“ESTAMOS FUSILANDO A TODO EL QUE SE OPONGA A LA REVOLUCIÓN”

Tania Díaz Castro, La Habana.

2013-05-27(CUBANET, junio, 2013) A partir de la llegada de Fidel Castro a La Habana, el 8 de enero de 1959 –un día después que Estados Unidos reconociera al nuevo gobierno–, algunos cubanos nos dimos cuenta de que a pesar de un desenfrenado júbilo reinante, una mezcla de miedo y felicidad comenzó a latir en nuestros corazones.

¿Acaso  Fidel Castro le pasaría la cuenta al pueblo, porque éste, en dos ocasiones, no cumplió con sus expectativas de declarar la huelga general para poner fin a la dictadura de Fulgencio Batista?
En agosto de 1957, cuando su guerrilla llevaba apenas cinco meses en el monte, ordenó que el pueblo se declarara en huelga. Pero nada hizo el pueblo. El comercio dinámico del país continuó como siempre, los niños asistieron a clases y las fábricas no dejaron de producir.

Luego, el 9 de abril de 1958, el Comandante pronosticó que: ¨Como las condiciones mínimas indispensables estaban ya dadas¨, el pueblo debía provocar el acelerón definitivo del triunfo con una huelga general. Era evidente que el Comandante no veía posible el fin de la guerra con la lucha guerrillera.

Entonces ocurrió lo que él no pensó: por segunda vez, el pueblo no le hizo caso. En varias oportunidades había expresado que la huelga general era el centro de su proyecto revolucionario. En una carta, enviada a Carmen Castro Porta, el 17 de septiembre de 1955, le aseguró que lo fundamental de la lucha era precisamente una huelga general.

Aquel 9 de abril, sólo se escucharon algunas bombas, y grupos del Movimiento ¨26 de julio¨, organización liderada por Fidel, realizaron actos terroristas en distintas provincias: el incendio de un aserrío en el pueblo de Sagua la Grande, el asalto a una armería de La Habana Vieja, la toma de la emisora radial en Matanzas, y otros, con un saldo, según se dijo después, de 83 insurgentes muertos.

Lo que ocurrió en Cuba, tras la caída de Batista, está por estudiarse con profundidad, desde el punto de vista sociológico. Analizar las relaciones de comportamiento entre el jefe de la revolución y el pueblo, podría arrojar mucha luz a todo lo ocurrido en la sombría realidad de más de medio siglo.

Razones hay muchas: El 10 de enero de 1959, se establece la pena de muerte. Fue claro el Ché Guevara al decir en la ONU, ante un grupo de periodistas: ¨Sí, estamos fusilando y seguiremos fusilando a todo el que se oponga a la Revolución¨. También Fidel lo repetía en sus discursos. Los cubanos vivían bajo un verdadero terrorismo de Estado.

¿Acaso amenazados por no haber cumplido la orden de hacer una huelga general? El saldo de la represión, hasta octubre de 1960, tuvo cifras alarmantes que lo atestiguan: mil doscientos veinte fusilados, diez mil condenados a prisión, y cien mil marcharon al exilio.

Otra razón que no se olvida es cuando Fidel nombró analfabeto al pueblo y, por esta razón, pospuso las elecciones presidenciales. Su estrategia resultó evidente: demostrarle al pueblo su condición de inferior, porque, si Cuba era un pueblo de ignorantes, ¿cómo podrían votar en las  elecciones? Además, ¿qué otros candidatos se habían presentado para gobernantes?

Fidel Castro también se ensañó contra su pueblo al fundar, en 1960, un sistema de vigilancia colectiva cuyos orígenes eran nazis, los Comités de Defensa de la Revolución, no sólo para dividirlo, sino para crear desconfianza, enemistad, odio y resentimientos, para que los cubanos se delataran y se hicieran todo el daño posible, gracias a la máxima de Maquiavelo: divide y vencerás.

Empleó un modelo económico que en los países socialistas ya comenzaba a fracasar, y así agravó aún más las penurias de los cubanos. Igualmente, creó, en junio de 1961, un terrorífico y represivo sistema de Seguridad del Estado, copia de la siniestra Stasi de la Alemania comunista, para tener bajo control la vida pública y privada, planeando, como espada de Damocles, sobre la cabeza de cada ciudadano.

Se trata de la Seguridad del Estado, un organismo que posee sus propios jueces, abogados, instructores de causa, interrogadores, testigos, y celdas tapiadas o ¨confortables¨, según el caso. Allí, cuando el cubano detenido no resulta convencido a la fuerza, termina humillado, rebajado y con su espíritu destrozado.

Por ese centro de crueldad han pasado obreros, estudiantes, amas de casa, profesionales, líderes políticos, artistas, escritores, antiguos comunistas, decenas de miles de jóvenes cuyo delito era sólo pretender escapar del país, y activistas pacíficos por los Derechos Humanos, entre ellos, la autora de esta crónica y muchos de sus hermanos de lucha. En ese centro ha sido castigado todo un pueblo.

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