Una visita a Adolfo Suárez

Adolfo Suárez foto

Hace casi veinte años, me llamó a Canarias, desde Madrid, mi compatriota y amigo Elizardo Sánchez Santacruz -presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN)- para pedirme que lo acompañara a visitar a algunas personalidades políticas europeas con el fin de sumarlas, de manera activa, a la campaña de los demócratas cubanos por la transición en nuestro país. Acepté. Una de las personalidades que visitamos fue Adolfo Suárez.

El entonces ya expresidente Suárez, uno de los principales artífices de la ejemplar transición española, nos recibió en la puerta de su sobrio despacho madrileño. Nos recibió con la cordialidad de quien da la bienvenida a viejos y apreciados conocidos. Conversamos con él, con una pausa para el café, alrededor de una hora, tiempo suficiente para percatarme de que Elizardo y yo teníamos delante a un hombre afectuoso, sincero, inteligente y bien informado de la catástrofe cubana. Elizardo le solicitó a Suárez que, dadas las buenas relaciones que desde su época de presidente mantenía con Fidel Castro, le pidiese al Comandante que no obstaculizara la transición, sino que la encabezara. Como la única gestión destinada sin remedio al fracaso es la que no se hace, Suárez aceptó el encargo, aunque con muy poca fe. Yo no tenía ninguna. Seguro estoy de que él cumplió su palabra. El resultado de su gestión no necesita comentario.

Terminada la visita, Elizardo y yo nos levantamos para irnos. Mientras nos despedíamos de nuestro anfitrión, éste, cortésmente, nos ayudó a ponernos los abrigos, y fue entonces cuando Elizardo bromeó: “Oye, Manolo, que un expresidente del Gobierno, Duque y Grande de España nos ponga los abrigos es un honor que no merecemos”. Hoy he vuelto a recordar la carcajada de Adolfo Suárez.

Anuncios