Ni perdón ni clemencia, Blondinet

El perdón, la memoria, la no memoria … me escribe un amigo desde París. Antes yo le he dicho que en mis sienes se sientan a descansar pensamientos sobre el avatar cubano. Ni siquiera lo llamo tragedia o tragicomedia de actores todos agrupados en la escena o tras el telón de fondo. El avatar me interesaba diluirlo en una amable taza de café asomada tras la conversación entre tres generaciones, que bien podrían ser dos. Manolo, Claudia y yo, con la presencia a la espalda de Blondinet. ¿De qué me arrepiento? ¿Me arrepiento o no? ¿Pido perdón o ruego clemencia? Ninguna de estas preguntas satisfarían a ninguna de las partes porque dichas partes son el fraccionamiento de ilusiones muchas, muchos sufrimientos golgotianos y muchos egos caudillistas. Para nosotros, las ilusiones y el sufrimiento; para el culpable, atravesar el Gólgota.los egos se escapan raudos antes de que llegue el perdón o la clemencia. En ello estamos.
He sido fiel hasta que comprendí que la traicionada era yo; he sido leal desde el momento mismo en que decidí cambiar el mundo junto con los que sintieron los gritos de los jóvenes torturados en las prisiones del aquel dictador de apellido sonoro que rimaba con amatista. El otro, el caudillo enésimo de la historia cubana, solo rimaría con alabastro y sería algo de grito de segunda, manchado y triste, en una piel marcada por los años.
Ni perdón ni clemencia, Blondinet… busca y encuentro de raíces en seres humanos que como tú y yo podemos ser equilibristas en una misma cuerda mientras sea el amor y no el odio lo que tense nuestros extremos.
Sandra Salamandra, un día cualquiera en el otoño de las islas mirando hacia los continentes ajenos.
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