NIVARIA TEJERA / ENTREVISTA EN “LA OPINIÓN DE TENERIFE”

“MI VIDA HA IDO DESEMBOCANDO EN UN PERSISTENTE EXILIO”

Nivaria Tejera (Cienfuegos, Cuba, 1930) plasmó parte de sus recuerdos de infancia en Tenerife en la novela El barranco, desgarrador testimonio de la Guerra Civil en la que su padre fue una de sus muchas víctimas. Exiliada con su familia a Cuba, colaboró en la revista Orígenes bajo la sombra de Lezama Lima, donde dio a conocer sus primeros poemas mientras se mostraba crítica con la dictadura de Fulgencio Batista. Tras el triunfo de la revolución castrista, que Nivaria Tejera apoyó en un principio, optó por el exilio a París al no poder soportar una sociedad marcada, resalta en esta entrevista, por “demasiado fusil, demasiada vigilancia individual y colectiva, demasiado uniforme, demasiados patria o muerte”. Tejera es autora también de Innumerables voces, La barrera fluídica o París escarabajo y Huir de la espiral, entre otros títulos.

EDUARDO GARCÍA ROJAS: La experta María Hernández-Ojeda escribe que su universo literario gira en torno a Canarias y Cuba, zona de su imaginario secreto. ¿Está de acuerdo con esta percepción de su obra?

–En el amplio prisma desde el que la experta María Hernández-Ojeda –como usted la califica– analiza mi universo literario, sobresale el esfuerzo por descomponerlo desde su intrínseca insularidad, sin restricciones, observándolo con distancia, tanteando sus diversos matices y contenidos, cuidando de no reducir su imaginario a Canarias o Cuba, lo que sería limitar la trayectoria de esa escritura que, en sus múltiples análisis, ella considera estar impulsada por un aliento universal…

Su vida está marcada por el exilio (la dictadura franquista y las de Batista y Castro en Cuba). ¿Hasta qué punto esta experiencia ha marcado su literatura?

–A causa de esas diversas dictaduras que me han apresado desde la infancia, mi vida ha ido desembocando en un persistente exilio, y es claro que esa anomalía aparezca y marque mi escritura como parte esencial de su mensaje: es decir, cierto desquicio impulsivo que rebote la denuncia tajante de cuanto me fuera opresivo, lo que a su vez encamina mi instinto a una búsqueda lingüística en que la atmósfera predomina sobre la anécdota, lo que únicamente la intensidad de un estilo fragmentario puede condensar. Quiero decir, lo que Pierre Klossowski señalaba con inigualable exactitud sobre los aforismos kafkianos: “nada más dramático que esa intensidad sin cesar interrumpida por la insatisfacción, sin cesar recuperada por la esperanza, con la certeza de una totalidad por conquistar”, “…porque capta lo que percibe bajo los escombros donde ve algo más que los otros…él murió de estar vivo y de ser esencialmente el sobreviviente”.

La mayoría de los investigadores no se explican por qué sus textos narrativos han sido publicados antes en Francia que en España. ¿A qué se debe?

–Tal vez hay algunas razones para explicarlo: en el año 54 me trasladé a París y en esta ciudad, y por primera vez, el editor de Les Lettres Nouvelles, Maurice Nadeau, publicó El Barranco –aunque ya la revista Orígenes había dado primicias con el capítulo sobre la prisión de mi padre–; en el 65, al regresar a esta misma ciudad escapando a la persecución castrista, el mismo Nadeau editó Sonámbulo de sol; más tarde la editorial Actes-Sud sacó Huir de la espiral –que ahora edita por primera vez en Madrid la editorial Verbum– y aún hace pocos años L’Harmattan publicó a su vez Espero la noche para soñarte, Revolución. Creo que ese azar contradictorio en apariencia es otra de las reafirmaciones de mi exilio, aunque también se deba acaso al excesivo, abrupto abuso de indiferencia por parte de los editores españoles –lo que resulta una inexplicable injusticia para la autora de Insularidad– a pesar del premio Biblioteca Breve de Seix-Barral a mi novela Sonámbulo del sol (para colmo lo catalogaron como premio-escándalo por obtenerlo el 71, año del escándalo Padilla, hecho que al parecer mi libro ponía en evidencia. Y ahí quedó en suspenso el impulso editorial que espero reanude la edición madrileña en Verbum de Huir de la espiral.

