LA CULPA ES DE STALIN

Tania Díaz Castro, La Habana.

Imagen(CUBANET) Por estos días cayó en mis manos un curioso folleto, ya desaparecido, pero que se distribuyó en febrero de 1992 entre los militares cubanos de alto y bajo rango. La tirada fue de diez mil ejemplares y se titula El derrumbe del socialismo en Europa del Este, sus causas y consecuencias.

Lo elaboraron analistas anónimos –seguramente asesorados y dirigidos por Fidel Castro– pertenecientes al Comité Central del Partido Comunista de Cuba, la Dirección Política de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Centro Cubano de Estudios Europeos.

En sus párrafos iniciales se atribuye claramente el fracaso a los errores cometidos por José Stalin desde los primeros tiempos del bolchevismo y a las políticas económicas que, según estos analistas, pudieron haberse evitado.

Señala cómo el socialismo llegó a los países europeos junto con los tanques soviéticos, que obligados a aceptar el socialismo se les impusiera posiciones que sólo favorecían a Moscú y, además, las muchas intervenciones de fuerza militar que hizo el Kremlin para evitar cualquier fenómeno que atentara contra su imperio.

A todo lo largo de sus páginas insiste en que el derrumbe del socialismo no significa el fracaso del sistema social, sino el fracaso de un modelo del socialismo.

Al respecto, se dice textualmente en la página 8 que “…el crecimiento de la burocracia estatal se complementó con las violaciones de la legalidad socialista y de las normas más elementales de la democracia, dándose no pocos casos de nepotismo, corrupción y fraude, tanto en el partido, como en el Estado”.

Pero vaya sorpresa, según este viejo análisis cubano, entre las causas más graves de dicho desmerengamiento está que “Los partidos comunistas, en su totalidad, se caracterizaron por estar en manos de una dirección envejecida e inmovilista”.

Destaca incluso que esa fue la causa principal para que perdiera su capacidad de dirección y contacto con las masas, imponiendo un clima de inercia y escepticismo en sus militantes.

Por esa razón, aclara, el grupo de poder del Kremlin se empeñó en lograr nuevas fuerzas para acometer tareas que garantizaran el futuro del socialismo en la URSS. Estas tareas fueron: hacer  desaparecer la ruptura entre el partido y las masas, combatir la  doble moral de la sociedad, evitar que el partido continuara siendo un medio para obtener privilegios, controlar el oportunismo –para ascender, era necesario el carné del partido–, etc.

Pero todo fue inútil, se aclara en el folleto. En los países socialistas, aseguran sus analistas, crecía el cáncer de la negligencia laboral, el fraude, la corrupción en la élite política y una disidencia en la población que soñaba con la libertad y la prosperidad.

También señala que “Al surgir en la URSS grupos que abogaban por la defensa de los Derechos Humanos, el pluralismo político y otras formas de libertades democráticas, se acrecentó la brecha entre el partido y las masas populares”.

Algo que me intriga es que en las casi cien páginas de este folleto puede palparse cómo Fidel Castro y su camarilla gobernante estaban preparados porque esperaban el dramático desenlace de la URSS, desde el momento que analizan con lujo de detalles cada una de las causas del desastre.

Entonces, cabe preguntarse por qué en Cuba se mantenía y se mantiene el mismo rancio modelo del socialismo moscovita y la misma dirigencia “envejecida e inmovilista”.

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