DE MI ARCHIVO / REUNIÓN DE ESCRITORES CUBANOS EN ESTOCOLMO

El Centro Internacional Olof Palme, adscrito al Partido Socialdemócrata Sueco, hizo posible un encuentro de escritores cubanos en Estocolmo a finales de mayo de 1994. En ese encuentro, que duró cuatro días (del 24 al 28), por primera vez escritores del exilio y del interior de la isla discutieron cara a cara sobre el presente y el futuro de Cuba. De la isla acudieron Reina María Rodríguez, Miguel Barnet, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat y Senel Paz; del exilio, Lourdes Gil, Heberto Padilla, José Triana, Jesús Díaz y yo. El organizador y moderador del encuentro fue René Vázquez Díaz, novelista cubano residente en Suecia.

En su carta de invitación, el Centro Internacional Olof Palme subrayaba el carácter político del coloquio, precisando que éste se dedicaría al “análisis del proceso de democratización de Cuba y su revolución”, y expresando su esperanza de que en el mismo diéramos “un ejemplo de tolerancia, valentía política y sensatez, que abra, si no un camino, al menos sí un trillo que alguna vez sea transitable hacia la libertad, el desarrollo y la reconciliación nacional que anhelan millones de cubanos”.

Los escritores procedentes de la isla llevaron comunicaciones sobre temas ajenos a los que debíamos tratar; pero, a pesar de su intención de convertir el encuentro en una tertulia literaria –recuerdo que les dije a mis viejos amigos que no habíamos ido a Estocolmo a hacernos los suecos–, los temas candentes de la problemática política cubana, abordados por los del exilio, monopolizaron y aborrascaron la discusión. Heberto Padilla, en declaraciones hechas a El Nuevo Herald en junio de aquel año, se refirió, evocando una escena, a las discusiones que abundaron en el encuentro: “A Arrufat pensamos que le iba a dar un infarto cuando se enfrentó a Díaz Martínez, pero quiero aclarar que Arrufat nunca defendió a la revolución, sino que impugnó el estilo agresivo de Díaz Martínez”.

Los del exilio planteamos la necesidad de que en Cuba se realizara cuanto antes la apertura democrática. Jesús Díaz recalcó que el Gobierno de Castro debía iniciarla sin esperar a que Estados Unidos suprimiera el embargo. Para la declaración final (Declaración de Estocolmo) sólo se logró consenso en dos puntos: el relativo a la unicidad de la cultura cubana –negada por el régimen castrista al discriminar a los creadores cubanos exiliados, y por el exilio radical al discriminar a los de adentro– y el relativo al levantamiento del embargo comercial y financiero norteamericano. Propuse que en este punto exigiésemos también que el Gobierno de Cuba suprimiera su embargo interno a las libertades democráticas. Mi proposición, dicha así, no era asumible por los del interior: superaba los límites de lo que podían suscribir. Entonces buscamos una manera no tan cruda de formularla, y convinimos en refirirnos al levantamiento del embargo “como factor indispensable que contribuya a restablecer el equilibrio de la nación”.

Entre los participantes del encuentro hubo, en aspectos importantes de la temática debatida, más afinidad de la prevista; pero, por razones obvias, los residentes en Cuba, que a Cuba volvían, sólo accedieron a que estuvieran en la declaración final, y en la forma que en ella aparecen, los puntos ya señalados.

Aunque no nos satisfacía la declaración, los del exilio la firmamos por dos razones: porque el Centro Internacional Olof Palme se comprometió a publicar en un libro todas las ponencias tal como las habíamos presentado –promesa que cumplió– y porque teníamos la voluntad –quizás, vista a distancia, demasiado pretenciosa– de que el encuentro, al no fracasar –por discutibles que fuesen sus resultados–, demostrara que el camino del diálogo era practicable y podía conducir, con lentitud pero sin tragedia, a la solución del problema cubano.

