CUBA / HOY, ANIVERSARIO 110 DE LA FUNDACIÓN DE LA REPÚBLICA

¡AH, LA REPÚBLICA! (*)

MDM

“Tendrá que ver
cómo mi padre lo decía:
la República.”
Eliseo Diego

Se dice que la República de Cuba, fundada el 20 de mayo de 1902, va a cumplir su primer siglo. Pero, en realidad, esa República dejó de existir en 1959 –agonizaba desde 1952–, cuando fue sustituida por la autocracia totalitaria que aún, por pereza, para abreviar, seguimos llamando “revolución”.

Los escribas del castrismo se han empeñado en imponer la creencia de que la historia de Cuba pega un salto desde el fin de la colonia hasta el arribo de Fidel Castro al gobierno. En el medio, según la pretensión de esta gente, Cuba fue una suerte de potrero cubierto de maleza y plagado de sabandijas que esperaba por la podadora y la espada raticida de Castro para comenzar a ser un verdadero país y volver a tener historia. Buscando la forma de exaltar, por contraste, las supuestas bondades del castrismo –en imitación de aquella aristócrata que se paseaba con un mono para que su belleza se notase más–, estos señores –pero no sólo ellos– se han ensañado con lo que identificamos como la República, es decir: el sistema de gobierno de espíritu liberal y estructura democrática que existió en Cuba, con algunas interrupciones ominosas pero transitorias, durante cincuenta y siete años.

El paraíso, si existe, desde luego que en la Tierra no está. Por tanto, la República no era el paraíso. Pero tampoco el infierno. La realidad demuestra que el infierno, o, si se quiere, una sucursal suya, comenzó a instalarse en la isla en 1959, año en que, como dice un viejo son santiaguero, “le cayó carcoma al pavorreal”.

La historia de esos cincuenta y siete años de la sociedad cubana –historia necesitada de una buena revisión que la limpie de las etiquetas que impiden verla en su total realidad– está escrita, al igual que la de cualquier parte del mundo, desde diferentes ángulos ideológicos. La reescritura ordenada por el castrismo, llena de arteros borrones y de tópicos maniqueos destinados a eludir verdades y análisis serios, muestra la visión más parcializada que ha sufrido el período republicano, la más doctrinaria. Digamos que por ser tan fidelista es la menos fidedigna.

Ni todo fue bueno ni todo fue malo en aquella República, convertida por muchos en una leyenda negra. Lo mejor que tenía, que es lo que más añoramos hoy los que la conocimos y hemos padecido el castrato, es que, en ella, el ciudadano disfrutaba de un margen de libertades en el que le era posible el ejercicio de su iniciativa personal en todas los órdenes de la vida. A este hecho atribuyo el fenómeno de que, pese a los muy serios males que lastraban la República –la hegemonía norteamericana y la corrupción administrativa, los primeros–, Cuba llegara a ser, antes de 1959, la tercera o cuarta economía de Latinoamérica y uno de los países de más alto nivel cultural del continente.

Viví las últimas dos décadas de la República. Especialmente para los que no conocieron la Cuba republicana quiero contar algunos episodios de mi vida en ella.

Voy en camino de cumplir 66 años, la edad que tenían Lezama y Virgilio Piñera al irse, tristones, de este mundo. De modo que nací en el remolino que dejó el hundimiento del machadato. Justamente fue en momentos en que Cuba parecía no estar gobernada por nadie: el presidente era un tal Miguel Mariano, vástago anodino de otro presidente llamado José Miguel Gómez, conocido por Tiburón. Pero, en verdad, alguien gobernaba, o por lo menos mandaba: era el jefe del Ejército, un general de carrera vertiginosa en los tejemanejes políticos, no en el campo de las armas, nombrado Fulgencio Batista, quien luego fue, sucesivamente, presidente electo, caudillo impuesto y dictador depuesto y al que de manera directa debemos la irresistible ascensión de Fidel Castro.

Mi padre, que era un bodeguero de barrio humilde en Santa Clara en la época de Machado y que murió hace unos meses con 92 años y una memoria implacable, contaba que en los últimos tiempos del Egregio, los de peor reputación en la economía republicana, en su pobretona tiendita vendía libremente –eso sí, por puros centavos o a crédito, porque el trabajo y el dinero escaseaban– todo lo que producía el país, desde malanga, maíz y plátanos, amén de todas las frutas que amenizan el trópico, hasta pollos y tasajo, pasando por quesos, leche, chocolate, café, arroz, manteca de cerdo y tantas cosas más que se convirtieron en rarezas arqueológicas a partir de 1959, desde que ese Nostradamus de la economía que fue el Che Guevara y esa super-meiga de la genética que se llama Fidel Castro sustituyeron los tradicionales productos de la agricultura, la ganadería y la industria por los surgidos de su enceguecedor talento demiúrgico, o sea: el picadillo de soja, el café de chícharos, el pan de boniato, la leche “reconstituida” (agua enturbiada con polvo de leche) y la milagrosa hamburguesa sin carne McCastro.