Nos gustaría que hablara también de la importancia de la insularidad, de vivir en islas, en su literatura. ¿Hasta qué punto le ha marcado el hecho de nacer en islas?, ¿distingue en algo al escritor nacido en el continente?

–Acaso esta particularidad de nacer y crecer en las islas, en la exuberancia que les es propia, conlleva su convulsión… Es decir, una recreación incontrolable de dotes y defectos no siempre de fácil control, lo que exige en ciertos espíritus una inclinación a la fuga, es decir, esa robusta soledad que ayuda a perennizar una identidad. En mí la isla, las islas, son un espacio mental extenso como la masa arenosa, rocosa, que las protege, he dicho alguna vez, y esta imagen acopla in profundis en calcomanía mi vida interior donde pulula a ciegas el balanceo a ese inconmensurable desconocido poético que almacenan los sueños, caudaloso espejo destilador en donde reposan vivencias que emergen luego en un desvelo creador. Para arrostrar una obra el escritor sea-isla en su inventiva con la misma dualidad que resiente el isleño ante el feroz océano al que se lanza como un suicida para limpiarse de su calcáreo. Pienso que nacer en el continente es tan casual como nacer en un archipiélago, pero en ambos casos es la sensibilidad la que marca el ritmo de las brazadas. Eso sí, habrá inclinaciones, hábitos, un paisaje mental más o menos recio que los diferencia, pues en el continental las vivencias son extraídas de otros giros geográficos, más constreñidos en el isleño por el maravilloso cerco del mar. Tal vez por las colonizaciones, tanto en Cuba como en Canarias, la llamada identidad a veces resulta un escollo.

Su primera novela describe a través de los ojos de una niña lo que significó la Guerra Civil. ¿Qué significa para usted El barranco? ¿Y qué supuso vivir aquella pesadilla a tan pronta edad y en una isla como Tenerife?

–Leyéndolo se pude captar a fondo la desmedida pesadilla… Ya lo dejé explicado en el pequeño prefacio que acompañó la última edición canaria de El barranco, al que le remito, pero copio aquí algunas líneas: “Comencé a aislar sensaciones vagamente conservadas ahondando en ellas fragmentariamente, multiplicándolas, adivinándoles tentadoras bifurcaciones. Así, inédita y sorpresiva, la intuición, con su magia de transmitir pensamiento a los recuerdos, avanzó en aquel evasivo acervo: es decir, asalto a un supuesto desconocido que fue ya siempre, para mí, la escritura… preguntándome si no sería ese abstracto deseo el que configura una escritura, y, su necesidad de transmitirlo, la elaboración de un estilo. La poesía protegería en su trapecio los vocablos… ellos transmutaban las absurdas realidades de la cotidiana guerra en una inédita sacudida, en un exaltante azar”. Esta cita, reducida, fue incluida en la dúctil y matizada entrevista que me hiciera el escritor Pío Serrano para la revista Encuentro de la cultura cubana.

–También ha sido determinante la influencia de su padre. ¿Qué recuerdos tiene de él, hasta qué punto fue decisivo para que escribiera?

–Tengo tantos recuerdos que…es mejor remitirle a un libro sobre mi padre de la cubana Victoria Sueiro editado por el Departamento Cultural del Cabildo de Fuerteventura: Bio- bibliografía del tinerfeño Saturnino Tejera. Allí hay todo cuanto pueda decirse de su vida y obra y, entre líneas, mucho de la secreta afinidad que nos unía hasta su temprana muerte a los 56 años, producto de la injusta prisión que padeciera entre los mismos trances y lugares que el poeta García Cabrera, una de sus entrañables amistades.