En Estocolmo no todo fue debate o bronca a puertas cerradas y bisbiseo en los pasillos del Reso Hotel. El encuentro terminó con una conferencia de prensa presidida por Pierre Schori, secretario de la cancillería del Ministerio de Relaciones Exteriores sueco (quien abogó abiertamente por la democratización de Cuba), a la que acudió un enjambre de reporteros de medios de comunicación locales e internacionales. En ella, cada uno de nosotros hizo su particular declaración de Estocolmo. La mía fue la siguiente:

Como todo el mundo conoce, Cuba atraviesa una crisis política, económica, social y moral extraordinariamente aguda, la peor de su historia republicana. Una crisis que ha provocado profundos antagonismos entre los cubanos dentro y fuera del país y que está poniendo en peligro la seguridad y la independencia de la nación. Las causas de esta crisis son múltiples y complejas. Para mí, las principales hay que buscarlas dentro del país y tienen que ver con la excesiva centralización del poder político en Cuba y con errores en la gestión de gobierno. Pero hay dos causas externas de capital importancia: la desaparición del campo socialista europeo, del que dependíamos fundamentalmente, y el embargo financiero y comercial impuesto por Estados Unidos, embargo que, en las actuales circunstancias, constituye un obstáculo para el tránsito pacífico hacia la normalización de la vida nacional en un marco de convivencia democrática. Pienso, por tanto, que para superar la crisis que nos agobia es necesario, de una parte, que Estados Unidos levante el embargo y, de otra, que el Gobierno de Cuba inicie urgentemente un proceso de reformas políticas sobre la base de sus compromisos como signatario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Quisiera que el primer paso de este proceso fuera la liberación de todos los cubanos que cumplen condenas de cárcel por causas políticas y el reconocimiento del derecho de asociación con fines pacíficos.

Ojalá muy pronto sean posibles, en el seno de la sociedad cubana, la libertad de expresión y el respeto a todas las opiniones que han estado presentes entre los escritores que nos hemos reunido aquí en Estocolmo bajo los auspicios del Centro Internacional Olof Palme. Ojalá pronto sea una realidad en Cuba la reconciliación en la diversidad, de la cual este encuentro es, creo, un primer síntoma.

Algunos intelectuales cubanos exiliados manifestaron su repulsa al encuentro de Estocolmo. Por ejemplo, en El Nuevo Herald, de Miami, el 6 de junio de aquel año, Guillermo Cabrera Infante dijo que fue “una reunión lamentable”, y Leví Marrero lo describió como “un diálogo con los burócratas”. Carlos Franqui recurrió a la descalificación moral llamando al grupo del exilio “los arrodillados de Estocolmo”, y a todos nos negó representatividad. Gastón Baquero, por el contrario, saludó el encuentro y nos reconoció “autoridad intelectual más que suficiente” y “sobrados méritos y derechos para hablar por Cuba y para Cuba” [El Nuevo Herald, viernes 20 de mayo, 1994].

Casi al final de nuestra estancia en Estocolmo, el Centro Internacional del Movimiento Obrero Sueco nos invitó a una cena. En la mesa, Miguel Barnet, que entonces era diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, nos comunicó que el embajador cubano en Suecia nos invitaba, a todos, a un cóctel en la embajada. Rechacé la invitación y esto provocó una acalorada polémica entre Padilla, partidario de aceptarla, y yo. La polémica tuvo una segunda parte en el hotel, en la habitación de José Triana. Padilla, finalmente, no asistió al cóctel, y no porque se rindiera a mis argumentos sino porque ninguno de los otros miembros de la delegación del exilio aceptó el convite del embajador. Ésta fue la única controversia dentro de nuestro grupo de las múltiples que hubo entre los que fuimos a Estocolmo. Padilla consideraba que mi actitud no era consecuente con el propósito del encuentro, y yo no tenía la menor duda de que el Gobierno cubano instrumentalizaría nuestra presencia en el sarao de la embajada.

