20 AÑOS SIN SEVERO SARDUY

Severo nos dejó el 8 de junio de 1993. Su muerte fue para mí la pérdida de un hermano y la desaparición de un testigo excepcional de los inicios de mi viaje por la poesía. Un viaje que juntos emprendimos en La Habana, recién salidos de la adolescencia, y continuamos, a lo largo de meses imborrables, en ese París donde vivió treinticuatro años y murió hace veinte. Parece mentira, pero, a pesar del tiempo transcurrido, aún me resulte extraño no saber adónde mandarle una carta.  

2013-06-07_2

MENSAJE A SEVERO SARDUY

No pediré que te proclamen santo
ni en Roma ni en La Habana ni en París,
aunque bien visto tú estuviste a un tris
de ser canonizado en vida: tanto

supiste ser tal cual eras, y tanto
nos gustaba que tú fueras así
—tan nuestro, tan de todos, tan de ti—
que en este mundo parecías santo.

No pediré tu canonización
porque en Roma y con esa religión
tu destino sería una capilla.

Como hijo de Elegguá que eras, diré
a los orishas antillanos que
te nombren Ángel de la Jiribilla.

MDM
(De Memorias para el invierno, 1995.)

París, 8-IV-68.  Querido Manolo, acabo de leer tu Carta a un amigo. Cualquier comentario sería una redundancia; no importa quién sea ese amigo, esas líneas me han hecho comprender por qué leer es también escribir. La Verdad de ese poema es irreversible. Hoy, que hay sol, que París se parece a su imagen mitológica, la de las postales, lo releeré en el Flora(*), para descubrir, para vivir ante mí mismo, ante tu página, ese capítulo del aburrido ejercicio literario que es mi biografía. Un abrazo. Severo.

París, 8-IV-68.
Querido Manolo,
acabo de leer tu Carta a un amigo. Cualquier comentario sería una redundancia; no importa quién sea ese amigo, esas líneas me han hecho comprender por qué leer es también escribir. La verdad de ese poema es irreversible. Hoy, que hay sol, que París se parece a su imagen mitológica, la de las postales, lo releeré en el Flora(*), para descubrir, para vivir ante mí mismo, ante tu página, ese capítulo del aburrido ejercicio literario que es mi biografía.
Un abrazo,
Severo.

CARTA A UN AMIGO

A Severo Sarduy

Cuando llegaste a París, de noche y con bufanda,
yo conocía el silencio de aquel sótano
y la tos seca del conserje que pasaba hipando por el vino.
Esa ciudad antigua que ambos habitamos
¿no recuerdas que estaba hecha de puertas que jamás se abrían?
Supe allí lo que es dar vueltas sin remedio
frotándome las manos y espiando no sé qué pasos sigilosos
ni qué extraña, inesperada muerte,
que ansiaba recibir de manos de Suzanne.
Suzanne quizás sigue de ronda en Clignancourt,
entre cafés con leche bebidos con tirios y troyanos
y escribiendo cartas a nadie en su libreta rota
(cahier du cadavre la llamaba),
que escondía debajo de las colchas como una travesura.
Suzanne era un sucio secreto que jamás fue revelado.
¿Recuerdas que viví obsedido por las carnicerías,
el hedor que emana de la tiendas de queso
y los negros pescados que boquean en la rue Daguerre?
Ah, la virtud que tienen esos versos
que escribí aquel invierno es que pueden olvidarse fácilmente.
Esos versos fueron, son harto compasivos,
y el mejor efecto de un poema se parece al de un insulto
gritado al oído del que duerme,
seguido de un golpe si acaso no despierta.
Dudo de todos los poemas que no engendren
la sorpresa y el recelo.
Celebro que un poema se haga odiar.
Si ves a Sonia, háblale de su ternura;
me salvarás del infierno si lo haces.
Desde entonces se han vaciado sobre el mundo siete años
y recurro a tu memoria y a la mía
para no perder aquellos meses (sin verdaderas penas
y sin ninguna gloria, pero vividor con delirio).
Nuevos inviernos te habrán hecho envejecer un poco;
para mí son los veranos la medida del tiempo.
¿Pero esto no es un viaje que se recomienza?
Nos reiteramos, amigo, el mundo se reitera.
¿Llegaremos a tener la tos seca del conserje
que vagaba por la casa hipando, rezongando?
Todas las nevadas caerán en nuestros ojos
y un día —¡sea así!— no será más que verano abierto
meciéndose sobre el olvido de nosotros dos.
(Has de pensar que es ésta una pésima esperanza.)
Vivo, quiero decir que me devoro:
tengo a cada instante una mayor urgencia, un más vasto apetito.
Lo grande es hacer de la vida cotidiana una suma de sorpresas.
Hablamos de esto algunas veces y un día me citaste a Apollinaire:
A la fin tu es las ce monde ancien.
Dije que sí, y aquella noche, en mi cama, Suzanne me reveló
que la vida sigue siendo la parte más hermosa de la muerte.
Descríbeme el entierro de Breton.

MDM
(De Vivir es eso, 1968.)

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(*) Célebre café parisino que Severo y yo visitamos varias veces, en una de las cuales asistimos a una tertulia con Jean Cocteau.

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