Julián del Casal: 150 años de su nacimiento

Manuel Díaz Martínez

Julián del Casal y de la Lastra nació en La Habana en 1863. Murió en la misma ciudad treinta años más tarde. Hijo de una madre cariñosa que fallece temprano y de un padre taciturno que se arruina pronto, supo de la tristeza y el desamparo bajo el techo familiar (“Mi juventud, herida ya de muerte, / empieza a agonizar entre mis brazos”) antes que en la hosquedad de la colonia. Así, cuando descubre la mezquina sociedad en que tuvo el infortunio de nacer descubrimiento que, para mayor desgracia suya, hizo precozmente, ya poseía cierta experiencia en materia de sufrimientos. La casa en que nació, frente a los parques que flanquean la bocana del puerto, aún está en pie y su gris abandono viene a ser una metáfora de la brumosa vida del poeta.

CasalCon Casal, como con Martí, la poesía cubana del XIX conoce al unísono una plenitud de síntesis y una auténtica ruptura. Casal y Martí, que incorporan a la lírica insular la experiencia de los parnasianos y simbolistas franceses, cierran espléndidamente su siglo y, con él, la primera edad de la poesía cubana, dejando abiertos caminos promisorios a los poetas del XX.

Los dos coinciden en la renovación modernista (“nuestro verdadero romanticismo”, según Octavio Paz), en el dolor por Cuba, en el repudio a la colonia. Pero son espíritus dominados por fuerzas diferentes y aun contrapuestas. Martí, hombre de futuro, armoniza literatura y acción y muere en el torbellino revolucionario que fue el primero en desatar; Casal, hombre de nostalgias, se encierra en la literatura y muere de sí, de su hastío, mártir desolado de lo sórdido cotidiano, que nos va desollando morosamente.

Casal trabajó su verso en patéticas habitaciones convertidas en mundos artificiales. En ellas, cubierto con kimono japonés o con hábito benedictino (“Las formas en que utilizaste tus disfraces, / hubieran logrado influenciar a Baudelaire”, dirá Lezama), pretendió burlar el moho de la colonia y resistir la frustración cívica del país, mal endémico de Cuba. Considerado por su amigo Rubén Darío “el primer espíritu artístico de Cuba”, este habanero hiperestésico y solitario edificó su universo propio desafiando todo lo que lo inducía a concebir la Cuba de su momento como una “Siberia tropical” (frase de una carta suya al pintor francés Gustave Moreau), y amuralló su fantasía, crepuscular y lluviosa, como un alcázar destinado a proteger lo que en el verso último de uno de sus sonetos llamó “la esencia pura” de su corazón.

La rebeldía de Casal no quedó sólo “escrita sobre las alas de los inmaculados cisnes, tan ilustres como Júpiter” ¡ah, Darío!; también, sin embozos metafóricos, yendo de la ironía al sarcasmo, quedó en las páginas volanderas, lindamente impresas, de La Habana Elegante. Un artículo suyo sobre contra el Capitán General de turno y su familia el primero de una serie dedicada a la aristocracia capitalina le costó su oscuro puesto de empleado público.

Las penas, las penurias, el trabajo obsesivo y el descuido de sí arruinaron su cuerpo en plena juventud. Una noche, a los postres de una cena en la casa de una familia amiga, alguien tuvo éxito con un chiste. Casal rió, y una brutal hemoptisis cortó de súbito su risa. “Fue tapado por la risa como una lava”, nos dice el verso lezamiano. Y así partió de este mundo quien, a solas consigo, pretendió salvar, en la “patria infeliz” en que había nacido, “el alma grande, solitaria y pura / que la mezquina realidad desdeña”.

(De Oficio de opinar, Editorial Aduana Vieja, Valencia; Editorial Hispano Cubana, Madrid. 2008.)

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