Un hombre recto

Cuando Huber Matos Benítez, comandante de la Sierra Maestra –en la que se jugó la vida mil veces–, comprendió, en medio de la euforia colectiva del triunfo, que su revolución no era la de Fidel Castro –la suya era la revolución por las libertades y la justicia social en una república Huber Matos retratodemocrática–, renunció sin más a todos sus honores y probables recompensas y quiso volver a ser maestro de escuela. Fidel Castro, temeroso de este hombre recto –a nadie temen más los tiranos que a estos raros individuos–, lo metió en la cárcel y en ella intentó, durante veinte años, vencer su resistencia moral mediante el maltrato físico. No lo consiguió: Huber Matos salió maltrecho de los calabozos, pero siendo el mismo hombre recto que a ellos había entrado. A partir de entonces, en un exilio sin sosiego ni flaquezas, el antiguo guerrillero de la Sierra se convirtió en una referencia para todos los cubanos comprometidos con los ideales democráticos presentes en el Programa del Moncada, el prontuario político original de la revolución, traicionado por los Castro con la misma saña que han empleado en perseguir a quienes se han atrevido a reclamar su cumplimiento. Los hombres rectos se conocen porque honran sin vacilaciones, por encima de sus circunstancias personales, la norma martiana de hacer en cada momento lo que en cada momento hay que hacer, respondiendo siempre a sus convicciones. Como hizo Huber Matos Benítez, quien en la Historia de Cuba ha quedado. MDM

Huber Matos y papá

De izquierda a derecha: la esposa de Huber Matos, el comandante Huber Matos, Juan Manuel Díaz Bello (mi padre), Francisco Benítez y yo. Foto tomada en Las Palmas de Gran Canaria, 16/1/1996. (Archivo MDM)

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