Les faltó tiempo a los representantes de Castro en la ONU para aventar desde Nueva York, entre diplomáticos y periodistas, la Declaración de Estocolmo. La presentaban como un espaldarazo de todos sus firmantes al régimen castrista por cuanto en ella se exige a Estados Unidos el levantamiento incondicional del embargo. Ante esto, Lourdes Gil, José Triana y yo hicimos pública una “Nota aclaratoria a la Declaración de Estocolmo”, en la que precisamos que nuestro rechazo al embargo norteamericano se debía a que “nuestra conciencia moral no nos permite apoyar el embargo económico como arma política en contra de cualquier país”. Asimismo reafirmamos nuestra convicción de que “el sufrimiento del pueblo cubano” es responsabilidad de Fidel Castro.

Días después de mi regreso a Canarias hablé por teléfono con Padilla y le dije que no me arrepentía de haber participado en el diálogo de Estocolmo, pero sí de haber firmado la Declaración. Esto motivó la última polémica entre Heberto y yo.

MDM

De izquierda a derecha: Pablo Armando Fernández, Lourdes Gil, René Vázquez Díaz, José Triana, Reina María Rodríguez, Antón Arrufat, Manuel Díaz Martínez; sentados: Senel Paz y Heberto Padilla. Falta Jesús Díaz, que aún no había llegado a Suecia. (Estocolmo, mayo, 1994)

DOCUMENTOS

Estocolmo 14 de febrero de 1994

Manuel Díaz Martínez
Calle Sagasta 66
Ático 602
35008 Las Palmas
Gran Canaria
España

En estos momentos sumamente difíciles para el pueblo de Cuba me dirijo a Ud., en mi condición de escritor cubano en el exilio, con una invitación formal avalada por el Centro Internacional Olof  Palme para que participe en lo que seria la primera reunión de análisis del proceso de democratiza­ción de Cuba y su revolución, con la participación de escritores cubanos del exilio y de la Isla.

Como ya Ud. sabe por reiteradas conversaciones telefóni­cas, se trata de un proyecto por el que me he esforzado mucho durante varios años, pues estoy seguro de que una reunión de este tipo dará un ejemplo de tolerancia, valentía polí­tica y sensatez que abra, si no un camino, al menos sí un trillo que alguna vez sea transitable hacia la libertad, el desarrollo y la reconciliación nacional que anhelan millo­nes de cubanos. Son éstos los objetivos humanitarios que apoya el Centro Internacional Olof Palme y que explican el generoso gesto de patrocinar el evento.

Demás está decir que no tengo la más mínima pretensión de que nuestras deliberaciones transformen, por arte de magia, el destino de Cuba; nada más lejos de mi intención, tampoco, el que acudamos a Estocolmo con el fervor anacrónico de convencernos mutuamente sobre la infalibilidad de las ideas propias. Si algún invitado se siente incapaz de abstenerse de atacar o denostar personalmente a los demás participantes, lo exhorto cordialmente a que decline esta invitación. Se trata de que cada cual exponga libremente sus opiniones en una atmósfera de moderación, prudencia y respeto al verdadero protagonista del encuentro: el pueblo cubano que sufre.

No será con espíritu primitivo de revancha que se cica­trizarán las llagas de tres decenios de dura lucha ideoló­gica en torno a proyectos opuestos de desarrollo del país. Creo firmemente que la tragedia que vive Cuba va más allá de la ideología de un hombre o de un partido¡ o de una

superpotencia que carece de moral pata imponer su voluntad a escala global. Necesitamos pluralidad de voceé y sereni­dad en el debate. Es mi esperanza que este tipo de encuen­tros se repitan –¿por qué no algún día en La Habana?– en otros países y con nuevos participantes.

Al aceptar la invitación¡ cada escritor se compromete a enviar una ponencia de un máximo de doce folios¡ que se inspire en los siguientes temas:

1) Papel de la literatura y la libertad de palabra tanto en Cuba como en el exilio.

2) ¿Cómo vemos nosotros¡ los escritores cubanos¡ la situa­ción cultural¡ económica y política de Cuba en esta época pos guerra fría?

3) ¿Existen puntos en torno a los cuales podríamos ponernos de acuerdo?

