Viruta

Libros con uvasLIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR. Los aficionados a las corridas de toros están convencidos de que ese espectáculo, que al cascarrabias de Pío Baroja le parecía “estúpido y sangriento”, es arte y lidera la tradición cultural de España. A mí me parece que llamar cultura a la crueldad es sobradamente aceptable. ¿Acaso los sacrificios de muchachos en las pirámides de Teotihuacán no son distintivos de la cultura azteca? ¿Acaso no es parte de la cultura del Imperio Romano la lucha de gladiadores, en la que estos bravos se abrían mutuamente las entrañas para emocionar a su público? Asimismo es sobradamente aceptable relacionar el arte con la tortura. Recordemos que durante la Inquisición floreció un arte de la tortura. La destreza de los verdugos de la Santa Congregación al aplicar el tormento era un secreto a gritos. Por consiguiente, no debería chirriar que se repute de arte a la tauromaquia y se la emplace entre los bienes culturales, aunque los toros, pretendiendo afear con su primitivismo la galanura del diestro y su cuadrilla, en las plazas berreen doloridos, se caguen impúdicamente, quieran empitonar a todo quisque y con sus hemorragias pringuen el albero y los trajes de luces, extravagancias sobrevenidas de las que se libran las otras artes. Es que, si vamos a andarnos con melindres de beatas a la hora de hablar, empobrecemos el idioma.

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