CENTENARIO DE VIRGILIO PIÑERA

MIS RECUERDOS DE VIRGILIO

Una de esas tardes dominicales y densas de verano habanero con bolero al fondo (“Una tarde de domingo donde / el sol se hincha”, R.B.), allá por el año 57, llegó a mi casa el poeta Roberto Branly con el propósito de acordar conmigo una estrategia urgente para matar el tedio. A falta de algo más atractivo que estuviese al alcance de nuestras posibilidades pecuniarias (en verdad estábamos in albis), decidimos hacerle la visita a un amigo suyo, también poeta, que vivía en un vistoso chalet del Nuevo Vedado(1). Culto y acogedor además de pudiente, este amigo daba buena conversación y excelentes copas a quienes lo visitaban.

Luego de recibirnos con abrazos y cumplidos, el amigo de Branly quiso presentarnos a un huésped muy especial que tenía en esos momentos y para el que estaba preparando “algo” en la cocina. Nos llevó al salón climatizado donde se hallaba el ilustre visitante y allí vimos a un hombre flaco, hundido en un butacón, con las piernas cruzadas y las manos puestas, una sobre otra, en una picuda rodilla. Al entrar nosotros, el hombre se levantó y nos dedicó una cierta sonrisa al tiempo que nos daba la mano y nos decía su nombre.

Virgilio Piñera estaba recién llegado de Buenos Aires. La primera parte de la conversación, por preguntas nuestras, giró en torno a sus experiencias porteñas y a su amistad con Witold Gombrowicz. Pero pronto se hizo evidente que no le interesaba hablarnos de él, sino saber de nosotros. Yo le llevaba al dueño de la casa, que seguía trajinando en la cocina, un ejemplar de mi segundo libro, Soledad y otros temas, recién publicado, y Virgilio quiso verlo. Leyó para sí tres o cuatro poemas, enarcando las cejas y esbozando una sonrisita ladeada que no me gustó. Al terminar la lectura no me dijo nada de los poemas. Se limitó a comentar con leve ironía una cita de Unamuno, una suerte de ética poética bajo cuya advocación había puesto yo mi libro, y esto tampoco me hizo feliz. Cuando nuestro anfitrión reapareció, radiante, parlanchín, diciendo cosas banales, con una tintineante bandeja de tragos y saladitos, Virgilio, Roberto y yo estábamos en un silencio neblinoso.

Algún tiempo después me encontré con Piñera en la calle y me pidió que lo acompañara a su casa, que era la de sus padres. Allí me dedicó sendos ejemplares de sus libros La isla en peso y Verso y Prosa, gesto que me llenó de sorpresa porque estaba muy lejos de la desdeñosa frialdad con que había acogido mis poemas.

Muy al principio de 1959, él y Pepe Rodríguez Feo(2) decidieron sacar otro número de la revista Ciclón, que sería el último, el “Ciclón rojo” (por el color de la portada). El plan editorial para ese número incluía la publicación de textos de escritores jóvenes de Cuba, razón por la cual fuimos invitados a colaborar Luis Marré, Severo Sarduy, Nivaria Tejera, Roberto Branly, Rolando Escardó, Pedro de Oraá, Frank Rivera y yo, entre otros.

Yo había escrito mi primer cuento, “Insubordinación”, no hacía mucho. Lo escribí a instancias de Branly, a quien mi poesía de esa época le gustaba tan poco que me aconsejó que probara con el cuento. Se lo di a Rodríguez Feo para la revista. Días después, éste fue a verme a la redacción de Diario Libre, en la calle Barcelona, donde Sarduy, Frank Rivera, Raimundo Fernández Bonilla y yo hacíamos la página cotidiana “Arte y Literatura”, y me dijo que él y Virgilio habían aprobado mi cuento, pero que era muy corto y querían que les diese otro más. Ese otro, “Un hecho histórico”, que le prometí a Pepe como ya escrito, lo escribí aquella misma noche. Al día siguiente, Pepe me citó en una céntrica cafetería habanera para que se lo entregara. Llegué temprano a la cita y pedí un café con leche. Él llegó puntualmente, tripulando su Cadillac rojo descapotable, un escándalo público, la única excentricidad, aparte de una eventual e infantil tacañería, que le conocí a este millonario exquisito, mecenas de revistas literarias. Leyó mi cuento mientras se bebía un café con leche y cuando terminó la lectura me dijo que le gustaba el texto, le dio al camarero los estrictos diez centavos de su café con leche y se despidió. Mis dos cuentos fueron incluidos, para mi alegría de entonces y mis nostalgias de ahora, en aquel número final de Ciclón, la revista de cuyas páginas Virgilio desterró la crítica “de algodón” y la literatura “de rapé” y donde de su huesuda mano mi generación hizo una auténtica presentación literaria en sociedad.