Los textos¡ cuya integridad será rigurosamente respeta­da¡ serán publicadas por el Centro Internacional Olof  Palme en sendas ediciones no venales¡ en español y en sueco. Por ello le pido encarecidamente que me envíe su ponencia a más tardar a principios de mayo. Yo seré el responsable de ambas ediciones.

La reunión se realizará bajo la égida del Centro In­ternacional Olof  Palme. El nombre de Palme evoca y sinteti­za la tradición del Movimiento Obrero de Suecia de contri­buir a la solución pacífica de conflictos internacionales.

De Cuba han sido invitados los siguientes escritores: Reina María Rodríguez, Miguel Barnet, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat y Senel Paz. De fuera de Cuba: Lourdes Gil, José Triana, Manuel Díaz Martínez, Jesús Díaz y Heberto Padilla. Cada participante recibirá una dieta simbólica de 2000 coronas suecas. Los gastos de viaje, hotel y comida correrán a cargo del Centro Internacional Olof Palme. La reunión se llevará a cabo los días 27, 28, 29 y 30 de mayo, y constará de dos partes: una de sesiones estrictamente privadas en las que se leerán las ponencias, las cuales no se discutirán por separado, sino en una sesión final, y otra pública en forma de panel en la que cada cual expondrá sucintamente sus conclusiones finales. Habrá servicio de traducción simultánea.

Le ruego que me confirme a la mayor brevedad su asisten­cia a la reunión, si es posible por fax, al Centro Interna­cional Olof Palme.

Con un saludo cordial le da ya la más cálida bienvenida,

René Vázquez Díaz,
Iniciador y coordinador del proyecto.

Por el Centro Internacional Olof Palme:
Sven-Eric Söder

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LA REUNIÓN DE ESTOCOLMO
Gastón Baquero

El 25 de mayo comienza en Estocolmo una reunión de escritores cubanos, con asisten­cia de autores que están en Cuba y de autores que viven lejos de la Isla. Recibo el boletín informativo que fir­man los señores Sven-Eric Söder y René Vázquez Díaz. Dan cuenta de los móviles y de los obje­tivos de la reunión: “un diálogo cons­tructivo y libre entre los trabajadores de la palabra”.

Cinco escritores residentes en Cuba y cinco residentes en el extranjero participarán en el encuen­tro. Según el boletín, los cinco cubanos de la Isla son: Reina María Rodríguez, Miguel Barnet, Antón Arrufat, Senel Paz y Pablo Armando Femández; los cinco del exterior son: Lourdes Gil, José Triana, Heberto Padilla, Manuel Díaz Martínez y Jesús Díaz. Estos 10 nombres cubanos, me adelanto a decido, tienen sobrados méritos y dere­chos para hablar por Cuba y para Cuba en materia de creatividad, de cultura. Esto no quiere decir que sean los únicos ni los máximos portavoces, porque en Cuba y fuera de ella hay 100 nom­bres posibles más, de parejos méritos. Quiere decir simplemente que estas 10 personas poseen autoridad intelectual más que suficiente para dialogar sobre una cuestión que es mucho más que un tema, es una esencia: el destino cultural de la nacionalidad, de la patria común, de la identidad única.

La noci6n de dos Cubas

De sobra sé que hay en el exilio, como dentro de Cuba, personas tan aferradas a los ideales políticos, tan fanatizadas por lo que para cada uno es la verdad, que la sola mención de la palabra diálogo se traduce por traición, entreguismo, rendición ante el ene­migo. En esta actitud, que ambas par­tes consideran justa y patriótica, lleva­mos treinta y tantos años. Del terreno estrictamente político pasamos, ambos, a encasillar todas las manifesta­ciones del humano en sociedad y del humano como miembro de una comu­nidad histórica. Se creó la noción de un arte, de una música, de una poesía, de una cultura en suma, opuesta y contra­ria a la del otro. Por decir que hay dos corrientes muy definidas en materia de política, llegamos a creer que hay dos Cubas.

