Guevarismo tardío

Aleardo F. Laría

(DIARIO RÍO NEGRO, Argentina, 22/10/2013) Es comprensible que un fenómeno tan dramático como la violencia política de la Argentina de los setenta sea objeto de renovados análisis políticos, ideológicos y morales. El acento puesto en el juzgamiento y castigo de los militares y demás responsables de execrables delitos de lesa humanidad ha dejado en una zona de penumbra la intervención que en la espiral de violencia tuvieron las organizaciones armadas de izquierda. Sin embargo, son ya numerosos los libros y ensayos que han venido publicándose en los últimos tiempos con la pretensión de llenar ese vacío y hacer un balance que resulte históricamente más equilibrado.

Che carocaturaUno de los temas que más intrigan a los nuevos investigadores es el referido a las razones ideológicas y emocionales que llevaron a gran parte de una generación juvenil a depositar tantas esperanzas en el ejercicio de la “lucha armada”, una metodología que suponía poner en riesgo la propia vida pero al mismo tiempo disponer de la vida de los demás. Esto sólo era posible si se disponía de una elaborada construcción ideológica y moral que permitiera soportar el peso de tamaño desafío.

En ese constructo estaban presentes ingredientes conocidos: el marxismo, con su visión de que la lucha de clases llevaba de modo ineluctable a la derrota del capitalismo y al surgimiento de una sociedad nueva; el viejo culto al mito revolucionario que había arrancado con la Revolución Francesa y luego fue retomado por Lenin tras su éxito al liderar la inimaginable Revolución Rusa y también ciertas ideas del maniqueísmo cristiano que se colaron gracias a la Teología de la Liberación. Sin embargo, son muchos los componentes que todavía queda por añadir.

El ensayo que lleva por título Furia ideológica y violencia en la Argentina de los 70  (Editorial Ariel), escrito por Daniel Muchnik y Daniel Pérez, es un aporte relevante para el desvelamiento de causas concurrentes que habían sido hasta ahora menos valoradas. Muchnik hace un trabajo de repaso del contexto internacional con la presencia ominosa de la Guerra Fría y el papel relevante que tuvo la Cuba de Fidel Castro y el Che Guevara en trasladar la idea romántica de la lucha librada en la Sierra Maestra. Miles de jóvenes latinoamericanos fueron seducidos por la idea de que era posible reproducir esa lucha en sus respectivos países. Como bien señala Muchnik, “la lucha armada fue una iluminación que enceguecía y taponaba la racionalidad. Una religión con fieles convencidísimos”.

La izquierda “antiimperialista”, desde siempre, ha venido acusando obsesivamente a los “agentes de la CIA” de promover decenas de golpes militares que tuvieron lugar en América Latina a lo largo del siglo XX y razones no le han faltado. Pero ha incurrido en un error de daltonismo al percibir un solo color del problema. Ha ignorado el hecho cierto de que centenares de jóvenes fueron entrenados en los campamentos militares de los alrededores de La Habana para emprender “salvajes y suicidas aventuras guerrilleras que ensangrentaron el continente y promovieron la llegada al poder de feroces dictaduras militares”.

En la segunda parte del ensayo citado, Daniel Pérez, que en su juventud recibió entrenamiento en Cuba para plegarse a la aventura guerrillera en Bolivia (1969), hace una de las búsquedas intelectuales más profundas y sólidas que se hayan hecho hasta el presente sobre este fenómeno. Resulta imposible resumir en una breve nota la cantidad, variedad y riqueza de los ingredientes que Pérez va analizando para reconstruir el itinerario ideológico y emocional recorrido por toda una generación de jóvenes seducidos por las luces que emitía el faro de la Revolución Cubana. Una obra de imprescindible lectura para quien quiera conocer a fondo el sustrato ideológico, religioso, místico y antropológico que estaba detrás de aquellos comportamientos juveniles.

Nos detendremos, por ser de notoria actualidad, en una de las ideas presentes en la densa burbuja cognitiva de los jóvenes idealistas de aquella época: la idea de la superioridad moral, el firme convencimiento de que la pertenencia a la izquierda otorga un sello de superioridad moral frente al resto de los mortales. Como señala Pérez, “el revolucionario se desliza sin sospecharlo hacia una concepción que lo coloca a 1.000 kilómetros de distancia de la igualdad pregonada como su gran ideal y termina jugando un rol objetivamente aristocrático, muy diferente al que creía representar”.

Ese convencimiento interior lleva no sólo a dividir el mundo en dos categorías antagónicas –la pureza revolucionaria que enfrenta a la derecha infame– sino también a estar por encima de las instituciones y las leyes o inclusive a ejecutar a sangre fría a los agentes que supuestamente sirven a esa derecha. Esta concepción explica conductas tan llamativas como la protagonizada recientemente por Juan Cabandié y sus exigencias dirigidas a obtener un especial trato personal de una funcionaria policial. Una prueba de que los descendientes de aquella generación trágica no han extraído toda la enseñanza moral de los luctuosos hechos de la década de los setenta.

La superioridad moral de la “izquierda progresista”, ese guevarismo tardío, se refleja también en las farragosas “cartas abiertas” que algunos intelectuales lanzan desde las alturas de la Biblioteca Nacional, convertida en un nuevo monte Sinaí. Todos quienes piensan distinto entran en la reciclada categoría de idiotas útiles: “Ofreciendo un rostro y una retórica supuestamente progresistas, arropados en banderas de larga prosapia libertaria, terminan por volverse funcionales a los verdaderos diseñadores de las estrategias destituyentes”.

El ensayo de Pérez permite también hacer algunas incursiones en el terreno de la antropología revolucionaria y deja preguntas inquietantes. ¿Será verdad –se pregunta y nos pregunta– que es el amor desinteresado por la igualdad de los seres humanos lo que ha estimulado y estimula la denominada “lucha revolucionaria”? ¿O, tal vez, quienes se embarcan en la aventura de la “lucha revolucionaria” lo hacen para huir de la igualdad y dejar atrás el anonimato y la oscuridad de las muchedumbres?

La presencia silenciosa pero omnipotente del ego, el deseo de prolongar la existencia buscando un pequeño o gran lugar en el recuerdo de los demás, forma parte del fuerte deseo instintivo que sienten los seres humanos de alejar el fantasma de la muerte. Un deseo humano, demasiado humano, compartido con igual devoción tanto por los revolucionarios como por los simples hombres vulgares que no han recibido el energizante llamado de la Historia.

[Tomado de Análisis Latino (CADAL)]

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