EL BÁRATRO CASTRISTA

El pasado día 18 se cumplió un año del arresto –con violencia extrema, balas de goma incluidas, según la información que tengo– de Sonia Garro Alfonso y su esposo Ramón Alejandro Muñoz. Desde entonces están presos sin que hasta ahora hayan visto un juez. Se trata de una violación más del Código Penal que el Gobierno de Cuba dice que está vigente.

Sonia y Ramón Alejandro forman parte de la acosada oposición democrática interna. Sonia, como Dama de Blanco, exige la libertad de los presos políticos, y, como miembro de la Fundación Afrocubana Independiente, lucha por la erradicación del racismo, lacra endémica en la isla.

Sonia Garro

Sonia Garro

Sobre ambos pesan los cargos de “tentativa de asesinato” y “desorden público”. En el manicomio de los hermanos Castro, un disidente, no importa cuán pacífico sea, puede ser acusado en cualquier momento de cualquier delito por el que cualquier tribunal lo mande a cualquier calabozo.

En sus respectivas prisiones, Alejandro ha hecho huelgas de hambre que sólo han conseguido irritar más a sus carceleros, y Sonia ha protestado en vano por el maltrato que recibe de los suyos y la nula atención que éstos prestan a sus serias dolencias físicas. Y ahí siguen los dos, esperando un juicio cuya ilícita demora basta para constatar que en Cuba es un hecho el exilio de Montesquieu.

Una idea de la peligrosidad de esta infecta pareja de mercenarios al servicio del imperialismo, que diría Raúl Castro o un Willy Toledo cualquiera, nos la da el siguiente pasaje de una crónica del periodista cubano Rolando Cartaya fechada en el último enero:

Garro es una cubana de la raza negra residente en el humilde barrio de Los Quemados, municipio habanero de Marianao. Según recuerda la periodista cubana radicada en Suiza, Tania Quintero, Garro fundó en 2007 un centro independiente para niños de padres con bajos recursos, con el fin de que no anduvieran jugando de forma peligrosa en las calles en su tiempo libre.

En el portal y la sala de su modesto hogar, sito en la avenida 47 entre 116 y 118, se reunían, después de terminar su horario escolar, una veintena de niños de 7 a 15 años de edad, para dibujar, aprender corte y costura, o con Ramón Alejandro, que es músico, a aprender a tocar algún instrumento. 

Anuncios