Para cada una de las partes, la Cuba legítima y verdadera es la que defiende o prefiere. El otro, los otros, los de allá (un allá que es “los de Miami” para los de La Habana y “los de La Habana” para los de Miami) no son buenos cubanos, no aman a la patria, no com­prenden a Martí ni lo quieren.

Esto es insensato, es absurdo. Llevo tiempo diciendo que es una obligación nuestra, un elemental requisito de amor a la cultura, interesarnos por conocer lo que pasa en Cuba, lo que hay en Cuba, lo que es Cuba, que no es sinónimo de Castro ni mucho menos. El terrible embrujo de este individuo nos ha llevado a todos a identificar a Cuba con su verdugo, a fusionar la víctima con el victimario. Castro ha conseguido hipnotizarnos a todos. Ha conseguido aturdimos de tal manera que no acertamos a distinguir, a diferenciar entre Castro y el pueblo, entre el tirano y la nación cubana.

Ellos y nosotros

Al publicar aquí, hace tiempo, un artículo titulado Puentes hacia la Isla, (Mayo 31, 1992) reclamando el acercamiento al pueblo que pertenecemos, el mutuo reconocimiento entre nosotros y ellos, no faltó quien me acusara de aconsejar el diálogo con Castro. Es el simplismo fusionador, la identificación total entre la víctima y el verdugo.

Castro está ahora comenzando a comprender –¡a la fuerza ahorcan!– el papel del diálogo en una sociedad civilizada. El monologuista absoluto, el totalitario en estado puro, quiere ahora hablar de diálogo. Finge olvidar que diálogo es uno de los más bellos nombres de la libertad.

Esta circunstancia de ablandamiento de la tiranía por conveniencia propia, tiñe de mal color una iniciativa como la del encuentro en Estocolmo. El hecho de que ahora, por su interés, el régimen deje en libertad a unos escritores para que hablen con otros cubanos, no debemos interpretarlo como una maniobra de los que viajan de La Habana a Estocolmo, maniobra en favor de Castro, por supuesto. No hay tal. Creo en la sinceridad de estas 10 personas.

Creo en la conveniencia, y aún más, en la necesidad del diálogo cultural. Si de este hecho se beneficia o aprovecha momentáneamente el tirano, no debe preocuparnos. Cuando una cultura se manifiesta abierta y libre, acaba siempre por derribar a la tiranía.

[El Nuevo Herald, viernes 20 de mayo, 1994.]

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NUESTRO ENCUENTRO EN ESTOCOLMO
Heberto Padilla

Cada día se hace más difícil opinar sobre la crisis cubana, o lo hacen más difícil los que se creen profesionales de su desgracia y no toleran a los intrusos que actúan sin consultar al gremio. En Miami ya han comenzado los ataques a la Conferencia de Estocolmo, convocada por el Centro Internacional Olof Palme para discutir la bipolaridad de la cultura cubana. La prensa ha ofrecido una amplia información sobre el encuentro y sus participantes, y yo mismo he escrito dos artículos, en el último de los cuales me referí a la violenta polémica con que comenzaron las discusiones. Como era de esperar en el caso de Cuba, la política irrumpió y se impuso hasta el final de los debates.

La lectura de las ponencias y sus discusiones fueron a puerta cerrada, y el encuentro terminó con preguntas del público asistente y una rueda de prensa donde participaron todos los periodistas que quisieron.

No estaban allí Radio ni Tele Martí; tampocolos corresponsales de los periódicos y las numerosas emisoras de Miami, que optaron por condenar el encuentro de Estocolmo como una manipulación del gobierno cubano. La mayoría de las opiniones coincidió en condenar un encuentro donde pudieron coincidir, sin matarse entre sí, escritores cubanos residentes en la isla y seis en el exilio. Esto les pareció demasiado sospechoso. Era posible estrechar la mano y dialogar con agentes de la policía de Castro”? No, imposible, a menos que fuesen redomados “colaboracionistas”. ¿Así de simple?

