Opinión ajena

[…] A su vez, aquella inflación que se ha desbocado en este semestre se alimenta de una demanda que una economía desmantelada no puede abastecer. Venezuela, como se sabe, es un país donde falta de todo. Es el país de las góndolas vacías, de la industria ausente y de las más de mil expropiaciones improductivas. Desde que comenzó la era chavista se acentuó enormemente la necesidad de importar bienes de primera necesidad como arroz, porotos y, como es universalmente sabido, papel higiénico. Chávez destruyó buena parte del tejido empresarial con sus expropiaciones y su política abiertamente anti-mercado. Los empresarios y sus familias huyeron, los hijos de la clase media profesional se fueron al exilio en busca de buenos trabajos, o de trabajos a secas. El país se quedó sin “cuadros técnicos”, diría un político argentino.

El resultado es que Venezuela debe importar prácticamente todo lo que consume salvo hidrocarburos. Un auto recién salido de la concesionaria vale el doble que en la vidriera, simplemente porque este no existe, no hay oferta real. El que logra finalmente comprar uno, lo vende de inmediato y duplica su dinero. Todas estas son aberraciones y distorsiones de manual, conocidas de memoria en la historia económica. Es la macroeconomía del populismo, una vieja marca de América Latina. El “comercio administrado”, como eufemísticamente se lo llama en Argentina al control de precios, no funciona ni funcionó jamás. Y como se dijo, en Venezuela faltan dólares cuando deberían sobrar. Todas estas restricciones son parte y a la vez efecto de una crisis económica autogenerada por las políticas que se empecina en aplicar el chavismo.

Pablo Díaz de Brito: “Cruje el modelo chavista: inflación desbocada y devaluaciones en cadena”. ANÁLISIS LATINO, Argentina, 29/7/2013.

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