SEVERO SARDUY CUMPLIRÍA HOY 76 AÑOS

Severo y yo. Curaçao, 1959.

Severo y yo. Curaçao, 1959.

UNA NOTA PARA DOS SONETOS(*)

No obstante haber pasado las dos terceras partes de su vida en Europa, haber escrito toda su obra en francés y ser conocida por el título nobiliario de su marido, un general napoleónico con el que casó en el Madrid de José Bonaparte, María de las Mercedes Santa-Cruz y Montalvo, condesa de Merlin, habita un espacio en la mitología romántica habanera. Hija de los condes de Jaruco y Monpox, nacida en una casona señorial de la Plaza Vieja de La Habana el mismo año en que irrumpe la Revolución Francesa, se nos presenta como una aristócrata díscola y sentimental que de niña se fuga del Convento de Santa Clara por no resistir la severidad de las monjas, que de adolescente emula en dones de canto con una pollita mulata de voz angélica y, en las tertulias de ringorrango que tienen lugar en su casa, domina con su belleza y talento, y que, doce años antes de morir, conocida en París por su salón y sus libros, vuelve a la isla «encantadora y virginal» y la llama «hermosa patria mía» y en ella escribe: «La sola propiedad incontestable debe ser ésta, la patria». Es en el aura de esta historia o leyenda, o ambas cosas, en la que dos amigos escriben y se intercambian estos sonetos, en los que la casona de la Plaza Vieja y Mercedes Santa-Cruz ascienden de la anécdota a la parábola. MDM

A LA CASA DE LOS CONDES DE JARUCO

Para Manuel Díaz Martínez

La casa de los Condes de Jaruco,
testigo de esplendores coloniales
empañados, duplica en sus vitrales
las curvas de la piedra y del estuco.

Con vastas espirales el bejuco
ha cubierto columnas, capiteles,
hojas de acanto, rígidos laureles
y blasones de un oro ya caduco.

No invoques a los dioses cejijuntos
para que alcen burlones sus caretas
y aparezcan de nuevo los conjuntos

habaneros. Llorando en sus macetas
las arecas están; los mediopuntos
apagan su reflejo en las losetas.

SEVERO SARDUY
(8.IX.87. París)

ESCENA DE LA CONDESITA DE JARUCO

Para Severo Sarduy

La condesita de Jaruco espera
que lleguen con la nueva primavera
un barco de la Francia tumultuosa
y en él un caballero y una rosa.

El mediopunto con la tarde trama
una leyenda de color y llama
mientras la condesita se adormece
ante la mar que a su balcón se ofrece.

Ella sueña que el áureo caballero
llega al puerto y quitándose el sombrero
toma el camino de la Plaza Vieja

hacia la casa de su padre el conde
donde ella por amor se muere y donde
al caballero aguarda tras la reja.

MDM
(La Habana, 1987)

(*) Severo y yo nos conocimos cuando comenzábamos a escribir y, hasta su muerte, mantuvimos un vínculo más que amistoso, fraternal. Me hacía gracia que me tratara como a un hermano mayor. El día de mi cumpleaños solía hacerme un presente, y cuando cumplí los cincuenta y uno me mandó a La Habana, desde París, una estilográfica y el soneto “A la casa de los Condes de Jaruco”, dedicado a mí, que luego incluyó en su último libro, aparecido poco antes de su muerte. Para responderle, escribí el soneto “Escena de la condesita de Jaruco” y se lo dediqué. Incluí ambos sonetos, con un texto explicativo, a título de homenaje a nuestra amistad, en mi poemario Memorias para el invierno.

Anuncios