NERVAL BAJO EL SOL NEGRO DE LA MELANCOLÍA

Entre los recortes de prensa que por un motivo u otro he guardado, hallé este magnífico artículo del novelista peruano Alonso Cueto. Está fechado en 2004, pero no sé dónde fue publicado. Siempre me ha parecido que el más fascinante personaje de Nerval es Nerval, y este artículo parece darme la razón.

Alonso Cueto

En una ocasión, mientras paseaba su langosta, atada con una cinta azul, por los jardines del Palais Royal, alguien le preguntó qué lo había llevado a preferir esa mascota. Gérard de Nerval no se inmutó. Pasear una langosta tiene dos ventajas, dijo. Una es que no ladra, la otra es que conoce los secretos del mar. 

Lo que, a la luz de su biografía, nos parece hoy probable, es que esta respuesta, al igual que muchas anécdotas suyas, revela a alguien que se tomaba sus bromas totalmente en serio. Cuando lo encontraron ahorcado, la madrugada del 26 de enero de 1855, en la sórdida calle Vieille Lanterne de París, tenía alrededor del cuello un cordón blanco que días antes le enseñaba a sus amigos. A algunos les había comentado, con un tranquilo orgullo, que se trataba de la liga que había usado la reina de Saba.

Lector de Poe y de Hoffmann, de quienes iba a heredar la visión de las pesadillas y los espectros femeninos, Gérard de Nerval no fue debidamente reconocido durante la segunda mitad del siglo XIX. A pesar de la admiración de Baudelaire, su obra poética y narrativa sólo fue revalorada en el siglo XX y el primer escritor en hacerlo fue Proust. Ensalzado por los surrealistas, hoy su novela Aurelia se lee como una visión de primera mano de un mundo de alucinaciones y de sueños concretizados; un texto exquisito y visceral que superpone naturalmente los discursos de la lucidez y las asociaciones del delirio. Aurelia cuenta sueños y pesadillas al mismo tiempo que narra estados de ánimo. Su fin declarado —“fijar todos los sueños en mi memoria y conocer su secreto”—, anticipa tanto a Freud como al surrealismo.

La vida de Nerval fue corta y marcada por el signo de la obsesión. Nació en París el 22 de mayo de 1808, como Gérard Labrunie. Su padre fue el doctor en medicina Étienne Labrunie. Si hay algún hecho decisivo en su vida, aquel que define un camino sin retorno, fue con toda seguridad la muerte de su madre. Pocas semanas después de ver nacer a su hijo, el doctor Labrunie fue nombrado médico adjunto de la Armada Imperial y a fines de ese año fue destinado a la Armada del Rhin. Su esposa, Marie-Antoinette Laurent, la madre de Nerval, decidió seguirlo. El pequeño Gérard fue entregado a su tío abuelo materno, Antoine Boucher, en cuya casa de Mortefontaine, en Loisy, pasó sus primeros años.

Uno de los testimonios que nos queda de su infancia es pictórico. En 1864, Corot iba a pasar por su tierra natal, Mortefontaine, donde pintaría sus famosos cuadros Recuerdo de Mortefontaine (que hoy se conserva en el Louvre) y El botero de Mortefontaine. Como Nerval, Corot pintaba los objetos distantes de un modo que los hacía parecer próximos. Sus paisajes ofrecen una atmósfera vaporosa y, sin embargo, de una densidad y de una inmediatez concretas; una imagen que parece integrar el sueño y la realidad tangible. Los bosques de Mortefontaine, en cierto modo, estuvieron siempre presentes en sus poemas y novelas.

Su madre murió en Silesia dos años después de dejarlo. Gérard nunca la conoció y declararía varias veces que ni siquiera llegó a ver un retrato de ella. Sin embargo, la oye. De niño le leen las cartas que ella escribió desde las orillas del Báltico o del Danubio. Oye sus palabras, la reconstruye en sus frases. En Promenades et Souvenirs, Nerval declara que quizá su pasión por los viajes fue el resultado de aquella voz muerta que le hablaba en las cartas. Todos los países extranjeros eran el lugar donde ella había vivido.

