Viruta

Scan0001EL SILVIO VULNERADO. ¿Qué quieren ustedes que les diga? Me da lástima Silvio Berlusconi. Sus conciudadanos no paran de elegirlo. Por eso este hombre está siempre braceando en las aguas, mayores o menores, de algún conflicto, cuando lo mejor para él y para todos sería que no abandonara jamás esas albercas cuajadas de ninfas que los periódicos han hecho famosas. Parece mentira que en la Unión Europea no exista una ley que proteja a los ancianos de los entreveros partidistas. Ni siquiera un aviso humanitario que desaconseje elegirlos. Si sus vecinos no lo obligasen, hoy sí y mañana también, a ser jefe de Gobierno, senador y esto y lo otro, el Cavaliere podría dedicar los arrestos (no judiciales) que le quedan a ser feliz en compañía de esas atentas amigas suyas, heredadas de Don Hilarión, que se desviven por verlo contento. Ahora anuncia la vox populi, que suele ser vox dei, que ha comprado un senador. ¡Qué capricho! Sólo a una persona con el cerebro pocho -gaje de la edad y el uso inclemente de la política- se le ocurre comprar un senador. Un hombre joven y sano habría invertido la plata, digo yo, en un chalet con vista al mar o en un coche de alta gama. Es verdad que al chalet se lo puede tragar un tsunami y que un Rolls Royce puede conducir a un desastre de carretera. Pero ni los chalets ni los automóviles tienen el hábito de hablar. Los senadores, sí. Y lo hacen en los hemiciclos, y en las comisarías, y en los mítines, y en los juzgados, y según en qué lugar dicen qué cosas. Así lo acredita Su Señoría Sergio de Gregorio, el Prodigioso infiel. Soy tan añejo como Berlusconi, pero, aunque tengo la casa llena de tarecos, seguramente porque no soy político nunca se me ocurriría adquirir un senador. Ni gratis me apetece tener uno. Otra cosa es una piscina con ninfas.

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