OPINIÓN AJENA

[…] ¿Cuál es la esencia de los toros? Es realmente una pregunta difícil de contestar. ¿Se trata de hacer público y promover cierto espíritu heroico? ¿De mostrar la valentía y el porte del torero? ¿De revelar lo sobrecogedor de la muerte en su pasar rozándole al hombre? Pareciera que a todo esto se aproxima, pero pensándolo cuidadosamente se percibe como algo que no es del todo correcto. Despojado de su glorioso y resplandeciente atuendo, su esencia se reduce al tormento que el taimado inflige sobre ese pobre toro al que enloquece y luego mata, colmando así la vena sanguinaria de la gente, a lo que se suma el dinero que ganan las personas de la organización taurina.

Probablemente habría que rastrear los orígenes de este espectáculo en la antigüedad remota, cuando los hombres de esos tiempos debían cazar para sobrevivir, equipados con armas primitivas lucharían mano a mano con el toro salvaje. O moría el toro para ser alimento del hombre, o moría el hombre que a su vez se convertía en alimento de cualquier otra bestia predadora, y así tal combate a muerte era justo y equitativo. Pero ya hace mucho tiempo que la humanidad no necesita conseguir alimento de esta forma. El toreo ya no tiene nada que ver con la supervivencia, sino meramente con el recreo y el contento del morbo de la gente y, de acuerdo con esto, abolirlo sería lo razonable. Pero no habría que abolir solo las corridas de toros, sino también las peleas de gallos, las peleas de cabras y las peleas de grillos. Aunque tales espectáculos no suponen una lucha entre el hombre y el animal, podrían parecer incluso más odiosos. El toreo al menos pone en juego la vida del hombre, mientras que en las peleas de gallos, de cabras o de grillos, el hombre hace uso de una inteligencia perversa para azuzar a los animales a enfrentarse sin correr él mismo ningún riesgo y jactarse del mal que provoca en otros. […]

Mo Yan: “Viendo los toros desde la barrera”. EL PAÍS, España, 12/10/2012.

(Mo Yan, escritor chino, Premio Nobel de Literatura 2012.)

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