VP, por Masvidal.

En junio de 1961 se celebraron en La Habana, en la sala de actos de la Biblioteca Nacional, las patéticas reuniones de los intelectuales cubanos con Fidel Castro, entonces nimbado por la cegadora luz del triunfo y con tanto poder o más que un monarca del absolutismo clásico. Un fantasma gris que yo no vi recorría la sala. Era un fantasma georgiano al que ya algunos de los presentes, de pupila privilegiada, le veían el mostacho y la pipa. Virgilio estaba entre los videntes, luego era de los que empezaban a sentir miedo, y fue, creo, el único que tuvo el coraje de decir que lo sentía. Pero en él, cubano al fin, siempre fue más fuerte el humor que el temor. Por eso no desperdició la oportunidad que le dio Bola de Nieve para desenvainar la lengua. Bola, de terno blanco, corbata de seda de nudo perfecto, zapatos de dos tonos y envuelto en una nube de Femme de Rochas, echó ante el Comandante y su corte una sofocante perorata revolucionaria. Cuando, acezando, feliz por su éxito tribunicio, terminó, entre los aplausos de la divertida concurrencia oímos a Virgilio exclamar, atónito: “¡¿Pero es que Bola se ha creído que es la viuda de Robespierre?!”

Virgilio se movía entre lo humorístico y lo patético. Lo humorístico era la corteza; lo patético, la médula. Una mañana fui a su pequeño apartamento habanero a hacerle una entrevista para un periódico. Me abrió la puerta en camiseta, bermudas y chanclos de madera. Sudaba y sostenía en una mano un palo de trapear el suelo. “¿Estás en las tareas propias de tu sexo?”, le pregunté chanceando, y me respondió muy serio: “¡Búrlate! Tú no sabes lo que es ser maricón en este país y vivir solo”.

En una terraza de la Unión de Escritores conversábamos un mediodía Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Roberto Branly, Fayad Jamís y yo. De repente, mi hija Gabriela, que entonces tenía cinco o seis años, interrumpió la tertulia para pedirme una hoja de papel y un lápiz porque quería dibujar. Le dije que fuera a la oficina de la revista Unión, situada en la misma casa, y se los pidiera a José Rodríguez Feo, que era el secretario de la revista y en esos momentos estaba allí. Gabrielita salió disparada adonde la mandé. Al  minuto volvió y, casi gritando, dijo: “¡Ese Pepe Rodríguez es un pesao, no me dio na!”, comentario ante el cual, abriendo exageradamente los ojos y haciendo un gesto de asombro con las manos, Virgilio exclamó: “¡Uy, qué niña más inteligente! En efecto, Pepe es el hombre más pesado de Cuba. ¡Y además le puso nombre de guitarrista flamenco!”.

La última vez que hablamos, poco antes de su muerte, fue en la calle Infanta, en uno de esos encuentros fortuitos que se repetían porque éramos vecinos del mismo barrio. Virgilio sufría aún los tormentos del pavonato, aquel estado de sitio o toque de queda impuesto a la cultura desde la oficina del ministro de las Fuerzas Armadas, el inefable Raúl Castro -también llamado Número Dos-, con la entusiasta asistencia del Segundo Cabo Luis Pavón. Virgilio seguía siendo un escritor prohibido en Cuba por ser homosexual y dado a la “literatura pesimista”. Por ser un intelectual “epiceno”, como lo llamó Raúl Roa(3). De ahí la perplejidad -que fue mía también- con que me contó que acababa de regresar de Cárdenas, su ciudad natal, donde los funcionarios locales de Cultura lo habían homenajeado como “hijo ilustre” del municipio y lo habían invitado a dar conferencias y recitales durante una semana, con los gastos pagos. Virgilio me contó eso como quien cuenta un sueño, y cerró su relato con una pregunta que me partió el corazón: “¿Crees que esto significa que ya estoy rehabilitado?”

Murió sin que tuviésemos respuesta para esa interrogante.

(1) Barrio de La Habana. (2) José Rodríguez Feo, ensayista cubano, editor de las revistas Orígenes y Ciclón. Codirigió la primera con José Lezama Lima y la segunda con Virgilio Piñera. (3) Intelectual cubano que fue ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno revolucionario.

