MADRE DE DIOS, LÍBRANOS DE PUTIN

El día 17 del pasado agosto, una jueza de Moscú sentenció a dos años de cárcel a tres de las jóvenes integrantes del grupo ruso de música punk Pussy Riot. Eran las que la policía pudo detener. Las otras lograron escapar de Rusia. En marzo de este año, Pussy Riot, hasta entonces un conjunto desconocido fuera de las fronteras de su país, tuvo la osadía de realizar por sorpresa, en la catedral moscovita de Cristo Salvador –escenario mal escogido–, una protesta política en la que interpretó una canción titulada “Madre de Dios, líbranos de Putin”. El proceso judicial seguido por ello contra las tres muchachas detenidas, las cuales permanecieron presas como delincuentes peligrosas desde mucho antes de ser juzgadas, y la a todas luces amañada y despiadada condena que han recibido de una judicatura dócil al poder político –al que en Rusia está uncida la Iglesia Ortodoxa–, han puesto en la picota al camarada Putin, incurable ex oficial del KGB, y a la jerarquía eclesiástica. La carta abierta dirigida al Patriarca Kiril por el diácono Serguey Victorovich Baránov es una muestra de los efectos que está teniendo en Rusia la borrasca Pussy Riot.

 CARTA ABIERTA A KIRIL, PATRIARCA DE MOSCÚ Y DE TODAS LAS RUSIAS, DEL CLÉRIGO RETIRADO DE LA DIÓCESIS DE TAMBOV DIÁCONO SERGUEY BARÁNOV

¡Vuestra Santidad!

En relación con los vergonzosos acontecimientos de los últimos meses, y en especial con la injuriosa sentencia a Pussy Riot, dictada bajo la instigación directa de la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa Rusa y de personas que por algún malentendido se autodenominan “ciudadanos ortodoxos”, yo, clérigo retirado de la diócesis de Tambov, diácono Serguey Baránov, declaro oficialmente mi completa e incondicional ruptura de relaciones con la Iglesia Ortodoxa Rusa del Patriarcado de Moscú y suplico que me sea retirado el orden sacro. Sigo siendo cristiano creyente, pero el permanecer en la misma Iglesia con mentirosos, codiciosos e hipócritas lo considero para mí totalmente imposible por razones de ética. Aprecio mi fe, pero quedar –después de lo ocurrido– en el seno de la IOR [Iglesia Ortodoxa Rusa] significaría para mí aprobar sus acciones y, en consecuencia, ser su cómplice. Considero que la Iglesia como institución necesita de una purificación y renovación –sólo entonces un ser humano honrado y decoroso podría con consciencia limpia nuevamente traspasar su umbral–. Llamo a todos y a todas quienes creen sinceramente a que eleven sus plegarias al Señor nuestro Jesús Cristo por una pronta curación de todas las llagas que han lastimado a nuestra santa Iglesia.

Sin entrar en una valoración ético-espiritual del acto por ellas cometido, el cual realmente resulta inadmisible, hoy sin embargo miles de personas se convirtieron en partidarias de Pussy Riot, porque el reciente juicio ha demostrado que a cualquier ser humano lo pueden meter preso por cualquier cosa, motivando tal decisión con cualesquiera razones y de cualquier manera. Se ha creado un precedente, donde una pequeña falta y una simple tontería pueden quebrantar una vida, si llega a entrar en juego la arbitraria voluntad de la burocracia. Se tornan punibles en lo criminal prácticamente cualesquiera pensamientos y acciones, siempre y cuando resulten indeseables para quienes ostentan el poder.

El patriarcado de Moscú, en esencia, fue el iniciador de la incoación de la causa penal y el posterior desarrollo de los acontecimientos. La causa de Pussy Riot consolidó aún más el aislamiento de Rusia respecto al resto del mundo: ya resulta poco que consideren al nuestro un país agresivo y falto de libertades, pues aflora entonces que también es un país plagado de oscurantismo leguleyo-clerical. Ya está claro que este proceso judicial no es el último. Pero, al darle arrancada a esta máquina de represiones, la Iglesia y el poder le dieron arrancada a la máquina de su autodestrucción.