Es el lenguaje de la guerra fría que aún prevalece en ciertos grupos de exiliados “intransigentes con la tiranía de Castro” y, por lo mismo, con los “colaboracionistas” dispuestos a respaldar cualquiera de sus manipulaciones. Exactamente igual, según ellos, al encuentro celebrado en La Habana recientemente sobre la “emigración”. Pero, ¿se trataba de la misma cosa? Claro que no.

Exclusivamente escritores

El encuentro de Estocolmo se produjo exclusivamente entre escritores, fue convocado por un centro internacional de Suecia, cuyos organizadores determinaron los nombres de los asistentes, con una agenda referida a la bipolaridad de la cultura cubana, abierta igualmente a otros problemas nacionales, ni Cuba, ni los organismos oficiales de la isla, tuvieron nada que ver en esto. Ni siquiera la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. De modo que sí se debatió la crítica situación de los presos cubanos, a lo que, por ejemplo, se refirió crudamente Manuel Díaz Martínez en su ponencia y en su intervención pública; la penalización del adversario político, a que me referí yo, la apelación de Jesús Díaz a que se produzcan cambios que no se supediten únicamente al levantamiento del embargo. No obstante, hubo concenso en que el embargo impuesto a Cuba durante más de 30 años ha quitado razones a los defensores de la democracia. Expusimos, pues, nuestra oposición al embargo, que yo personalmente considero desafortunado, pues a quien más mella es al pueblo de Cuba.

Estos, y otros planteamientos, pudieron ser oídos por nuestros corresponsales en la conferencia de prensa de Estocolmo, pero es más fácil condenar que oír y reflexionar.

Por principio, no admito la exigencia represiva de que no se puede utilizar “la tribuna del enemigo”, ni “bajar la guardia” ante sus maniobras, porque conozco ese lenguaje desde Cuba. No lo acepto. Me parece absurdo.

Precisamente ayer, un viejo amigo me recriminaba desde Puerto Rico, que no tomase yo en cuenta el carácter político de cada una de mis actuaciones y opiniones. Esto significa que me he salido una vez más del juego. De hecho, debo agradecerle que intente protegerme de la jauría que puede devorarme. En realidad no me importa. Cuando a uno le han arrebatado su patria y tiene que andar como un híbrido sobre la faz del planeta, no importa la histeria de los que odian por odiar.

Quiero buscar y encontrar un espacio de discusión; sí, de discusión. No me reuní con enemigos viscerales sino con escritores, tan atrapados como el pueblo de Cuba, en la erosión de nuestra época. Tal vez por eso hasta el enemigo más recalcitrante pueda ser “culpable de su inocencia tanto como inocente de su culpa”, como dijese Miguel Barnet en el encuentro. A pesar de que esta reunión estuvo a punto de romperse en más de una ocasión, sus resultados fueron positivos. Nuestro propósito fue el de apoyar las corrientes más sanas del debate nacional. Queríamos y queremos ver el resultado de esta conferencia. Por eso, para que no se confundieran nuestras muestras de esperanzada cordialidad, decidimos no asistir al cóctel que nos ofreció la embajada cubana a todos los presentes, sin ninguna excepción.

La más trágica hora

Lo más importante era la posibilidad de este encuentro sobre Cuba, un país que como dijo en su ponencia Lourdes Gil, está “actualmente varado en la más trágica hora de su historia; el que conocieron sus primeros moradores y se disputaron hace un siglo los próceres cubanos, los colonizadores ibéricos y los expansionistas yanquis… El que vio el triunfo de la revolución y su fracaso; el de Girón, las incursiones por el África, el éxodo del Mariel y los balseros. El de La Habana como ruinas de Pompeya. El país como llaga en el pensamiento de los desterrados, los de hoy y los del XIX… ¿Cuál es la Cuba que conoce cada uno de nosotros? ¿Y de qué Cuba hemos venido a hablar? ¿Qué es Cuba ahora; qué su literatura desbordándose en la lejanía?”.

