OMAR LARA, GEO BOGZA

De derecha a izquierda: MDM, Osvaldo Rodríguez y Omar Lara. Casa de Colón, Las Palmas de Gran Canaria. (Foto: Zenaida Suárez.)

De izquierda a derecha: MDM, Osvaldo Rodríguez y Omar Lara. Casa de Colón, Las Palmas de Gran Canaria. (Foto: Zenaida Suárez.)

Hace unos días, el poeta chileno Omar Lara visitó Las Palmas de Gran Canaria, gracias a lo cual tuve la oportunidad, propiciada por su compatriota el profesor Osvaldo Rodríguez, catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Las Palmas y gran amigo mío, de conocerlo personalmente. Además de autor de una obra que forma parte de la espléndida lírica contemporánea de su país –uno de los más pródigos en poetas de primera magnitud en lengua española–, Omar Lara es autor de numerosas traducciones de bardos rumanos. Prueba de ello son dos libros que me ha dejado, ambos aparecidos en México en 2010: La Mesa del Silencio. Once poetas rumanos contemporáneos y Orión, antología de Geo Bogza.

Bogza (Blejoi, 1908-Bucarest, 1993) es un clásico moderno, para mí un descubrimiento por el que le quedo agradecido a Omar Lara. Su trayectoria se asemeja a la de muchos creadores vanguardistas del siglo XX: va del utopismo de izquierda más entusiasta en su juventud a la desilusión y el escepticismo en sus años finales, vividos bajo la losa estalinista de la República Popular y la demencial cacicatura de Ceausescu. De haber escapado de aquella Rumanía plúmbea, como hicieron Ionesco y Cioran, entre otros brillantes compatriotas suyos, hoy quizás su obra sería, como la de éstos, universalmente apreciada.

En Orión, Lara incluye textos de los siguientes libros de Bogza: Urmuz (1928-1932), Poema petrolífero (1934), Ioana María (1937), La noche trágica (1933-1965), Yo y la palmera (1945-1970) y Estatuas en la luna (1960-1977), en los que se hace patente la versatilidad temática y estilística de este sabio poeta.

Geo Bogza

Geo Bogza

ORIÓN

De los mares del Sur o Capricornio
nunca ningún navío regresó
tan elegante y tan puro
como regresa en el otoño Orión.

En verdecidos bosques no ha brillado jamás
su blanca luz. Ni sobre prados de heno.
Océanos y montes lo ven en primavera
partir, y en mucho tiempo no tiene el cielo dueño.

Sube otra vez octubre a los jardines
sus altos mástiles de platinadas puntas,
y luego en el invierno el navío luminoso
sobre el mundo asombrado se columpia.

Rey de la constelación de Septentrión
que sobre helados mundos se desliza,
recorre así la noche Orión, el Gran Orión,
carabela en la Eternidad mecida.

RECUERDOS DE POLONIA

I

En Varsovia, una muchacha hablaba así:
si quieres acariciarme, yo no me opondría
si quieres besarme, puedes hacerlo
te permitiría que me desnudes los senos.
Pero debes saber que a papá lo fusilaron los alemanes
y a un hermano mío lo quemaron en los hornos.

Si quieres acariciarme, yo no me opondría
pero debes saber que todos estos muertos
aúllan en mí
y yo toda, toda soy de ceniza.
Bésame, pero que no te sepa amarga.

II

En Cracovia, una muchacha hablaba así:
si quieres puedes abrazarme
si quieres puedes acariciarme los senos
pero no me compres abalorios, nunca.
Tenía trece años cuando los alemanes
ahorcaron a mamá, de un árbol en la calle.

Si quieres podemos atravesar nadando el Vístula
pero no me digas que tengo el cuello blanco y bello
y no me compres abalorios, nunca.

PASABA

Pasaba entre los tigres
y les tiraba claveles.

Pasaba entre jaguares
y les tiraba rosas.

Pasaba entre leopardos
y les tiraba crisantemos.

Y ellos, presas de la perplejidad,
me dejaban seguir adelante.

HACIA ARQUÍMEDES

Y sin embargo, viejo griego, yo construyo palacios.
En ninguna parte del universo tengo un punto de apoyo.
Lo que tocan mis dedos se desvanece sin huellas.
Lo que toca mi pie se hunde en la nada.
La almohada en la que duermo está llena de arena,
al momento de tocarla con la frente, se escurre en el caos.

Y sin embargo, viejo griego, yo construyo palacios
donde las cortesanas peinan sus cabelleras
y los filósofos pasan los dedos por su barba,
pensando que en el universo todo está en su lugar.
Universo en el que yo no encuentro ningún punto de apoyo.

CRÓNICA

¡Qué bellos somos! –decía. ¡Qué bellos somos!
–decías.
Y tú tocabas mi corazón como una lira.
Y yo tocaba tu cabellera como un arpa.
¡Qué locos somos! –decía. ¡Qué locos somos!
–repetías.
Y éramos, en la historia del mundo, un trote de
caballos.

GEO BOGZA

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