Ah, la República: cuántos patriotas de bisutería, politiqueros venales y militares abusadores la infamaron; pero, también, cuánta gente idealista y honesta, cuánta gente laboriosa, cuánta gente inteligente y creadora la honró. Gracias a esta gente Cuba fue un país en constante desarrollo. Hoy, tras cuarentitantos años de castrismo, huérfana de la Unión Soviética, es un país que mendiga ayuda humanitaria –ni Haití lo hace– mientras exhibe la cartilla de racionamiento de más largo recorrido en la historia universal de la miseria. Yo, que en aquella República fui pobre de vivir temporadas en cuarterías, pero en la que jamás me fui con hambre a la cama –aciaga experiencia que sí tuve después de 1959–, no me explico cómo Castro y su corte no se avergüenzan de no haber sido capaces, en más de cuarenta años, de garantizarles a los cubanos los alimentos que siempre produjo con abundancia el país. De acuerdo con las estadísticas, en aquellos tiempos burgueses Cuba producía el 75% de los alimentos que consumía su población —lo que no producía se importaba—, y no había que hacer colas para adquirirlos ni ninguno estaba racionado.

Tanto o más que los panes y los peces, a los intelectuales y artistas, por obvias razones, nos interesan las libertades de movimiento, de información, de pensamiento y de expresión. Estas libertades son imprescindibles para nuestra existencia real y plena. Cuando quise publicar mi primer libro –fue en 1956, en el último y peor mandato de Batista–, contraté una imprenta y lo publiqué, y luego lo distribuí, y no tuve que pedir permiso ni rendir cuenta a nadie. Lo mismo hice con el segundo, aparecido en 1957. Para el tercero y los demás que publiqué en Cuba –ya la revolución se había convertido en gobierno (la agudeza es de Pancho Villa)– me vi obligado a contar con la anuencia de la burocracia “cultural” del Partido y del Estado, que en los regímenes comunistas son la misma cosa.

No sé cuántos periódicos había, en total, en la República, matutinos unos, vespertinos otros, nacionales y provinciales. Que yo recuerde, eran quince los de circulación nacional al triunfo de la revolución: Diario de la Marina, El Mundo, Información, El País, Excelsior, Prensa Libre, El Crisol, Avance, Alerta, Pueblo, La Tarde, Mañana, Ataja, Tiempo en Cuba y Noticias de Hoy (éste, de los comunistas históricos, conoció interdicciones temporales y asaltos vandálicos en los gobiernos de Prío y Batista, pero Castro lo clausuró definitivamente cuando creó su propio partido, poco después de apoderarse de toda la prensa). Cada uno de ellos, más Bohemia y Carteles, revistas semanales de enorme circulación dentro y fuera de la isla, tenía su propio perfil editorial. En la República, la libertad de prensa fue un derecho constitucional que pocos gobernantes no respetaron plenamente. Sólo fue suspendido en etapas excepcionales. De él, por supuesto, también se beneficiaban las numerosísimas emisoras de radio y los canales de televisión (los primeros que funcionaron en América Latina). Fidel Castro fatigó la  libertad de prensa –abolida por él hasta hoy– atacando al batistato desde las páginas del periódico Alerta, de Ramón Vasconcelos, y desde la revista Bohemia, de Miguel Ángel Quevedo (dos periodistas que tuvieron que exiliarse cuando el Comandante bajó de la Sierra y se trepó en el trono), y desde los micrófonos de la emisora C.O.C.O., de Guido García Inclán, un comunicador corajudo que combatió a Batista frontalmente y a quien la revolución le quitó la emisora. Recuerdo un artículo de Castro, publicado en Bohemia en plena tiranía batistiana e incluido en un libro de homenaje a esta revista editado por la revolución, en el que, ya en el primer párrafo, el entonces adalid de las juventudes liberales ortodoxas llama sátrapa a Batista y lo amenaza con hacerle una revolución para derribarlo. Nada les pasó, sin embargo, ni al fogoso agitador ni a la intrépida revista. Por supuesto, algo similar es impensable que suceda en la Cuba de Castro, donde, entre otras virguerías jurídicas, está prohibido caricaturizar a los jerarcas del régimen (algo que hasta Machado y Batista admitieron) y donde hay un delito llamado “propaganda enemiga”, otro llamado “desacato al Jefe del Estado”, ambos muy bien dotados de condenas, y una Ley Mordaza que puede proporcionarle luengas vacaciones a la sombra, servido por atentos carceleros, al ciudadano cubano que se queje con más de dos o tres decibelios de voz, sobre todo si lo hace para la prensa extranjera.