Lourdes Gil fue totalmente educada en Estados Unidos, con muy fuertes raíces cubanas. Hoy es una joven y brillante poeta y escritora, pero salió de Cuba en el grupo de niños enviados a Norteamérica durante la operación Pedro Pan. Ella es la hermosa respuesta que ha dado la historia a quienes quisieron arrancarla de Cuba.

Y Lourdes Gil, como el resto de los que asistimos a este encuentro de escritores en Estocolmo, ha tocado el punto crucial. ¿Qué es Cuba? Para mí, actualmente, una mezcla de sueño y pesadilla.

[El Nuevo Herald, sábado 4 de junio de 1994.]

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DIEZ CUBANOS DEBATEN
Heberto Padilla

Estocolmo, 27/5/94.- Al fin han comenzado las reuniones que todo el mundo había condenado al fracaso. Los 10 escritores cubanos (cinco exiliados y cinco residentes en la isla) nos encontramos todos en Estocolmo, sin que nadie faltara a la cita. De un lado estaban Reina María Rodríguez, Miguel Barnet, Pablo Armando Fernández, Antón Arrufat y Senel Paz; del otro lado, del exilio, estábamos Lourdes Gil, José Triana, Manuel Díaz Martínez, Jesús Díaz y yo. René Vázquez Díaz, perteneciente a nuestro grupo, participaba también como moderador y representante del Centro Internacional Olof Palme, que propició el encuentro.

Ya se han leído varias ponencias, se han discutido numerosos problemas de la vida cubana, cultural y política. Parece que el Centro Internacional Olof Palme logrará su objetivo de que estos primeros pasos en el análisis de la situación cubana tengan resultados satisfactorios. Los que vienen de Cuba –y a Cuba regresarán– no han dialogado con temor. A las primeras intervenciones de Manuel Díaz Martínez, poeta y ensayista que vive exiliado en España, y de Pablo Armando Fernández, director de la revista Unión, órgano oficial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, respondieron con pasión, pero sin ánimo de ruptura, varios escritores, entre los que se destacó el dramaturgo Antón Arrufat.

Díaz Martínez se refirió a su entusiasmo juvenil por la revolución, como escritor y dirigente político, pero describió crudamente la situación en Cuba, la falta de libertades, el carácter tiránico de la dirección castrista y la urgencia de un cambio democrático que los escritores deben ser los primeros en auspiciar. Para Díaz Martínez, Fidel Castro es el único culpable de la tragedia cubana. El poeta responsabilizó “a una parte de los escritores cubanos”, que calificó de cómplices de la tiranía. Esto, por supuesto, pudo convertirse en el fin de las conversaciones, y hasta hubo amagos de que así ocurriera; pero, por ejemplo, Antón Arrufat mantuvo la calma al responderle a Díaz Martínez, y lo hizo con tanta inteligencia como respeto. La ponencia de Díaz Martínez fue una clara exposición de objeciones al rumbo personal que tomó la revolución cubana casi desde el comienzo, pero creo que todos los presentes en la reunión hemos sido responsables directos de que esto fuera posible. La condena de Díaz Martínez encajaba perfectamente en la opinión de Arrufat en el sentido de que su análisis exigía, como el viejo marxismo, que la realidad obedeciera a un modelo ideal sin tomar en cuenta los problemas concretos, que son múltiples y cambiantes. Y es cierto que el ataque de Díaz Martínez, con todas sus razones, no podía separarse de la metodología crítica del marxismo. Tampoco pienso que su contenido sea igual a cualquier editorial de Radio Martí, como dijo Arrufat, porque esa es la acusación que el gobierno de Cuba hace siempre a la crítica de los exiliados. De hecho, nada hay más cauteloso y estudiado que un editorial de esa emisora. De todo se les podrá acusar, menos de virulentos e incendiarios. No obstante, en el violento intercambio de opiniones, no hubo ataques personales y Arrufat dejó bien claro que ningún antagonismo ideológico lo separa de la amistad y la admiración que él siente hacia Manuel Díaz Martínez. Éste ha sido hasta ahora el enfrentamiento más tenso, pero si el resto de los participantes asume la misma actitud, se habrá logrado un debate que puede mostrar a los dirigentes políticos de La Habana que los escritores no están dispuestos a respaldar la intolerancia ideológica que, como dijo Miguel Barnet, ha estado asfixiando el idioma cubano de parte y parte. En la terrible crisis que hoy vive el país, añadió, lo que realmente importa es encontrarle soluciones. Insistió en que no hablaba como vicepresidente de la Unión de Escritores o miembro de la Asamblea Nacional del Poder Popular, sino como creador que siempre ha estado dispuesto a parlamentar y discutir. “El gobierno cubano tiene que oír lo que piensan sus escritores, aunque sus planteamientos no sean enteramente de su agrado”, dijo.