Regresa a Cuba, pero también tiene que dejar Cuba. ¿Cómo se plasma esta sensación de desarraigo en su obra?

Nivaria Tejera en compañía de Manuel Díaz Martínez.

–El desarraigo es evidente pero no creo que incida esencialmente en mi escritura, aunque forme parte de su paisaje y ocupe visceralmente el centro de mis reflexiones más secretas. Los ires-venires políticos de mi vida son tan frecuentes y repetitivos que uno ya se vuelve un espectador, y como espectador un crítico feroz de tanta farándula dictatorial. Uno deja de ser lo que ha sido fibra a fibra y sin saberlo deviene su propio desconocido, un ser a la deriva a redescubrir, a rehacer en cada vericueto. En mi libro Espero la noche para soñarte, Revolución describo ese estado que en definitiva orienta lo inconcluso o fragmentario de esa escritura. La existencia, el instinto de conservación, el sistema inmunitario, protector, te conduce a otro ritmo respiratorio en el que recuerdos armoniosos e inesperados encuentros van modelando otra vitalidad, tan secreta como espontánea, que sin cesar absorben ese desarraigo como la llama consume la cera y donde el tiempo que pasa se convierte en el cómplice fiel, en el sentido de lo que dijo alguien que olvido ahora: Le temps c’est le detour des jours/ mais la durée c’est le temps de chaque instant/ L’acte/ de se prolonger dans le temps.

Y llega a París. ¿Una isla dentro de otra isla? ¿Cómo se ubica en la capital francesa?

–Sí, Paris ya era mítica para mi padre y mirando lejos sólo hubiera podido llegar a esta ciudad que desde siempre acogiera a tantos exiliados o rebeldes de este mundo. ¿Soy una isla dentro de otra isla? Tal vez sí porque detesto los tumultos castradores y Paris puede llegar a ser un lugar de aislamiento donde el anonimato procrea cierta libertad de actuar y de ser que le hace sentir a uno protegido y donde también, de vez en cuando, se producen contactos esenciales que me han propulsado a escribir dentro de ese vértigo existencial que es la reflexión à petits pas que conlleva el tomarse un poco en serio. Nathalie Sarraute, Beckett, Geneviève Serreau y su compañero Jean Marie Serreau, que propulsara el teatro del absurdo con Ionesco, Maurice Nadeau, André Breton y Benjamin Peret, han sido mis amigos en momentos de gran desconcierto “entre la vida y la muerte”. Su presencia de espíritu amparada por LA OBRA me contorneaba del desastre interior. El que ellos la habitaran hace que esta ciudad se expanda, se aleje de pronto y vuelva otra vez a protegerme, haciendo del vacío de su ausencia un tesoro a conservar.

En cierta ocasión le preguntaron que usted como escritora ha evolucionado hacia un género indefinido, hacia un cierto hermetismo. ¿Está de acuerdo? Y si es así, ¿por qué?

Volteo siempre en espiral lecturas maravillosas de escritores que en el mundo han sido y este ejercicio es el mejor aliado de mi pretendido hermetismo, pues sólo el dilucidar el torbellino de su interioridad ocupa y rastrea mi organismo poniéndolo en vilo para costear como un faro lo que me ha colmado inconscientemente, poniéndome en alerta del imprevisto abismo de los vocablos que amenazan la espontaneidad con su oscurantismo racional. Y ya metida en ese torbellino me animo a tantear con avidez los sutilísimos contornos de la irrealidad cóncava y convexa: un confín de los vértices que mantienen a sangre viva mi facultad del asombro. “Yo experimentaba en el terreno de la palabra con la esperanza de que la lengua me descubriera algo aún desconocido que yo tendría la alegría de despertar”, decía Robert Walser en el candor de su secreta demencia.

