UNA HISTORIA REAL

Claudia Díaz Gronlier

Cada mañana me despertaba la melodía de la armónica, un soplo breve recorría todas las notas: del grave al agudo y vuelta al grave, una pausa, y de nuevo la escala. Así se anunciaba el afilador de tijeras.

Entonces yo vivía en el pueblo, un caserío espontáneo plantado a lo largo de la carretera, ahora secundaria, que en su día fue la arteria principal que nos unía con el resto del mundo.

Más de una vez corrí, por encargo de mi madre, al encuentro con el afilador de tijeras. Me gustaba sorprenderlo en la esquina, ser la primera en llegar. Le extendía las tijeras, las tomaba y las observaba con atención juzgando la pieza, como para valorar la intensidad del trabajo.

Ponía en marcha la rueda haciéndola girar al son de su pie sobre el pedal. La hoja metálica silbaba contra la cinta afiladora, y un festín de chispas encandilaban mis ojos.

Terminado el trabajo, el afilador, con precisión, hacía unos cortes limpios en retazos de tela, y satisfecho me las devolvía al tiempo que me decía con una expresión severa: cuidado con las tijeras afiladas, son muy peligrosas.

Yo le pagaba y me iba tomando todas las precauciones.

Un día dejó de venir. No lo vi más.

Ahora vivo en la ciudad, estoy en el último año de mi carrera y deseo ser escritora.

Una tarde, Vivian, mi compañera de piso, llegó con el periódico y lo dejó sobre la mesa. Estaba doblado por la parte de los sucesos. Podía leerse el titular en letras grandes y negras: “Otro acto vandálico”. Recorrí con la vista el artículo, decía así: en la Biblioteca Nacional, un lector solicitó un libro y, al abrirlo, encontró que de algunas páginas habían sido extraídas frases con cortes muy precisos, alterando el sentido de la lectura, pero sin perder el texto, en ningún momento, la coherencia. Es más, se afirmaba que el resultado era otra obra literaria que nada desmerecía de la original.

Podía decirse que este suceso ya no era noticia. Durante el último año, que es cuando todo comenzó, habíamos vivido doce casos similares, y todos sin resolver.

La ciudad, desde que se hacía pública la noticia, no dormía. Era sabido que este acto vandálico anunciaba un próximo asesinato.

El asesino esperaba la publicación de la noticia para actuar, y los periodistas, en su avaricia por la primicia, no podían contenerse.

Los detectives leían minuciosamente los textos de la obra, buscando alguna pista que les permitiera adelantarse a la próxima tragedia.

La dificultad mayor radicaba en que siempre había tres posibles versiones:

una, la que resultaba de la modificación del texto; otra, la del texto resultante de las palabras extraídas; y, por último, la de la obra original inalterada.

Hasta ahora, las víctimas elegidas tenían estrechas similitudes con las historias y personajes de las obras seleccionadas por el matarife, aunque la forma de matar a sus víctimas era de su propia inspiración.

Ante la impotencia del cuerpo policial para resolver los casos, los ciudadanos corrían a comprar o extraer de las bibliotecas un ejemplar para leer y juzgar por sí mismos si podían guardar alguna relación con los personajes o la historia en cuestión.

Pero esta vez la ciudad se estremeció, tembló, balbuceó, al darse a conocer la obra elegida: La Comedia Humana. Sin duda, una jugada maestra del asesino.

Aún así, todos se volcaron en la gran empresa de leer los ochenta y tantos tomos que alcanzó Balzac a escribir en su ambicioso proyecto. Algunos, por falta de tiempo, escogían las novelas que mejor reflejaban sus actividades y comportamientos. Por ejemplo, los editores, publicistas, periodistas, escritores, artistas, leyeron Las Ilusiones Perdidas; otros, propietarios de terrenos, agricultores, recaudadores de fortunas, se entregaron a las inquietantes páginas de Eugenia Grandet; y los políticos, coincidieron en leer Un Tenebroso Asunto.