En el momento en que la jueza federal Marina Syrova reconoció que las integrantes de Pussy Riot habían cometido una acción punible por la legislación criminal, no sólo dictó un veredicto de culpabilidad contra esas tres muchachas. Marina Syrova le dictó sentencia a la propia judicatura de Rusia, y causó un gigantesco perjuicio a la Iglesia Ortodoxa, porque juzgó según el articulado de la ley penal a personas que no cometieron ningún delito. Entonces, la santa ortodoxia se torna fundamentalismo ortodoxo, que es lo que tan insistentemente han pretendido los jerarcas eclesiales, sin percatarse de las mórbidas consecuencias de tal empeño. Hemos sido testigos de cómo en pleno siglo XXI en un país laico y supuestamente democrático y de derecho ha tenido lugar en realidad un juicio de Inquisición eclesiástica, donde la exposición de motivos de la sentencia encuentra fundamentos en el Concilio local de Laodicea del siglo cuarto, en el Concilio de Archipresbíteros de la IOR del año 2011, en la carta del sacristán del Templo Catedral de Cristo Salvador, protopresbítero Mijail Riázantsev, y en el memorándum sobre las reglas de comportamiento en el templo, o sea en documentos que pertenecen de manera absoluta a la vida interna de la iglesia, así como la carta de un sacerdote. Y, por cruel ironía, la correspondiente decisión judicial resultó dictada en el nombre de la Federación de Rusia.

De facto, las muchachas de Pussy Riot fueron juzgadas no según el articulado de la ley penal, sino según los conceptos morales que estaban al uso en la temprana Edad Media. Y, según tales conceptos, la Iglesia Ortodoxa Rusa se posiciona como un patrón de moral y eticidad para nuestra sociedad, instalado desde el Estado. A miles de seres humanos les resultó definitivamente claro que nuestra Iglesia está separada no del Estado –nuestra Iglesia se separó a sí misma de Dios y de las personas que creen con sinceridad–. No es que vaya a disminuir el número de creyentes, pero a mucha gente ya se les quitó el deseo de traspasar el umbral de un templo.

La decisión judicial introduce un cisma en la unidad íntima de la Iglesia, y hace emerger dos líneas de fuego entre creyentes. Aquellos ortodoxos que perdonaron y oran por las chicas-prisioneras, son quienes –probablemente– hoy constituyen minoría, pero no obstante son el grupo mejor formado, más socialmente activo entre los creyentes; son seres humanos habituados a pensar. En gran medida a ese grupo le pertenece el futuro, porque son personas que influyen en la opinión pública de cada vez más creyentes, pero ellos no desean ser identificados con la IOR, la cual cada vez más se fusiona con el poder estatal.

Para terminar, deseo decir lo siguiente: imagino cuánta inmundicia, mentiras y palabras obscenas serán derramadas sobre mí por la jerarquía, por mis cofrades y por fundamentalistas ortodoxos, al conocer mi decisión de suplicar que me sea retirado el orden sacro en protesta contra una sentencia absurda e ilegal. No me avergüenzan mis años de servicio religioso en los templos de la ciudad de Tambov. Hace quince años, siendo clérigo del templo de Skorbiáschensk en el monasterio de la Resurrección de Tambov, yo impartía en la escuela Dominical las disciplinas de Teología dogmática, Estatutos del servicio divino y Derecho canónico. Con ayuda de Dios he tenido excelentes discípulos; tres de ellos se convirtieron en sacerdotes, uno es médico en un submarino, otro trabaja como cirujano en el hospital de mi ciudad natal, otro más ejerce el profesorado en un Seminario religioso: ellos me comprenderán, y –espero– no me juzgarán mal.

Que me perdone el Señor, pero yo no les creo ni a las víctimas ortodoxas [de la acción de Pussy Riot en el templo], ni a quienes se proclaman representantes de los ámbitos de la sociedad civil ortodoxa. ¿Por qué? Porque, según veo, las personas que son verdaderos creyentes conocen la Sagrada Escritura, saben qué fue lo que nos legó el Señor, saben qué significa la palabra caridad, saben qué son la universalidad del perdón y el AMOR. Y saben, en fin, qué es lo que implica el ser coherentes.

En esas muchachitas, prisioneras de conciencia –Nadiezhda, María y Ekaterina–, hay enormemente más misericordia y cristiano amor al ser humano que en quienes las condenan, porque ellas aman la verdad y la justicia, y las siguen: ¡y la verdad nos hace libres!

19.08.2012 AD

Un humilde discípulo de Vuestra Santidad,
el diácono Serguey Víctorovich Baránov.

[Traducción: Observatorio Crítico.]

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