DE ANIMALES

Félix Luis Viera, México.

En marzo de 1996 me invitaron a una corrida de toros. En la Feria del Caballo que todos los años se celebra en Texcoco, México. Digo que me invitaron porque la entrada no me costó nada, era una cortesía del Gobierno local.

Entré por curiosidad (nunca había estado en semejante espectáculo) y porque no me costó nada satisfacerla; o tal vez por no hacerle el desaire a quienes me habían invitado. Mi butaca estaba cerca de la arena.

Cuando salió el primer toro de la tarde, patinó, arañó la tierra con las pezuñas traseras y un pegote me dio entre ceja y ceja. El público a mi alrededor rió.

La banderilla tiene una lengüeta de hierro que va desangrando al toro en la medida en que el torero va clavando una tras otra en la cerviz del animal, me explicó uno de mis invitantes, cuando el torero estaba llevando a cabo este trabajo.

Era un toro negro-grisáceo. Mientras le clavaban las banderillas, sangraba por ríos. El público aplaudía cada vez que el torero clavaba una en el lugar adecuado y, con un gesto esquivo, lograba salir indemne.

Cuando el toro estuvo “a punto”, el matador, luego de ciertos pases de rigor que enseñaban su donosura y valentía, preparó el estoque, listo para entrar a matar. La gente coreaba y coreaba para que el matador terminara su labor. Es decir, para que terminara de matar al animal. Yo, de pronto, me sorprendí, interior, inconscientemente, alentando al toro.

El toro cayó —de rodillas, como humillado— ante la figura del matador, quien, arqueando su cuerpo, adelantando el pecho, parecía que aún desafiaba a lo que ya era un cadáver.

Al salir, mis invitantes me preguntaron qué me había parecido la faena.

No respondí nada. Hasta hoy.

(Félix Luis Viera, poeta y novelista cubano residente en México.)

[Tomado del blog Gaspar, El Lugareño.]

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