Natalicio del Máximo Capo

Fidel Castro cumplió ayer 88 años. Es una momia parlanchina en su mastaba tropical climatizada y militarizada; la primera momia con mortaja deportiva y rodeada de despensas y frigoríficos que desafían la indigencia nacional. Si a usted, curioso lector, le interesa saber lo que pienso de este célebre comediante del siglo XX, échele un vistazo a los párrafos que siguen: son mis respuestas a preguntas de mi gran amigo Francisco José Cruz, quien me entrevistó para el número 28 de la revista Palimpsesto, dirigida por él en la romana y andaluza villa de Carmona.
 -Por lo mismo que la revolución había despertado en mí grandes ilusiones, me resultaba harto difícil aceptar su fracaso. Durante demasiado tiempo quise creer que sus errores y horrores eran inevitables por el tamaño de la empresa en que nos habíamos embarcado, los desmesurados obstáculos que teníamos delante y el idealismo quijotesco del líder, y que todo era susceptible de enmienda, hasta que me rendí a la evidencia de que Fidel Castro, siguiendo al pie de la letra un guión estalinista, nos había vendido, como “dictadura del proletariado”, su ruinoso despotismo personal. Si el general Machado, un sátrapa que martirizó a los cubanos hace ochenta años, quiso ser el Mussolini tropical y no pudo, Castro, con más suerte y astucia, ha logrado ser el Stalin caribeño, o sea, cambiando la pipa por el puro.
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  -Batista era un espadón tradicional latinoamericano. En su segundo mandato, nacido del golpe de Estado que en 1952 derribó al presidente Carlos Prío Socarrás, gobernó manu militari, pero sin más pretensiones que mantenerse en el poder, mimar la casta castrense que lo sostenía y enriquecerse. Logró, con el favor de las circunstancias, que Cuba fuera la tercera o cuarta economía de América Latina, y, a lo largo de su trayectoria política, iniciada en los años 30, practicó con largueza el crimen de Estado. Curiosamente, y para su desgracia, con Fidel Castro fue benigno: después de que éste asaltara el cuartel Moncada y en Santiago de Cuba y Bayamo le matara decenas de soldados, lo mantuvo en la cárcel unos meses como en un hotel y finalmente le permitió salir de la isla. Las ambiciones de Fidel Castro eran infinitamente mayores que las del adocenado general. A Castro no le interesaba engordar una cuenta bancaria, sino ser el dueño de Cuba, y lo consiguió matando, antes y después del triunfo de su revolución, más cubanos que Batista. Castro quería mucho más que gobernar una isla: quería entrar en la historia como el Simón Bolívar del siglo XX en todo el Tercer Mundo. La ruina de Cuba da fe de tanto delirio.
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