Raúl, el cándido

Miriam Celaya, La Habana.

2013-05-10_1(CUBANET) Una canción infantil para un pueblo infante, tal parece la reciente intervención del general-presidente, Raúl Castro, en la clausura de la Primera Sesión Ordinaria de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el Palacio de Convenciones, el pasado 7 de julio de 2013, que se centró especialmente en la necesidad de acabar con la corrupción, los delitos y las indisciplinas sociales en Cuba.

El actual jefe del mismo gobierno que ha diseñado todo el modelo cubano de los últimos 54 años acaba de pronunciar un discurso que destaca por su sabor a derrota, pese a las habituales arengas de batallas por librar y a las bravatas sobre la supuesta capacidad de sus huestes para vencer las eternas dificultades del sistema.

La referencia a la corrupción e indisciplina sociales, hoy extendidas en Cuba como una epidemia, que el gobierno pretende interpretar como consecuencias de las carencias de 20 años de “período especial” y de la falta de exigencia de la administración de los dirigentes de  diversas empresas y organismos, constituye un recuento extenso y cruento de problemas socioeconómicos que en cualquier otro país supondría la dimisión de todo el gabinete de gobierno.

Así, en apenas cinco párrafos se resume la desfachatez oficial, en medio de un discurso en el que el régimen no puede anotarse un solo logro de mérito en la dirección del país, salvo la pírrica victoria de continuar asido al poder, pese a todo, gracias a la debilidad de los espacios cívicos, a la permanencia del temor social y al predominio de la filosofía de la supervivencia que reinan en la Isla.

El general regañó a sus gerifaltes y al pueblo párvulo por la impunidad de una larga lista de delitos y otras violaciones –de los cuales, obviamente, no considera forma parte el gobierno– tales como: robo al Estado, construcciones ilegales y en lugares indebidos, ocupación no autorizada de viviendas, comercialización ilícita de bienes y servicios, incumplimiento de los horarios en los centros laborales, hurto y sacrificio ilegal de ganado, captura de especies marinas en peligro de extinción, uso de artes masivas de pesca, tala de recursos forestales, acaparamiento de productos deficitarios y su reventa a precios superiores, juegos ilícitos, violaciones de precios, aceptación de sobornos y prebendas, asedio al turismo e infracción de las disposiciones en materia de seguridad informática.

Como si tamaño paquete de problemas no indicara suficiente caos, también señaló lo que pudiéramos considerar males menores, como la propagación de “conductas, antes propias de la marginalidad” entre las que menciona escándalos callejeros, uso indiscriminado de  palabras obscenas y chabacanería, verter desechos en la vía, hacer necesidades fisiológicas en calles y parques, marcar y afear paredes de edificios o áreas urbanas, ingerir bebidas alcohólicas en lugares públicos inapropiados, conducir vehículos en estado de embriaguez, irrespetar al derecho de los vecinos, perjudicar el descanso de las personas, criar cerdos en medio de las ciudades, maltrato y destrucción de parques, monumentos, árboles, jardines y áreas verdes; destruir la telefonía pública, el tendido eléctrico y telefónico, las alcantarillas y otros elementos de los acueductos, las señales del tránsito y las defensas metálicas de las carreteras. Diríase que el general estaba robando el discurso de la prensa independiente y de los opositores de la Isla, que han denunciado durante años los mismos problemas y han sido perseguidos, hostigados, encarcelados y hasta desterrados por ello.

Afortunadamente, para economizar tiempo y palabras, el general dejó claro que no iba a enumerar uno por uno “los fenómenos negativos”, así que los mencionados fueron solo “los más representativos”, aunque advirtió que hay muchos más. De ellos, asegura que los relacionados con la crisis ética y moral serán superados a través de “la acción concertada de todos los factores sociales, empezando por la familia y la escuela desde las edades tempranas y la promoción de la Cultura, vista en su concepto más abarcador y perdurable, que conduzca a todos a la rectificación consciente de su comportamiento”.

Por su parte, las ilegalidades y las contravenciones “se enfrentan de manera más sencilla: haciendo cumplir lo establecido en la ley y para ello cualquier Estado, con independencia de la ideología, cuenta con los instrumentos requeridos, ya sea mediante la persuasión o, en última instancia, si resultase necesario, aplicando medidas coercitivas”. Porque, se queja el general, “se ha abusado de la nobleza de la Revolución, de no acudir al uso de la fuerza de la ley, por justificado que fuera, privilegiando el convencimiento y el trabajo político”. Sí, porque parece que además de corruptos, los cubanos somos una legión de ingratos.

Pero el verdadero aporte a los anales de la democracia del modelo cubano y para que nadie diga que en Cuba el pueblo no participa en las tomas de decisiones, Castro II ha apelado a “los colectivos obreros y campesinos, los estudiantes, jóvenes, maestros y profesores, nuestros intelectuales y artistas, periodistas, las entidades religiosas, las autoridades, los dirigentes y funcionarios a cada nivel, en resumen, todas las cubanas y cubanos dignos, que constituyen indudablemente la mayoría”, para desarrollar la cruzada definitiva contra lo mal hecho. Los cruzados serían, digamos, una pléyade imaginaria de cubanos puros que jamás trasgreden los tabúes, y que harán cumplir “lo que está establecido, tanto en las normas cívicas como en leyes, disposiciones y reglamentos”.

Como puede apreciarse, nuestro general es un pozo de sabiduría: propone la creación de un ejército destinado a combatir contra sí mismo. Porque, en buena lid, ¿qué cubano no delinque en este país?, ¿cuántos se han alimentado solo gracias a la cartilla de racionamiento y a las posibilidades de sus magros salarios?, ¿cuántos han podido construir o reparar sus viviendas adquiriendo los materiales en los rastros y mercados estatales?, ¿cuántos han dejado de comprar un medicamento de contrabando cuando lo han necesitado para sí o para sus hijos u otros familiares y no los encontraban en la red de farmacias estatales?, ¿quiénes no han incurrido en sobornos a funcionarios cuando han tenido que realizar trámites que les resultaban urgentes y necesarios, si podían evadir los lentos y enrevesados mecanismos burocráticos? Entonces, ¿a qué cubanos se refería este cándido anciano en su discurso?

Yo propondría al general que pagara su peso en oro al cubano que no haya incurrido jamás en ninguno de los “fenómenos negativos” que menciona. Y de paso, que le haga un monumento: sería aquel el único nativo capaz de haber transitado sobre las profundas heces del sistema sin haberse salpicado de …inmundicia y sobreviviendo a la experiencia. Habrá tropezado quizás con el único individuo de una especie fabulosa, alguna vez llamada Hombre Nuevo. Ese cubano imaginario será todo su ejército. Disponga de él, general, deseo sinceramente que le aproveche.

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