El hecho de que la única huella de su madre fueran las palabras quizá lo llevó a abrazar la carrera de escritor. Al no haberla visto nunca, su obsesión nostálgica la buscaba en cualquier mujer. En el mismo texto de Promenades et Souvenirs se iguala con su madre en la enfermedad: “La fiebre por la que murió me ha atacado tres veces, en épocas que marcaron, en mi vida, divisiones regulares periódicas. Siempre, en esas épocas, he sentido el espíritu conmovido por imágenes de duelo y desolación que rodearon mi cuna”.

En el mismo pasaje, Nerval cuenta que un día, jugando a la puerta de la casa de su tío, aparecieron tres oficiales frente a la casa. El oro ennegrecido de sus uniformes brillaba apenas bajo sus capotes de soldados. Uno de los oficiales se acercó y lo abrazó. El niño de siete años comprendió lo que ocurría. El oficial era su padre. “Desde ese día”, escribe Nerval, “mi destino cambió”.

Su padre lo lleva a París, donde entra a estudiar en el Liceo Carlomagno. Uno de sus compañeros de estudios, Théophile Gautier, iba a ser amigo suyo toda su vida. En 1828, cuando tiene apenas veinte años, Nerval publica su primer libro: la traducción al francés de Fausto de Goethe. En una carta, el escritor alemán le confiesa que gracias a la traducción se entiende a sí mismo mucho mejor. Pero su padre ve con desdén la vocación literaria y le exige estudiar medicina. Para entonces Nerval ha escrito el melodrama Han d’Islande (1829) y las Poésies allemandes (1830). Acepta la imposición de su padre y estudia medicina. Hasta que ocurre un acontecimiento liberador. En 1834 hereda 30 mil francos de su abuelo materno. Abandona los estudios, deja la casa de su padre, viaja por Italia. En ese mismo año ocurre un acontecimiento traumático: conoce a la actriz Jenny Colon.

Gérard de Nerval

Gérard de Nerval

Desde el primer momento, Nerval asume que hay un parecido inmediato entre Jenny y su madre. Algunos testimonios hablan de una declaración de amor de la que ella se burla. Otros dicen que él nunca llega a declararse. Se trata de un amor idealizado, exento de deseo sexual. El hecho es que, para impulsar su carrera de actriz, y con la parte de la herencia que le queda, Nerval funda la revista de lujo Le Monde Dramatique. La empresa es absurda. La revista está hecha sólo para promover a Jenny. Nerval no dirige sino los dos primeros números. Ha gastado toda su herencia en la revista. Sin dinero, se ve precisado a ganarse la vida en el periodismo. Por entonces forma parte del Petit Cenacle, junto a Gautier y a Dumas. En febrero de 1830 ha tomado parte en la batalla del estreno de L’Hernani de Victor Hugo. Escribe en pedacitos de papel, en el borde de las cartas, en las cintas que envuelven los periódicos. En un episodio confuso de esos años, iba a recordar que una mujer baila delante de él en un castillo, rozándolo apenas con su larga cabellera.