Una sola vez, antes de la revolución, sentí el hociqueo de una amenaza por algo que publiqué, y fue cuando, siendo yo jovencito, en el vespertino Tiempo en Cuba, adicto a Batista, cometí la osadía de hacer en un artículo el panegírico de Rigoberto López Pérez, el joven patriota nicaragüense que baleó al tirano Somoza. En ese artículo sostuve que matar a un tirano no es delito, lo que atrajo hacia mí el inquietante interés del matón que dirigía el periódico, sin que pasara nada más. Pero la censura y el castigo por mis opiniones los sufrí en muchas oportunidades después de 1959. Recuerdo, por ejemplo, que en el periódico Granma suprimieron el nombre de Severo Sarduy de un artículo mío porque estaba prohibido citar a los escritores exiliados. Otras censuras más ominosas soporté, como la de estar dieciséis años sin poder publicar nada en mi país por haber votado, en el concurso literario de la Unión de Escritores de 1967, a favor del poemario de Heberto Padilla Fuera del juego, libro en el que el poeta se quejaba de que la revolución estaba dejando de ser revolucionaria. ¿Me habría pasado esto en la República? No, por supuesto: aunque en ella el Estado tuvo a veces un dueño, el Estado no era dueño de todo.

Tuve la suerte de crecer leyendo en la prensa republicana a los grandes articulistas que escribían en mis tiempos juveniles, la mayoría de los cuales figuran entre los mejores que ha dado el gran periodismo cubano. Como solían pensar y decir lo que les viniera en ganas, leerlos era una fiesta. (El aburrimiento de la uniformidad llegó luego, cuando, de hecho y de derecho —constitucionalmente—, se implantó el pensamiento único del Máximo Filósofo.) Entonces se abría un periódico o una revista y se podía leer a Jorge Mañach, a Juan Marinello, a Francisco Ichaso, a Miguel de Marcos, a Rafael Suárez Solís, a Raúl Roa, a Alejo Carpentier, a Gastón Baquero, a Nicolás Guillén, a Eladio Secades, a Ramón Vasconcelos, a José Lezama Lima, a Mirta Aguirre, a Mario Kuchilán, a José Z. Tallet y a tantos otros que ahora escapan a mi memoria pero no a mi aprecio ni a mi gratitud. Yo publiqué en algunos de aquellos periódicos y revistas. Colaborando en ellos aprendí a escribir y le cogí el gusto a exponer y defender mis propias opiniones.

Mi biblioteca, que perdí al irme de Cuba –ya se sabe que todo exilio es un naufragio–, empezó a crecer cuando, siendo yo un adolescente, tuve mi primer trabajo, que fue de secretario de dos abogados en una consultoría legal del edificio llamado la Manzana de Gómez. Este trabajo lo gané en un concurso que se celebró en la consultoría para elegir al mejor mecanógrafo entre una veintena de aspirantes al puesto. Los sábados por la mañana tenía yo la obligación de llevar documentos de la consultoría a un banco situado en el edificio de la Metropolitana, en la calle O’Reilly. El banco quedaba frente a la Librería Martí, una de las mejores que hubo en La Habana, donde tan buenas librerías había. En terminando mis gestiones bancarias, cruzaba la calle, merendaba por unos centavos empanadas y batidos de frutas en el café de la esquina y acto seguido me abismaba en las repletas estanterías de la Martí, en las que, aparte de las más apasionantes revistas literarias nacionales y extranjeras del momento (Orígenes, Ciclón, Revista de Occidente, Contemporáneos, Sur, Cuadernos Hispanoamericanos, Papeles de Son Armadans…), hallaba tentadoras ediciones españolas, argentinas y mexicanas de clásicos y modernos de todas partes. La Colección Austral, de Espasa, y la Contemporánea, de Losada, estaban al día en aquellos estantes. Los tomos simples costaban cuarenta centavos, sesenta u ochenta los dobles. Todos los viernes, con la calderilla que ahorraba en la semana, me compraba uno, por lo cual llegué a tener esas magníficas colecciones casi completas en mi casa. Novedades y libros caros –algunos pedidos por la librería al extranjero por encargo mío– los compraba a crédito y, si lo pedía, me los mandaban a la casa. En la Martí vi a Lezama más de una vez.

Para mí, evocar la República es recordar un país en el que nada me impidió ser digno, y hasta feliz, en mi pobreza. Un país en el que sentía libre mi individualidad, en el que me sentí autónomo en mis circunstancias. Y esto, sin duda, porque tenía la posibilidad de cambiar de señor, o serlo de mí mismo, sin verme obligado a soportar de por vida, y dándole las gracias además, a ninguno.

Si algo debemos agradecer los de mi edad al régimen castrista es el habernos enseñado a valorar la Cuba que perdimos, un país paradójico, difícil, defectuoso, pienso que a medio hacer –“frustrado en lo esencial político”, decía Lezama–, pero vital y en ascenso, del que nadie quería emigrar ni emigraba y en el que casi todos los que a él iban querían quedarse y se quedaban.

El paredón de fusilamiento, el racionamiento perpetuo, el retroceso económico, el pensamiento único, la prensa cautiva, las pandillas parapoliciales disfrazadas de “pueblo indignado”, la multiplicación de las cárceles, los actos de repudio, el drama del exilio y el holocausto de los balseros vinieron después.

Todo eso y más es lo que un amigo mío canario ha resumido en una sola frase: “el destrozo del país”.

¡Ah, la República! Tendrán que ver cómo, a pesar del escepticismo que me ha ganado en estos años, he aprendido a decirlo.

(*) Publicado originalmente en la revista Encuentro de la Cultura Cubana, 2002.

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