Muere Leopoldo María Panero

Tras deambular durante buena parte de su patética vida por centros frenopáticos españoles, el gran poeta Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) murió hoy en un hospital de Las Palmas de Gran Canaria, ciudad en la que vivía desde 1996. Tuvimos amistad. Me dedicó algunos de sus libros. Le dediqué algunos de los míos. Un domingo, en una terraza frente a la playa de Las Canteras, nos entretuvimos componiendo a dúo unos cuantos poemas, que incluí en la edición de mis poesías completas (Objetos personales (1961-2011)). Últimamente nos veíamos poco, y siempre, de manera casual, en librerías o calles de Las Palmas. La última vez fue, hace poco, en el barrio de Triana. Lo encontré muy desmejorado física y mentalmente. Durante la charla, en un bar, se bebió tres cocacolas -nunca pedía de comer- en lo que yo sorbía un cortado. No sé qué me dijo. Mascullaba y había que adivinar lo que decía. Le regalé un libro que me acababa de comprar: Ruiseñor, deséame suerte, de Charles Bukowski. Regalarle un libro era verlo sonreír. Al fin descansará en paz este hombre genial y triste. Sus versos completos, recién publicados por Visor, están aún en librerías.

  LMPaneroMe cansa escribir cuando la fiebre es tanta, cuando la luna quema, y quema tanto ese brillo de locura en medio de la noche. Me fatiga, me deja exhausto este estúpido movimiento de la mano sobre el papel que quiere, quizás desesperadamente, dar sentido a una vida borrada, desaparecida como por encanto. Lo corriente en este tipo de confesiones dolientes hubiera sido así empezar por revelar mi nombre, mi condición y mi esencia, pero llegado a este punto, por el contrario diré tan sólo que no sé quién soy, que soy para mí un misterio, y me contemplo en el espejo alucinado, asombrado, como quien está frente a un monstruo. Es como si me hubiera suicidado hace tiempo en Micenas, y siguiera viviendo para nada, extrañamente, tanto es así que a veces llego incluso a pensar que la metáfora es cierta, y que estoy muerto, que soy un espectro extraviado en el mundo de los vivos.  Leopoldo Mª Panero, “Aquello que cantan los nombres”, Palabras de un asesino, 1999.

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