Ante el rechazo, directo o disimulado de Jenny, empiezan a manifestarse las primeras pruebas del delirio. Para entonces, ya había declarado que en realidad él era hijo de José Bonaparte, hermano de Napoleón. En 1836 cambia su apellido de Labrunie por el de Nerval. La razón: se considera heredero del emperador romano Nerva cuyos descendientes serían los Bonaparte. Aunque de reinado corto, Nerva ha pasado a la historia como un emperador ejemplar (Gibbon lo llama el primero de los “cinco buenos emperadores” romanos). Al igual que Nerva, Gérard se considera un iluminado, un conductor hacia el reino de las iluminaciones. ¿Y quiénes son los personajes que han llevado a la humanidad al reino de las iluminaciones? Él mismo da la lista: Cristo, Apolo, Orfeo, Pitágoras y Nerval. En una ocasión, caminando por las calles de París, se detiene, alza la cabeza, mira fijamente una estrella y se desnuda. En el club de los Haschischins del que forma parte, fuma hashis y se viste con túnicas orientales. La metáfora terrena más aproximada de la poesía y el sueño es la de los viajes. Desde que se siente rechazado por Jenny, Nerval empieza a viajar: con Gautier a Bélgica, con Alexander Dumas a Alemania. Durante su viaje a Austria, de noviembre de 1839 a marzo del siguiente año, conoce a la pianista Marie Pleyel, otra amada obsesiva, y al compositor Franz Liszt. El 15 de diciembre de 1840 se estrena su obra Piquillo en Bruselas. En la sala están Jenny Colon y Marie Pleyel, sus dos obsesiones. Está además la reina de Bélgica. Nerval se siente abrumado. Jenny y Marie. El encuentro de las dos mujeres en un mismo lugar es demasiado. En Aurelia va a aludir a este hecho como un desencadenante de la primera crisis de locura en 1941. Desde entonces estas crisis van a sucederse. Según él, estas alucinaciones son las que le permiten “cruzar las puertas de marfil que nos separan de lo surreal”. La muerte de Jenny Colon en 1842 es el primer paso en el proceso que va a llevarlo a reconstruirla. Jenny, Marie, su madre. Todas son Aurelia.

Las crisis de esos años consistieron básicamente en alucinaciones y delirios, propios de una personalidad esquizofrénica. Su médico, el doctor Blanche, lo internó varias veces en su clínica de Passy. Sin embargo, ningún médico parece poder hacer nada contra el peso de la melancolía. A propósito de la pérdida irreparable de su madre (y de Jenny), parece adecuada la definición de Freud: la melancolía es la instalación en uno del objeto perdido. “La melancolía me ha hecho tan negligente”, iba a escribir al ver su retrato. Su soneto más conocido, “El desdichado”, es una definición de ese ser cuyo centro se ha perdido para siempre: “Yo soy el Tenebroso, el Viudo, el Sin Consuelo,/ Príncipe de Aquitania de la Torre abolida:/ Mi única Estrella ha muerto, mi laúd constelado/ También lleva el Sol negro de la Melancolía”.

Gautier iba a escribir de él que “irradiaba bondad”. “Parecía rodearlo con una atmósfera especial. En aquellos días no hallaba reposo, vivía siempre parcialmente en un sueño. A veces uno lo veía con el sombrero en la mano, en una esquina, perdido en una especie de éxtasis, sus ojos estrellados de luces azules, su magnífico pelo, ya un poco delgado, creando una especie de humo dorado alrededor de su cabeza de porcelana, la taza más perfecta que ha contenido un cerebro humano, ascendido las escaleras en espiral de algún Babel interior. Cuando lo veíamos así, nos colocábamos en su línea de visión hasta darle tiempo de ascender de las profundidades de su sueño”. Albert Béguin, por su parte, se refiere a la foto que le toma Felix Nadar poco antes de su muerte: “Es sin duda el retrato más revelador de un hombre que el cuarto oscuro jamás haya aprisionado en su noche… su mirada inteligente, algo inquieta, sobre todo buena y humilde… ofreciéndose a la vista de quien quiera verla… ¿La muerte? Sí, está allí, desde hace mucho tiempo, compañera de su vida desde los años lejanos en los que se entretenía en la superficie de lo real. Ella no se ha ido, ha venido a amarlo. Pronto él responderá a su llamado”.

Nerval escribió alguna vez que la imaginación humana no ha inventado nada que no sea verdad. Su vida es un ejemplo del peso de la imaginación. Si para él no existen los linderos entre la realidad y el sueño, intenta recuperar a Jenny Colon, a su madre. Venidas del sueño, quiere integrarlas a la realidad. Sueña con ellas, escribe ese sueño, hace existir ese sueño en una novela. Es Aurelia.

