Banalización de la crueldad

Me gustan los animales porque son las víctimas inocentes
de la crueldad humana, que no tiene límites.
Brigitte Bardot

Animalista aficheDesde 1931, el 4 de octubre se celebra el Día Mundial de los Animales. Es una fiesta de la piedad que Juan Pablo II potenció al declarar a San Francisco de Asís, el 4 de octubre de 1980, Patrono de los Animales y los Ecologistas. Por razones que ignoro, pero que sin duda son ajenas a la espiritualidad, esta decisión papal es despreciada por los eclesiásticos de Tordesillas, los cuales aprueban el Toro de la Vega, uno de los espectáculos de maltrato animal más espeluznantes de cuantos registra el Calendario de Festejos Crueles (cartelera española de la barbarie que el Observatorio de Justicia y Defensa Animal mantiene en internet: http://www.justiciaydefensaanimal.es/observatorio-calendario-festejos-crueles.php).
La banalización de la crueldad -cuya muestra más nítida es la impiedad transformada en divertimiento- es propia de las sociedades primitivas. Resulta, pues, preocupante que un Estado moderno, como es España, admita que se continúe jugando con el sufrimiento de seres vivos y que este aberrante culto a la barbarie se legitime con la especiosa excusa de preservar “tradiciones culturales”. En clave contemporánea, banalizar la crueldad equivale a desnaturalizar la cultura. Una cosa es no olvidar la historia y otra, muy diferente, es mantener vivas costumbres salvajes de épocas pasadas.
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