¡Manda cuero!

¿Quedará todavía en este planeta alguien que ponga en duda que los países se espían unos a otros? ¿Por qué, si no, hasta los más menesterosos gastan dinerales en sostener cuerpos de inteligencia? ¿Hay algún menso por ahí capaz de negar que los diplomáticos son espías aceptados? Cuando se destapa un operativo de espionaje, bien porque la nación espiada lo descubre y chilla o bien porque un espía lo desvela traicionando al Gobierno que le paga, puede asegurarse que llega el circo. Los jerarcas de la nación ofendida, aunque también ellos husmean en redaños ajenos, se muestran estupefactos y se 2013-07-07ciñen el uniforme de víctimas dignísimas –se ponen estupendos, como se dice en España– y muestran urbi et orbi su justo enfado. Si el asunto se sabe porque el espía fue sorprendido, éste alega que cumplía órdenes y servía a su patria. Si se sabe porque el propio espía lo pone bocarriba (caso Snowden, ahora en proscenio), éste echa mano a nobles principios éticos –la libertad de información, verbi gratia– para sacralizar su transfuguismo. Pero en esta mojiganga los que se roban la escena, por más pintorescos y divertidos, son los extras, que en el caso de Snowden van desde el nicaragüense Daniel Ortega –el pedófilo de la “piñata”–, hasta el boliviano Evo Morales –empeñado en imponer a su gente una ley de prensa que es de presa–, pasando por el venezolano Maduro, el clon (o clown) de Chávez que recibe mensajes de su ídolo, enviados desde ultratumba envueltos en los gorjeos de un pajarito. Estos tres egregios adalides de la libertad de prensa y el derecho a la información, condiscípulos de Correa y todos alumnos aventajados de los Castro –de cuyo amor a la transparencia informativa y la libertad de opinión nadie duda–, están pujando para ver a quién de ellos Snowden le acepta el asilo. No deja de ser chusca la paradoja de que Snowden y Assange, héroes de la información sin fronteras, le metan el dedo en el ojo al muy liberal Tío Sam  –aún no han publicado ningún papel secreto de Irán, de Corea del Norte, de Rusia, de Arabia Saudí ni de China, por ejemplo– y luego corran a los brazos de los caciques bolivarianos, siempre atareados amenazando comunicadores y amordazando periódicos y emisoras. Estoy seguro de que si mi abuelo viera esto exclamaría como buen criollo: ¡Manda cuero!  

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