Samuel Feijóo (1914-1992)

Hoy se cumplen cien años del nacimiento del poeta, narrador, pintor, folclorista y editor cubano Samuel Feijóo. Por este motivo reproduzco el capítulo que dediqué a Feijóo en mi libro de recuerdos Sólo un leve rasguño en la solapa. MDM

Nicolás Guillén y Samuel Feijóo.

Nicolás Guillén y Samuel Feijóo.

Recordar a Samuel Feijóo es para mí un placer y un acto de justicia cordial. Desde los años en que yo daba los primeros pasos en la poesía, nunca me faltaron los dones de su amistad y de su saber. En cartas que conservo, en dedicatorias de libros que he leído y releído y en conversaciones que no se ha llevado el viento, Feijóo me dio siempre, con su amistoso desenfreno, su palabra de estímulo, y me manifestó una confianza intelectual y moral que sólo a esta altura de mi vida he sido capaz de apreciar en todo su valor.

En la historia de nuestras relaciones hay un capítulo que me resulta espe- cialmente entrañable. En 1958 escribí un poema que titulé “El cielo virgen”. En opinión de Roberto Branly, “El cielo virgen” define el punto de partida de mi obra poética. A Samuel le gustó el poema, que yo, movido por el entusiasmo de Branly, le envié a Santa Clara, donde él vivía. Y tanto le gustó, que en 1960 lo puso en el segundo número de la revista Islas, que él había fundado y dirigía. No creo necesario ponderar lo que la aparición de este texto en Islas significó para mí. Basta subrayar que entonces yo era un muchacho de veinticuatro años, con todas las ilusiones e incertidumbres propias de esa edad. Un año después me publicó, también en Islas, El amor como ella. Pero mi autoconfianza recibiría un más explícito apoyo de Samuel cuando, en 1961, editado por la Universidad de Las Villas, salió a la calle el curioso libro Azar de lecturas, donde mi entusiasta amigo incluyó fragmentos de “El cielo virgen”, acompañándolos de comentarios que revelaban una amorosa lectura del poema.

La amable historia que acabo de relatar pertenece a una parcela muy fértil y hermosa del quehacer intelectual de Feijóo: la del animador de cultura. Un animador de cultura es alguien que busca valores escondidos; que rescata valores olvidados; que promueve valores desconocidos; que rastrea y reúne lo disperso; que impulsa lo que cree capaz de moverse, abona lo promisorio y avienta, para que germine, lo valioso que lleva en sí y lo valioso que halla en los demás. Eso es lo que hizo Feijóo durante largos años en la Universidad de Las Villas, desde las páginas de las revistas Islas y Signos y desde sus propios libros, y en cada uno de los parajes de nuestra geografía donde puso su jiribillosa y jiribilleante planta de caminante montés.

Él era un hombre arraigado en el campo, y en el campo, más que en sitio alguno, el hombre convive minuto a minuto con el azar. El monte, un instante después, ya no es el mismo. El monte es una incesante procesión de sorpresas. Quizás esto explique que lo escrito por este lugareño ilustrado y sentimental parezca nacido de la magia montuna del asombro y de nada más. No hay que perder el tiempo buscando plan ni en la obra de Feijóo ni en una ceja de monte. Él afirmó una vez que el polvo y la paja eran buenos cerca del grano. Un hombre como él siempre entenderá que el bosque son los árboles, pero también la breña, el hormiguero y la hojarasca. Recuerdo que en un pasaje de Carta de otoño confiesa: “Vago al azar. Al azar escribo…” Tengo la impresión de que Feijóo escribía sus versos y prosas en una libreta de apuntes al tiempo que caminaba, miraba cosas, sostenía conversaciones… Su escritura es urgente. Percibo en ella el desasosiego, la prisa y la exaltación de un viandante ansioso que oye y ve cosas que lo conmueven o alucinan. Creo que esto, junto con esa manifiesta necesidad suya de utilizar las posibilidades de todos los géneros literarios y junto con su inagotable pirotecnia de inventor de vocablos, es síntoma inequívoco de su voluntad de ser libre.

Feijóo defendió su libertad cultivando su singularidad. No estuvo uncido a ningún estilo, a ninguna poética, a ningún método, a ningún grupo (ni tan siquiera a Orígenes, del que estuvo cerca). Y, puesto que de defender su libertad se trataba, adoptó el azar como sistema. Sólo el azar es inapresable. Lo vi ser súbdito de dos potestades nada más: la patria y la poesía. Dos potestades, por cierto, que nos imponen una única obligación: la de ser libres.

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