[Tomado de: MDM, Sólo un leve rasguño en la solapa, AMG Editor, Logroño, 2002.]

DIÁLOGO DE PIÑERA CON FIDEL CASTRO EN EL ENCUENTRO DE CASTRO CON LOS INTELECTUALES CUBANOS (LA HABANA, 1961)
“PIÑERA: Como Carlos Rafael [Rodríguez] ha pedido que se diga todo, hay un miedo podíamos calificarlo virtual que corre en todos los círculos literarios de La Habana, y artísticos en general, sobre que el Gobierno va a dirigir la cultura. Yo no sé qué cosa es cultura dirigida, pero supongo que ustedes lo sabrán. La cultura es nada más que una, un elemento… pero que [esa] especie de ola corre por toda La Habana de que el 26 de julio se va a declarar por unas declaraciones la cultura dirigida, entonces…
FIDEL CASTRO: ¿Dónde se corre esa voz?
PIÑERA: ¿Eh? se dice…
FIDEL CASTRO: ¿Entre quiénes se corre esa voz? ¿Entre la gente que está aquí se corre esa voz? ¿Y por qué no lo han dicho antes?
PIÑERA: Compañero Comandante Fidel, yo puedo decir que he oído hablar de esa voz entre las personas que yo conozco.
MODERADORA: Yo propongo a la asamblea que no interrumpa a los compañeros que están haciendo uso de la palabra. (Risas.)
MODERADORA: No, el compañero Fidel lo que hizo fue una pregunta.
PIÑERA: Los compañeros podrán decir lo contrario, pero como yo lo sabía, pues he querido sacarlo a colación, como se ha sacado algo de una película, entonces eso es porque como Carlos Rafael dijo que había luchas planteadas, y yo no digo que haya temor, sino que hay una impresión, entonces yo no creo que nos vayan a anular culturalmente, ni creo que el Gobierno tenga esa intención, pero eso se dice. Que lo niegan, está bien, pero se dice. Y yo tengo el valor de decirlo no porque crea que los que nos van a dirigir nos van a meter en un calabozo ni nada, pero eso se dice. La realidad es que por primera vez después de dos años de revolución, por la discusión de un asunto los escritores nos hemos enfrentado a la revolución y ahora es y propongo a este congreso que tenemos que rendir cuentas, ¿comprende?, y entonces este hecho pues nos produce un poco de impresión, digamos, aunque no digamos el temor. Y eso trae consecuentemente una serie de preguntas y de cosas que uno se hace que van corriendo y se van formando y en ese aspecto, como Carlos Rafael pidió una franca franqueza, perdonando la redundancia, yo por eso lo digo, sencillamente, y no creo que nadie me pueda acusar de contrarrevolucionario y de cosas por el estilo porque estoy aquí, no estoy en Miami ni cosa por el estilo. Voy a cumplir cuarenta y un años y he dedicado toda mi vida a la literatura y todos ustedes me conocen. Así que como dijo el compañero Retamar, aquí no hay ningún compañero contrarrevolucionario. Todos estamos de acuerdo con el Gobierno y todos estamos dispuestos a defender y a morir por la revolución, etcétera, etcétera, pero eso es una cosa que está en el aire y yo la digo. Si me equivoco, bueno, afrontaré las consecuencias.
FIDEL CASTRO: ¿Pero equivocarte de qué?
PIÑERA: No, equivocarme no, algunos compañeros dicen que eso no flota en el ambiente, pero yo digo que sí, ¿comprende?, incluso lo digo un poco como chiste de que lo van a declarar el 26 de julio, pero es una impresión que hay, sencillamente, y es porque los artistas hasta ahora trabajaron en condiciones anárquicas y porque, usted sabe perfectamente, sufriendo explotación como el pueblo y por los gobiernos que teníamos. Ahora no los tiene y entonces tiene que preguntarse por qué se especula, y es sencillamente porque se hace cincuenta mil preguntas. Porque todo lo que se ha dicho aquí, al fin y al cabo, si se va a manifestar como se dice, se han manifestado dudas y reservas sobre cómo debe ser la creación artística. Está en el ambiente, lo que pasa es que no lo han dicho, lo han dicho con optimismo. Yo lo digo ramplán.”

(Versión escrita de la grabación correspondiente al encuentro de los intelectuales cubanos con Fidel Castro y otros dirigentes del Gobierno Revolucionario el 16 de junio de 1961 en la Biblioteca Nacional José Martí.)

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