.

Fuentes no es sólo un prolífico escritor de ficción, sino un estudioso de las ciencias orientales, uno de los escritores emblemáticos de la narrativa cubana de hace poco más de medio siglo.

Ahora desde sus más de 80 años, desde el exilio, nos deja su última novela “Las vidas de Arelys” (Ediciones Atenea), la historia de una reina rumana que escribía a escondidas a la luz de una vela, que recitaba a Shelley y a Byron por los pasillos del palacio, y que murió silenciada y olvidada por escribir en su diario una crítica a la monarquía y por sus supuestas relaciones lésbicas con una dama de la corte, suficientemente interesante para inspirar una novela. Y si la trágica suerte de la reina es sólo una de las existencias que una maestra del siglo XXI descubre en una sesión de regresión a vidas pasadas efectuada por el mismo escritor de la novela, es casi imposible contener la curiosidad.

“Ahora me parece que escribo mejor que antes porque tengo más experiencia. Decía Chéjov que el escritor posee la facultad natural y la dificultad adquirida. Y es que el oficio es muy importante”, comenta el escritor, que hoy trabaja a un ritmo más pausado. “Cuando era joven escribía 20 cuartillas al día, hoy sólo hago dos”, confiesa.

Anuncios