HONDURAS O LA MUERTE EN BICICLETA

Cuando chispeaba en escena el ya remoto sainete de Mel Zelaya, la cuarta urna y el pijama (¿no se acuerdan ustedes de aquel sujeto a un sombrerón tejano uncido que intentó atornillarse en el poder modificando la Constitución como su compadre Hugo Chávez?), yo frecuentaba diariamente en internet la prensa de Honduras, y me di cuenta de que esa pequeña nación era un gran matadero, en el que andar por la calle equivalía a desafiar la faca o la pistola de un pandillero o de un depredador autónomo. La crónica roja de los diarios hondureños era capaz de ponerle los pelos de punta a Yul Brynner. Hoy viene en la portada del ABC este titular: “Un tiroteo entre bandas acaba con la vida de siete personas en Honduras”. En página interior, la entradilla de la información cuenta que “Las victimas de la matanza, producida por el enfrentamiento entre las maras 18 y Salvatrucha 13 de uno de los barrios más peligrosos de San Pedro Sula, fueron sacadas de un apartamento y llevadas a otro, donde fueron ejecutarlas”. O sea, que en materia de seguridad ciudadana Honduras sigue en las honduras. De acuerdo con las estadísticas de la ONU, este país tiene uno de los índices de homicidios más altos del mundo: nada menos que el 80% por cada 100.000 habitantes. Sólo en 2011 fueron asesinadas en Honduras 7.100 personas, según el Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma del país. El redactor del ABC menciona en su escrito la existencia en la patria de Morazán de una tal Policía Preventiva, que, dada la proliferación de charcos de sangre, no se sabe qué previene. Más que prevenir, que no está mal, este cuerpo armado hecho, creo yo, para combatir el crimen debería ya dedicarse en sus ratos libres a ir reduciendo a los matarifes que ahora mismo ejercen su oficio tan alegremente y sin dar señales de cansancio.

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