En las calles, en los cafés, a la salida del cine, a la hora del té, se creaban verdaderas tertulias literarias. La gente debatía sobre lo leído: cuestionaba los personajes, buscaba similitudes y diferencias con sus propias vidas. Fue tanto el fervor y la pasión de los lectores, que casi llegó a olvidarse la amenaza.

Los que indagaron más a fondo, leyeron sobre el autor, y descubrieron con pavor que la obra había quedado inconclusa, lo cual hacía más impreciso el terreno para la  investigación.

La vigilancia en las calles se triplicó, los editores contrataban guardaespaldas particulares; a los periodistas siempre se les veía en grupos de tres; los políticos ya no hacían vida pública. La desconfianza creció, y cualquier transeúnte solitario era motivo de sospecha.

En medio de tanta tensión, decidí irme una temporada para mi pueblo. Saqué un billete de tren y partí.

A la mañana siguiente, aún en la duermevela, una melodía lejana, pero muy familiar, me desperezó. Eran las escalas de la armónica: el afilador de tijeras había vuelto.

Tuve un deseo enorme de verle y llevarle las tijeras como antaño. Me acerqué a la esquina; todo era igual a como lo recordaba, sólo que él había envejecido un poco.

Le di las tijeras, las observó como siempre hizo y comenzó a afilarlas.

Cuando detuvo la rueda, tomó un folio impreso y recortó un rectángulo con mucha precisión, lo colocó sobre la estructura de hierro, de tal forma que pude leerlo; decía: y no pude dejar de hacer una comparación entre la muerte y la inmortalidad.

Me devolvió las tijeras y severamente me dijo: cuidado, las tijeras afiladas son muy peligrosas.

Me fui con una sensación rara. Parecía que ese encuentro no había sido casual. Sentí que me había reconocido y que me hacía partícipe de algo.

Esa noche dormí mal, tuve miedo; pero no entendía por qué.

Al día siguiente decidí volver a la ciudad. Me reuní con Vivian y le conté lo sucedido. Ella estaba muy metida en la histeria colectiva de la muerte anunciada, y rápidamente le dio un giro de investigación policial:

–Querida, fíjate bien: una comparación entre la muerte y la inmortalidad. Es un mensaje, ¿no lo ves? Y es un fin, es la razón de sus asesinatos. Ese hombre es el asesino y, además, es afilador de tijeras. Nada más apropiado.

–No entiendo nada, Vivian. ¿A dónde quieres llegar?

–Todas sus víctimas están relacionadas con personajes de la literatura, ficticios, pero inmortales.

–Quieres decir que sus asesinatos son un homenaje a la literatura, una demostración de su inmortalidad.

–Sí, creo que sí. Es un juego: las personas somos mortales, los personajes no. Ese hombre es un gran lector, y lo más inteligente y retorcido es que ha conseguido, a través del terror, imponer la lectura de sus obras favoritas.

–Parece una locura, pero tiene algún sentido.

–Es un loco, sin duda.

–Pero esa frase que me dio a leer… la conozco.

Pasamos unos días debatiendo si debíamos ir o no a la policía; pero no nos atrevimos con nuestra débil historia. Temíamos hacer el ridículo, y eran tantos los que acudían con infinidad de supuestos, o pidiendo protección por sentirse reconocidos en alguno de los personajes de Balzac, que era muy probable que no nos escucharan.

Vivian y yo tomamos la precaución de salir siempre juntas, y nunca de noche.

Al cabo de dos semanas sucedió lo que todos temíamos.

Fue la última vez que el asesino actuó.

Pasaron los años y la ciudad poco a poco fue olvidando el terror en el que un día se vio sumida.

La policía jamás dio con el asesino.

Yo me licencié en Literatura francesa.

El primer libro que publiqué fue un estudio sobre la vida y obra de Víctor Hugo. Leyendo sus memorias, encontré lo siguiente:

“Descendí y me llevé en la imaginación aquel semblante lívido. Cuando pasé por el salón volví a ver el busto, inmóvil, insensible, altivo y que irradiaba un brillo vago, y no pude dejar de hacer una comparación entre la muerte y la inmortalidad”.

Eran los recuerdos de la última visita que le hizo a Balzac en su lecho de muerte.

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