¿Qué huella canaria y cubana cree que puede encontrar el lector en su obra?

–La huella canaria tanto como la cubana viajan en la obra a lo vivo: cada línea, reflexión, injerto lingüístico, imagen o perspectiva poética tal vez la revelen aquí y allá, pero todo ello ya anda disperso en la abstracción de la escritura que, por sí misma, disuelve en su complejidad el injerto autóctono. El lector las descubrirá si se identifica con sus diversos contenidos.

¿Cuál es su visión de Cuba?

–De la Cuba actual –fidelista-raulista– mi visión es la de UN CAOS sin fin.

¿Qué originó que rompiera con el régimen de Castro?

–Una espantosa realidad: ¡¡cohabitar por tercera vez en mi vida con otra dictadura!! Demasiado fusil, demasiada vigilancia individual y colectiva, demasiado uniforme, demasiados patria o muerte opresivos usurpándonos la simple libertad de respirar, soñar, viajar, amar las cuatro estaciones, “el mundo ancho y ajeno” que loaba Ciro Alegría como meta de poeta; sí, todo ese carnaval de dictadores que como plantas carnívoras pululan desde siempre en nuestra América Latina impidiéndonos visualizar en la distancia una ruta luminosa que nos recuerde sus ríos, sus cielos, sus mares. Nada, sólo oscurantismo y castración.

¿Piensa entonces que los dictadores, independientemente de su signo ideológico, están vestidos con el mismo disfraz?

–¿Que si están vestidos con el mismo disfraz independientemente de su signo ideológico? La imagen y semejanza entre los dictadores es total: cada dictador es el calco del que le antecede gracias a los huecos discursos altisonantes para sumergir y ahogar sus víctimas… Sí, todos llevan el mismo disfraz: travestidos en espantapájaros, en espanta-libertades, con el uniforme militar y medallas al cuello, pistolas en el cinturón, todo lo que les insufle una autosuficiencia aletargadora de masas desamparadas que la represión cotidiana, las prisiones y el tiempo, inmunizan de tal barbarie. Todo en ellos es banalmente truculento, y si alargan el poder es porque el brillo de las botas les deslumbra sus ombligos. Su principal atuendo es de tejido orgánico: palabristas vocingleros, posturas con índices acusadores, ojos saltones y pulso saltón, y LA VOZ, sin cesar LA VOZ como una baba escurriéndoles todo el cuerpo (evocar a Hitler, Mussolini, Franco, Fidel) como un estentóreo estertor sin fin que abarca a veces casi el período de la vida de un hombre (¡¡50 años!!), y más…pues como decía el poeta peruano … hay algunos que nacen y no mueren… porque los conservan en salmuera en ciertos hospitales revolucionarios para que –quién sabe– puedan durar aún otros 50 años y colmar así la leyenda de su astuto camarada Gabo: ¡Cien años de soledad… !

¿Está en estos momentos trabajando en algún nuevo libro?

–Siempre trabajo un nuevo libro que no deja de ser a la vez todos mis libros… lo que me consuela siempre de la conspiración de silencio española a la que tanto alude la autora de Insularidad… a lo largo de sus análisis. Y es que sigo creyendo –con los antiguos– que el desconocido es la distancia… Esa distancia que puede traducirse como una ruta sin fin en que lo inalcanzable se convierte en lo inesperado puesto que la ferocidad de los instintos asume sus filtraciones en la creación perpetuándola más allá de los silencios limitadores. Como nos confesaba sobre sus páginas de Feuilles d´Hypnos el poeta René Char… elles furent écrites dans la tensiôn, la colère, la peur, l’émulation, le dégoût, la ruse, le recueillement furtif, l’ilusion de l’avenir, l’amitié, l’amour: Un feu d’herbes sèches eût tout aussi bien été leur éditeur…

(La Opinión de Tenerife, 6/2/2010,)

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