De mi archivo / Carpentier presenta a Lam

Del 8 al 22 de mayo de 1955, el Museo de Bellas Artes de Caracas, uno de los más importantes de Latinoamérica, expuso 39 cuadros del gran pintor cubano Wifredo Lam (Sagua la Grande, 1902-París, 1982), realizados entre 1939 y 1955. Para el catálogo de la exposición, Alejo Carpentier escribió el siguiente texto:

Catálogo de la exposición.

Catálogo de la exposición.

En 1831, a poco de recibir un paisaje de la campiña alemana dibujado por un artista amigo, Goethe escribió: “Ahora que puedo contemplar de vez en cuando la imagen del paisaje situado en un lugar tan razonable y hasta me atrevo a decir sosegado, me alienta la esperanza de que también la buena naturaleza se haya apaciguado y abandonado para siempre sus locas y febriles conmociones”… De la “buena y sosegada” naturaleza goethiana salía Wifredo Lam cuando, hacia el año 1941, al cabo de una larga permanencia en Europa, se vio lanzado a lo más trabado y mágico de la naturaleza americana. Árboles olvidados desde la infancia acudían a recibirlo, adornados por collares de grandes frutas; otros le brindaban cactos y enredaderas a manos llenas; unos, enormes, cubiertos de dardos, se asemejaban a aquellos que, según la relación alucinada del Descubridor, “parecían llegar al cielo y nunca perdían las fojas”, dándose el prodigio de que en tales tierras “el ruiseñor cantaba en Noviembre”. Ciertas plantas regalaban instrumentos musicales, nacidos para ritmar los pasos de danzas rituales -para acompañar ceremonias de iniciación- perdiendo su condición primera, en segundos, para hacerse objetos de cultos sincréticos, cuyos altares se adornaban de piedras del cielo, imanes, herraduras, collares, símbolos de divinidades cuya larga historia se remontaba, a través de los sollados de la trata negrera, hasta los cultos solares de Creta. Del mundo “fijado”, curado de sus “locas y febriles conmociones, había pasado Wifredo Lam a un mundo de simbiosis, de metamorfosis, de confusiones, de transformaciones vegetales y telúricas (“en un tiempo fui árbol, ave, pez mudo en el fondo del mar”, contaba Empédocles), donde las plantas libraban guerras milenarias, cambiaban de curso los ríos, fingían sus apariencias las cosas, y ciertos troncos se asemejaban a cuerpos humanos, desollados, al pie de la rara montaña que el martillo del geólogo identificaba como una gigantesca mole de caracoles petrificados.

No de otro modo se había presentado la naturaleza americana ante los ojos de quienes, por vez primera, plantaron de este lado del Mar Océano el signo de su migración solar, y, alimentados por encantamientos de consejas y libros de caballería, creyeron encontrar dragones en los ríos, genios unípedos en los bosques, gigantes y amazonas, perros con gemas entre los ojos, fuentes de juventud eterna y piedras milagrosas… Quienes tuvieron oportunidad de asistir a la evolución de la pintura de wifredo Lam, desde que redescubriera las secretas formas de la naturaleza americana y los fijara en cuadros de una concepción cada vez más personal y mágica, saben cuán lógica, asentada en realidades, fue la lenta y gradual elaboración de su mundo plástico -creado muy lejos de donde hubiera podido ejercerse, sobre él, alguna influencia estética. Partiendo de elementos muy sencillos, muy inmediatos -a menudo el dibujo de una planta crecida en su jardín-, fue ascendiendo hasta el mito: hacia una mitología americana que hoy le pertenece por entero, con su zoología, sus seres volantes, sus signos, sus criaturas a la vez humanas y vegetales, que, partiendo de la célebre “Jungla” del Museo de Arte Moderno de Nueva York, se fueron fijando en lienzos cada vez más simples y monumentales, cada vez más sobrios de color, cuando no bullen en una vida propia tan activa y presente que mal se ve contenida por la barrera de los marcos.

Cubano por el nacimiento, Wifredo Lam pertenece por igual a todas las tierras de América donde aún existe una naturaleza desasosegada -todavía capaz de manifestarse en “febriles conmociones” de Génesis.

Alejo Carpentier

Dedicatoria de Lam al poeta cubano José A. Baragaño, cuya firma aparece en el margen superior.

Dedicatoria de Lam al poeta cubano José A. Baragaño, cuya firma aparece en el margen superior.

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