La novela recuerda la definición que Nerval dio de la locura: el derramamiento del sueño en la realidad. Él mismo describió Aurelia como el descenso a los infiernos de la locura. Ulises en el subsuelo de la psique, Nerval desciende a los infiernos en busca del fantasma de Aurelia. En el libro se mezclan planos, visiones, episodios y exclamaciones. Es una versión descarnada y a la vez exquisita sobre la demencia. Al leerla, sentimos que asistimos al proceso de la locura, oímos la voz de un reportero que va narrando apasionadamente su propio descenso, unido a los lectores por los hilos inciertos de su lucidez.

“El sueño es una segunda vida”, dice en su famosa primera línea. “Los primeros instantes del sueño son la imagen de la muerte: un embotamiento nebuloso se apodera de nuestro pensamiento y no podemos determinar el instante preciso cuando el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia”. Después de este comienzo, Aurelia se va descomponiendo en frases sueltas, retazos, exclamaciones, alucinaciones verbales, intercaladas con descripciones precisas y reflexiones. El sueño y la vida, la razón y la locura, borran sus fronteras. Vemos las alucinaciones pero también leemos una definición sobre la función del escritor (“analizar con sinceridad lo que experimenta en las graves circunstancias de su vida”) y recordamos algunas tradiciones: “Me estremecí al recordar una tradición muy conocida en Alemania, que dice que cada hombre tiene un doble y que cuando lo ve, la muerte está muy próxima”.

Aurelia es una novela sobre la esclavitud de la nostalgia, una esclavitud perfeccionada por la ausencia de un cuerpo. La obsesión fija un centro. Cuando el centro desaparece, el poeta se convierte en un peregrino de la nada, un buscador errático: “Condenado por la que amaba, culpable de una falta cuyo perdón ya no esperaba, sólo me quedaba arrojarme en las embriagueces vulgares. Fingí la alegría y el abandono, corrí por el mundo, locamente enamorado de la variedad y del capricho”.

Las frases buscan materializar el cuerpo de Aurelia. Pero sus apariciones en el libro son sólo fugaces. La vemos como “una mujer de tez pálida, de ojos hundidos” en la medianoche de una calle. El contraste entre la obsesión y la nada crea un vacío que nadie puede remontar. El amor no podía existir fuera de la locura. El mundo es inaceptable. El peso de la mente sobrepasa las limitaciones y las exigencias banales de la realidad.

La noche del 25 de enero de 1855 salió a buscar un lugar apropiado. Antes escribió una carta de gratitud a su tía que terminaba diciendo: “No me esperen. Esta noche será blanca y negra”.

Lo encuentran a las siete de la mañana del 26 de enero. En sus bolsillos aparecen algunos objetos: las últimas páginas de Aurelia, dos centavos, su pasaporte, una carta. Al enterarse de la noticia, Baudelaire fue al lugar y observó que había tenido cuidado en escoger el lugar más sórdido de la sórdida calle Vieille Lanterne para ahorcarse. Gautier escribió: “Oh, Gérard, ¿qué has hecho? ¿Por qué no viniste a abrazarme?”. Los servicios funerarios se realizaron el 30 de enero en la iglesia de Notre Dame. Béguin ha escrito que “de todos los que han escrito, Nerval es quien se ha mantenido más en un estado de poesía”. Para Armel Guerne, era quien conocía el secreto blanco del amor y había recibido “la llave del santuario de una gran sabiduría”.

Ciento cincuenta años después, sus obras nos siguen resultando tan verdaderas como sus sueños. Entre las frases, aún aparece la imagen de un cuerpo ahorcado, abrazado a la imagen de su madre. Es un poeta al que no sólo admiramos. También lo queremos.

(Todas las citas de Nerval pertenecen a la traducción de Ricardo Silva Santisteban de Aurelia o el sueño y la vida, Universidad Católica del Perú. Lima, 2004.)

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