LAS ILUMINADAS Y MAHOMA

Carlos Peña

(El Mercurio, Chile, 24/9/2012) ¿Tienen algo en común Las Iluminadas, el sketch televisivo contra el que el Consejo Nacional de Televisión de Chile formuló cargos, e Innocence of Muslims, la película que acaba de encender la ira de parte del mundo musulmán? Las Iluminadas es un sketch en el que un par de creyentes (inequívocamente evangélicas) irrumpen en un programa de entretención de adultos, lanzando condenas y acusaciones hasta caer poseídas por el espíritu. Al final, acompañadas de parte del público vestido de corbata, salen del estudio tocando el pandero (el que les queda, puesto que el fervor que las posee las hizo romper otros varios) y haciendo palmas al ritmo de ¡Tengo un gozo en el alma! ¡Grande!
Innocence of Muslims carece de esa comicidad y, a juzgar por el trailer que se hizo público, resulta más bien mediocre. Lo que le falta de talento parece sobrarle en insidia: Mahoma es retratado con tendencias homosexuales y sus seguidores (según informa The New York Times) como child lovers, una forma inequívoca de sugerir pedofilia.

No cabe duda. Son distintas; pero hay algo que comparten. Ambas usan un medio de masas (la televisión y el cine) para relativizar, mediante el humor en un caso y la simple insidia en otro, creencias religiosas que orientan la vida de millones de personas.

¿Deben callar? ¿Deben ser las creencias religiosas de las personas un límite a la libertad de expresión?

A primera vista hay buenas razones para responder que sí. Las creencias religiosas, para buena parte del mundo, son parte constitutiva de la identidad colectiva y personal y es muy difícil distinguir entre el discurso que relativiza las creencias y aquel que ataca el derecho a existir de quienes las sustentan. Así entonces –podría sostenerse– si se permite que una parte de la sociedad se ría de las creencias de la otra, lo que se estaría permitiendo es que una parte de la sociedad maltrate la dignidad y falte el respeto a la otra.

Así entonces Las Iluminadas deberían dejar de hacer reír e Innocence of Muslims debiera ser prohibida.

Pero salta a la vista lo inadecuado de ese tipo de medidas.

Desde luego, las creencias religiosas pretenden poseer una verdad total e irreductible y, en las democracias, tienen a su disposición todos los medios, la radio, la televisión, la prensa, la escuela y la universidad para defenderlas. ¿Por qué entonces –si tienen todo o casi todo para defenderse– no podrían tolerar que en la esfera pública se use el humor para limitar su influencia e ironizar acerca de las verdades que promueven? Si se las inmunizara contra el discurso que las molesta u ofende, esas creencias gozarían en la democracia de un poder casi incontrarrestable. Tendrían no sólo a Dios de su lado (lo que ya parece bastante) sino además al aparato estatal.

Así entonces Las Iluminadas tienen todo el derecho a hacer su show. Lo único que podría reprochárseles es que se rían de los inofensivos y modestos evangélicos y dejen a salvo al Opus Dei o a los Legionarios de Cristo, harto más influyentes y poderosos.

En el caso de Innocence of Muslims la solución debiera ser, en el fondo, la misma: no ceder a las amenazas del fanatismo religioso, en cualquier caso minoritario. Quienes han escalado las paredes de las embajadas para prenderles fuego no son la mayoría de musulmanes, civilizados y piadosos, sino muchedumbres alcoholizadas por sus creencias que no adhieren ni a la democracia ni a los derechos ajenos, grupos que, si se los deja crecer a pretexto de su fe, acabarán lapidando a quienes no piensan lo que ellos piensan, ni creen lo que ellos creen. Los Salafis (que han llevado el pandero en las protestas) no suscriben ni la democracia ni la idea de derechos individuales. Tienen derecho a existir y manifestarse, sin duda; pero no tienen ninguno a que se protejan de manera especial sus creencias.

No hay que olvidarlo. Si, a pretexto de proteger las creencias religiosas, la democracia abdicara de sus principios, acabaría no valiendo la pena.

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