LORENZO AL AGUA

Armando Álvarez Bravo

Hay páginas que no me gusta escribir. En verdad que detesto. Son las necrologías y, muy especialmente, si son sobre un amigo. A estas alturas de mi vida me reafirman que voy quedando más solo. Una condición nada envidiable. Sin embargo, la gravitación inexorable del paso del tiempo ha determinado que haya tenido que hacerlo no pocas veces. Escribirlas en el exilio las hace más difíciles. La razón es palmaria. El amigo que se agrega a los que me faltan, murió lejos de su tierra, relaciones, cultura y costumbres. En una palabra, su mundo. Y por bien que le hubiese ido en su otro mundo a la fuerza, jamás la existencia siguió siendo igual para él, como debió ser. ¿Por qué escribir entonces esa necrología? Digamos que para que no haya olvido. Para dar fe de su vida.

Esta página es una más y una menos a escribir. La escribo porque mi esposa Tania me preguntó con delicadeza si no iba a escribir sobre la muerte del poeta y escritor Lorenzo García Vega. El 2 de de junio escribí en mi Diario –y quiero decir aquí que Lorenzo era, como yo, uno de esos raros escritores cubanos que llevan un diario–:

LGV en 1962.

“La primera noticia que leo bien temprano es el anunció de la muerte de Lorenzo García Vega. Me entristeció mucho. Fue mi amigo y compartimos años infernales de trabajo en el Instituto de Literatura y Lingüística, en el edificio apropiado por el régimen a la Sociedad Económica de Amigos del País. Formábamos parte del grupo de investigadores literarios compuesto por nosotros dos y los poetas José Lezama Lima, Roberto Branly y Manuel Díaz Martínez. Compartimos absurdos y arduos “trabajos voluntarios”. Los cuatro nos fugamos de uno de ellos en el campo, donde nos trataban como si fuésemos bestias. Lorenzo escribió y publicó muchos años después, un cuento sobre esos días de espanto en que los cuatro éramos protagonistas. Era un magnífico escritor cuya inconfundible prosa se caracterizaba por un estilo intrincado, saltante, lleno de imprevistos. El reverso era una constante en su obra. Recuerdo que escribía con lápiz y firmes rasgos en una libreta escolar. Gran lector y crítico por naturaleza era una persona muy reservada y dada a la soledad y al ensimismamiento. Formó parte del grupo de la revista Orígenes y su enjuiciamiento del origenismo (Los años de Orígenes) fue muy crítico y le enajenó a sus supervivientes. Yo no estaba de acuerdo con sus puntos de vista, pero eso no empañó nuestra amistad. No le fue bien en el exilio. Trabajó de bag boy en el Publix. Esto me produjo un gran disgusto e indignación. Publiqué un largo artículo en El Nuevo Herald que creo lo ayudó en algo a superar esa desgracia y reavivó su conocimiento. En sus últimos años alcanzó admiradores en América Latina, donde publicó varios de sus libros. Al menos tuvo esa satisfacción. La muerte de Lorenzo constituye para mí una pérdida personal, pero lo es también para nuestras letras. Me voy quedando más solo. Ya descansa en paz Lorenzo”.

Creo que esa entrada le hace justicia, aunque bien sé que en no pocas ocasiones las palabras no son suficientes para lo que queremos decir. Debo agregar que Lorenzo era un hombre tan reservado como cordial con los que se le acercaban. Un solitario por naturaleza. Había en sus páginas los elementos de su memoria y de su inmediatez, pero también, y esto es bien importante, un más. Era, desde su tenaz sentido crítico, un recreador de su realidad, que nunca fue fácil. Tenía un profundo sentido del reverso. Eso le permitía plasmar un universo que definía la inmediatez a la vez que descubrir otra imagen, otra posibilidad en el paso del tiempo y en su siempre. Esa característica determinó un estilo singular, irrepetible e inimitable. Sólo él podía escribir sus páginas distintas. Siempre tan provocadoras como reveladoras, cuajadas de imaginación e insólitas. No escribía para complacer sino para satisfacer una profunda necesidad de poner las cosas en el sitio y latido que tenían para él y que consideraba no se interpretaban en su esencia final. Esa escritura de quien se definía a sí mismo con lucidez y, sí, con fatal ironía, como no-escritor, demanda del lector una lectura cómplice que siempre depara una ganancia a partir del espectro de su diversidad.

Recuerdo que hace muchos años, durante una visita que le hice, me enseñó con entusiasmo su pequeño ordenador. En su pantalla pasaba incesante un verso de un poema de su Suite para la espera: “Apollinaire al agua”. Me atrevo a decir que su enigma puede definirlo en su esencia y escritura. Lo hizo en Cuba y en su arduo exilio en este sitio donde tanto pasó y que nombró Playa Albina. Ahora ese verso bien puede decir: “Lorenzo al agua”.

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