Viruta

Policía tráfico

PIETÀ. En Cuba, los velorios en el campo se hacían llevaderos porque, en la densa madrugada del Trópico, se convertían en torneos de cuentos. Algunos de los mejores chistes que mantengo en repertorio para ocasiones luctuosas los coseché en Cuba a la vera de un finado corpore insepulto. No pude evitar que esos recuerdos me asaltaran mientras seguía por la tele el funeral del noble Mandela. Una voz interior me decía que allí también -la presencia de Raúl Castro en el funeral ya era un chiste- el humor brindaría alivio a los mortales. Y así fue. El aporte magistral se le debe al intérprete para sordos que evitó, compasivo y suicida, cambiando los signos de su oficio por los de la policía de tráfico en la Antártida, que llegara a su público la oratoria inane y enana de las cancillerías. Gracias a su treta, ese público, numeroso y perplejo, se libró del hastío trocándolo en ira, que es mucho más sana. Aunque sea ira contra su benefactor. (Parodiando a Carlos III de España, sostengo que los sordos son como los niños: berrean cuando se los cuida.) Por su infinita piedad incomprendida, este virtuoso del trampantojo humanitario merece ser canonizado. Subiría a los altares como Pastor de los Ilusionistas y Mártir del Misericordioso Humor. Y Protector de los Sordos. 

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