FIELES DIFUNTOS

PARA LLEGAR A LA TUMBA DE KAFKA

Hay que entrar al cementerio judío de Praga,
no al viejo, donde manadas de tumbas se han helado
sobre espinazos de tumbas aún más frías,
sino al que llaman Nuevo y que es un bosque inventado
por una primavera oscura
que muerde los troncos y el ramaje y los obliga
a convocar la paz del verde silencioso.
Cálese la cofia de negro tafetán
que el celador hebreo le propicia,
que es de rigor cuidar las tradiciones,
y avance por el sendero abierto entre la tapia
y la fila primera de túmulos y encinas.
Ábrase paso por sus propios sentimientos,
rompa la tupida maraña de sus cavilaciones
a la vista de esas losas ciegas que murmuran
y de tanta hierba presurosa que eligió el olvido
para su lozanía, y camine, camine, camine y lea
los nombres derramados en el bosque
y que apenas se pronuncian. Despójese
de esa emoción sólo admisible
si Franz Kafka esperara su visita
como un enfermo grave. Sepa usted
que en este mundo toda tumba está vacía.

(Praga, 19.V.87)

MI VECINO

Me llevo bien con este hombre taciturno,
infatigable y fornido al que llaman Caronte.
Es mi vecino. Sus hijos retozan con mis perros.
Los críos lo despiden cuando el día declina
y en las mañanas vienen a esperar su regreso
donde amarra la barca, allí, entre esas rocas
que el Leteo lame al pie de mis ventanas.
Muchos amigos míos han viajado con él.
Amigos y amigas que nunca más he visto.
Viejas amistades que ni siquiera escriben
para contarme algo de sus vidas lejanas.
Me han olvidado, pienso, quizás me han olvidado.
Un domingo de feria, bebiéndonos un vino,
le confesé al barquero esa amarga sospecha.
Nada me dijo el hombre y me sirvió otro vaso.
El sol hacía un guiño festivo en la botella.

VERSOS A UNA MUJER DIFUNTA

¿Quién no te olvidará? ¿Pero quién sí?
Al fin estas preguntas: ya no hay otras.
Tú fuiste tibia, breve, tersa, suave,
destinada al amor como las rosas.
Para el que pasa y mira en tu sepulcro
tu nombre solitario ¿qué eres ahora?

Cuando lleguen las nuevas primaveras
tú no estarás despierta ni dormida,
ni encenderá tus rosas el amor,
ni serás tersa, suave, breve, tibia.
Otra vida tendrás, si te recuerdan.
Otra muerte, más honda, si te olvidan.

FLORES AMARILLAS

Para Onelia, que se fue temprano

Qué furor contra todo, con qué furor mis ojos
buscan en el espacio ahora refulgente,
sobre los árboles jóvenes de mayo que no
viste,
la disnea cada vez más honda,
el decoro de las batas sanitarias
parpadeando como velas en el frío corredor,
y tu vida, retrocediendo
en tu voz como una niña dormida
que murmura,
que se hunde
y se despide.

Con cuánta furia busco lo que ya no veo.
Haber sufrido tanto,
y todo sucedió tan
pronto,
¡y tan frágil es lo cierto!

La memoria te toca y te deshaces,
me llama, vuelvo el rostro y me destruye.

Busco en el espacio el sitio penumbroso
donde el auriga te llamó tres veces,
pero sólo hay viento y voces en el viento
y el verde júbilo de las ramas vivas.

Pobrecita mía,
¿en qué lugar del viento te demoras
y cuál de aquellas voces es la tuya?
¿Y en qué lugar del viento estoy? ¿Y dónde
el que sufría junto a ti, dónde encontrarlo
entre tantos ramajes inocentes
que se agitan y lanzan a la hierba
sus flores amarillas?

TE ESCRIBO A LA VIEJA DIRECCIÓN

A mi madre

Te sigo escribiendo y tus cartas no regresan.
¿Querrá esto decir que están dando en el blanco?
Ninguna me han devuelto con el cuño Fallecida
o Cambió de domicilio.

Yo te escribo
las cartas que nunca te escribí cuando sabía
dónde estabas esperando.
No sé dónde pueda estar esa mirada tuya
que ahora más que nunca apetecen mis palabras,
pero te escribo a la vieja dirección,
allí donde había humedad en las paredes,
y un cofre para las memorias,
y un espejo para los silencios,
y una puerta para tus adioses
y mis regresos.

Te escribiré todos los días que me faltan
—que son todos los días que me sobran—
contándote esta vida que segrego entre papeles
como un caracol su baba entre las piedras.

Te seguiré escribiendo como nunca antes lo hice,
cuando pensaba que la muerte no te conocía.

DÉCIMA A LA MUERTE
DE MI PADRE

Mientras mi padre vivía,
mi ayer era mi presente:
él me servía de puente
con aquella lejanía.
Mirándolo, yo creía
en un tiempo sin pasado.
Mas, tan pronto como se ha ido,
el tiempo ha retrocedido
arrastrando lo que ha sido
adonde va lo olvidado.

EL OLOR DE LA LAVANDA

Al pie de un pino, al borde de un barranco,
ante un cerco de cumbres pensativas,
como súbita nieve en el verano
quedaron sobre el campo tus cenizas.

Allí estarán mientras la lluvia llega
y con sus frías manos presurosas
las mezcle con la tierra y las convierta
en ramajes y flores y bellotas.

No serás, padre, el príncipe aquitano
cuya torre por siempre fue abolida,
sino, en la soledad de la montaña,

señor de los pinares y los cardos.
Y tu poder será el de las semillas.
Y tu torre, el olor de la lavanda.

(Agosto, 2004)

FERNANDO QUIÑONES
SE NOS FUE DE VIAJE

¡Eh, Fernando!,
esta vez el viaje es bien distinto.
Este viaje es el más largo:
dura las mil noches de la eternidad.

El tren sube —¡qué bien
seguirle siendo fiel al Talgo!—
balanceándose brumosamente
sobre rieles invisibles
que atraviesan los aires de Vejer,
de Ubrique, de Arcos, de Medina,
dejando atrás, y abajo, ¿ves
las luces de El Puerto, de Tarifa?,
dejando atrás, y abajo,
Chiclana, Grazalema,
Cádiz (y, en Cádiz, la Caleta)…

Irás mirando por la ventanilla
el paisaje sideral
mientras tu último poema,
el mejor de todos
(el que nunca podemos acabar),
en esa noche que transitas
te irá brotando de los dedos
como un fax.

Ah, Fernando,
si ves a Juan Ramón le dices
que tú y yo siempre supimos
que la poesía es impura,
como lo demás.

(20.XI.98)

ESOS ADIOSES BREVES

A Dulce María Loynaz

De las flores de ese vaso,
la más cautivadora
es esa rosa a punto ya de incorporarse
a la penumbra
como el humo al viento.

Pétalos suyos
han ido cayendo en torno al vaso,
abandonando en ella
un vago ademán de despedida.

Y ahora que estamos solos,
enlazados por un mismo silencio,
le pregunto y me pregunto
si son de ella, sólo
de ella,
esos adioses breves.

MDM

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