En el centenario de Albert Camus (1913-2013)

Albert Camus

Albert Camus

Llegué a París por primera vez a la seis de la mañana del Día de Reyes de 1960. Aquel día helado y gris de hace medio siglo, Albert Camus, muerto cuarentiocho horas antes en un accidente de carretera, sería enterrado en un cementerio del sur de Francia. Yo tenía veinticuatro años y esta noticia, que vi en un periódico al bajar del tren en la Estación de Montparnasse, canceló bruscamente uno de los sueños que llevé a París: entrevistar al autor de El hombre rebelde, a quien ya yo tenía por un luminoso predicador del humanismo del siglo XX -misión heroica en medio del pugilato imperial de la Guerra Fría-. En un bloc de notas que formaba parte de mi equipaje, yo había recogido esta “mirada esencial” de Camus al mundo moderno: “Sabemos hoy que ya no hay islas y que son vanas las fronteras. Sabemos que en un mundo en aceleración constante, en que se atraviesa el Atlántico en menos de un día, en que Moscú habla a Washington en unas horas, estamos obligados a la solidaridad o a la complicidad, según los casos. Lo que hemos aprendido durante los años cuarenta es que la injuria hecha a un estudiante de Praga alcanzaba al mismo tiempo al obrero de Clichy, que la sangre derramada en alguna parte a orillas de un río del centro de Europa debía llevar a un campesino de Texas a derramar la suya en el suelo de las Ardenas, el cual veía por primera vez en su vida. No existía ya, como no existe hoy, un solo dolor aislado en el mundo, una sola tortura que no repercuta en nuestra vida de todos los días” [“Democracia y dictadura internacionales”, Actualidades I, Crónicas 1944-1948]. Han pasado cincuentitrés años de aquel primer viaje mío a Europa y hoy me siento más identificado con Camus que entonces. No hace mucho, respondiendo a un periodista, dije: “Que alguien me considere revolucionario me enorgullece. Sólo que ahora, después de tantas experiencias vividas, soy, digamos, revolucionario en la perspectiva de Camus, no en la de Sartre. Creo que la libertad, que sólo puede basarse en el respeto irrestricto a la dignidad y a los derechos naturales del hombre, sigue siendo nuestra gran asignatura pendiente. Una asignatura que aprobaremos cuando seamos capaces de hacer la revolución moral, la única que no hemos hecho, la más difícil -acaso la imposible, porque tendríamos que hacerla individualmente, cada quien en su espíritu-”.

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