VIRGILIO AL 100%

UN TESTIGO IMPLACABLE

Virgilio Piñera

Como cualquier otro mortal el escritor puede permitirse ciertas improvisaciones. Un arquitecto que, en compañía de una señora examina el espacio de que dispone para hacer una casa a la dama en cuestión, puede, sobre el terreno, levantar un plano. Ahora bien, como es un plano precario, sin medidas exactas, en donde no hay esos cálculos sin los cuales la casa se vendrá abajo, no se le ocurrirá, ni por asomo dar esos garabatos como plano definitivo. A esto se llama una improvisación de arquitecto.

Un escritor puede, a su vez, hablar una hora seguida sobre Homero, Dante, el verso blanco, el bonapartismo tercero de Merimée, el rubendarismo, la duda metódica y el humor negro… Se ha divertido mucho con esta pirotecnia de salón, pero de ahí a publicarla tal cual salió de sus labios… ¡Caramba!  Sabe de sobra que la letra impresa es un testigo implacable.

Este lugar común sobre el escritor se me ha hecho presente con la lectura del último libro de Salvador Bueno: La Letra como Testigo(1). Ocurre que en lo sucesivo estas letras del señor Bueno serán testigo implacable de su propia improvisación. El libro se compone de una serie de escritos improvisados donde la condición sine qua non de todo escrito –entrar a fondo– ha sido olvidada. Un ejemplo entre muchos: me refiero al artículo titulado “Cuba en la obra de Pedro Henríquez Ureña”. Bueno cree eludir la citada condición apelando al recurso clásico de los escritores apresurados o de esos otros que nada tienen que decir. Comienza defendiéndose: “Me fijo en mi tema, le veo las tangencias, las múltiples ramificaciones. Inmediatamente reduzco su territorio, dedico todo mi tiempo a glosar algunos puntos principales”. Y más adelante: “Porque sería necesario un ancho ensayo crítico para valorar las ocasiones en que Cuba y sus escritores aparecen en la valiosa producción de Pedro Henríquez Ureña”.

¿Y por qué no lo hace? Si reconoce que “un ancho ensayo crítico”… a qué perder ese precioso tiempo en dar a sus lectores residuos de pensamiento. Y es que el tono de este libro es el tono de la ligereza, de la falsa amabilidad, de ese contemporizar a cualquier precio, y tras el cual se escuda el crítico contra toda sospecha de irrespetuosidad. Es así que en La Letra como Testigo se contemporiza con los escritores vivos y con los fallecidos; con los primeros para que no haya ocasión de rozamientos, con los segundos para que no se revuelvan en sus tumbas… ¿No ha dicho Sartre que “la mayoría de los críticos son hombres que no han tenido mucha suerte y que, en el momento en que estaban en los lindes de la desesperación, han encontrado un modesto puesto de guardián de cementerio?. Y añade: “Dios sabe si los cementerios son lugares de paz; no hay nada más apacible, salvo una biblioteca”.

De modo que una biblioteca… Es que los muertos del cementerio están a su vez en las bibliotecas a disposición de ese tipo de crítico desesperado. Salvador Bueno saca de una biblioteca a un muerto ilustre, por ejemplo a Enrique González Martínez. Lo manipula con exquisitos cuidados no vaya a ser que el cadáver se deshaga en polvo o abra unos ojos irritados. Para ello se permite licencias: “Cabría, con esta licencia de las rememoraciones, columbrar en las brumas del tiempo ido a aquel niño fino, espigado, con “gran cabellera rizada de color castaño claro”, con la tez morena y radiante, con grandes ojos abiertos, asombrado ante las maravillas del mundo. Este niño crecido a la sombra del padre bueno y generoso, de la madre severa y exigente…”

A esto se llama “construcción idílica de un cadáver”: gracias a la taumatúrgica licencia de las rememoraciones. Enrique González Martínez ha sido lavado, afeitado y vestido de nuevo; gracias a tan dichosa licencia la vida del poeta será una continua sucesión de licencias: vislumbramos en Sinaloa a un médico joven…, una noche, solitario en su carruaje…, ahora lo encontramos solo, ensimismado, apartado de toda distracción…, junto a él ha estado siempre su esposa, aquella muchacha de figura adorable…

¡Qué encantador todo!, ¿verdad? Qué sencilla, qué idílica –gracias a la licencia de Bueno– la vida del poeta. Probablemente será cierto todo lo que afirma de González Martínez, pero la historia de una vida jamás podrá ser contada con el estilo propio de los cuentos de hadas. Por lo demás, Bueno continúa un camino trillado por la crítica cubana, de la República a nuestros días: el camino de las concesiones, de lo que llamaría “crítica algodonada”. Véase si no su adjetivación, que ningún crítico que se respete osaría poner en sus escritos: querencioso, en franca amiganza, sabor antañón, aire reidor que le abrillantaba el semblante, los acentos recios de un aguafuerte, de antiguo le venía a esta familia bretona… El algodón crítico se va formando con tales expresiones, que vienen a ser como el “fijador” de una uniformidad desesperante. Me refiero a ese maquiavelismo simplista (no hay que buscarse enemigos) de citar a todo el mundo; avezado fabricante de algodón crítico, también uniformiza en su ensayo sobre el cuento hispanoamericano, y vemos así que Borges se da la mano con Miguel de Marcos y Lino Novás Calvo con Leónidas Barletta. Queden ustedes enterados.

(1) Salvador Bueno, La Letra como Testigo, Universidad Central de Las Villas, 1957.

[Revista Ciclón, Vol. 5, Nº 2, La Habana, abril-junio, 1957.]

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