Pablo Armando Fernández habló de su deuda intelectual con Estados Unidos, de su infancia en una escuela norteamericana del Central Delicias y de su larga estancia en Nueva York. Eran polos decisivos en su experiencia personal, pero la insistencia de los gobiernos norteamericanos de “mantener el criminal bloqueo” contra Cuba era indigna de sus tradiciones democráticas. Esa actitud no favorecía ninguna apertura. Frente a la hostilidad no quedaba otra alternativa que resistir y luchar.

Los planteamiento de Pablo Armando Fernández dieron pie a intervenciones de Lourdes Gil, Reina María Rodríguez, Senel Paz, y en realidad, de todos los presentes, que dimos nuestra opinión sobre el futuro de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Hubo unanimidad en que la persistencia del embargo no ha creado en el pueblo sentimientos de odio, sino de frustración y pesar.

Al final, René Vázquez Díaz nos entregó una nota que el Centro Olof Palme había recibido por fax desde Washington. Escrita a mano, la nota procedía de la Oficina Cubana del Departamento de Estado. Estaba firmada por Bob Fretz, funcionario político, y dice textualmente: “¿Creen ustedes que el 25 será la primera vez que se ha celebrado una reunión entre escritores cubanos en el país con los del exilio? ¡Muy buena la idea!”

A Vázquez Díaz le pareció un escarnio. Al dramaturgo José Triana le hizo reír a carcajadas.

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DECLARACIÓN DE ESTOCOLMO

Once escritores cubanos, cinco que residen en la Isla y seis que viven en el extranjero, nos hemos reunido en Estocolmo, convocados por el Centro Internacional Olof Palme, para discutir durante tres días problemas culturales y políticos de importancia vital para Cuba.

En francas discusiones, que se desarrollaron en una atmósfera de respeto mutuo, hemos llegado a los siguientes acuerdos;

1. La cultura cubana, tanto la que se produce en Cuba como en el exterior, es una, y pertenece a la herencia de nuestra Nación.

2. El embargo económico y financiero de los Estados Unidos de América contra la República de Cuba debe ser levantado urgentemente y sin condiciones, como factor indispensable que contribuya a restablecer el equilibrio de la Nación.

Estocolmo, 27 de mayo de 1994.

Lourdes Gil.  Miguel Barnet. René Vázquez Díaz.  Antón Arrufat.  Reina María Rodríguez.  José Triana.  Jesús Díaz.  Pablo Armando Fernández.  Manuel Díaz Martínez.  Heberto Padilla.  Senel Paz.

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NOTA ACLARATORIA A LA DECLARACIÓN DE ESTOCOLMO

Nosotros, los abajo firmantes, participantes del Encuentro de Escritores Cubanos en Estocolmo, Suecia, y signatarios de la Declaración de Estocolmo, queremos esclarecer ante la prensa internacional y ante nuestro pueblo, dentro y fuera de la isla, nuestra posición ante el embargo norteamericano, cuyo levantamiento se propugna en susodicho documento.

Nuestra postura responde a motivaciones estrictamente humanitarias y de solidaridad con los pueblos del mundo.

Creemos que el responsable por el sufrimiento de nuestro pueblo es Fidel Castro, cuya egolatría, inflexibilidad y empecinamiento en perpetuar su poder no le permiten otorgar a los cubanos la condición que exigen los Estados Unidos para el levantamiento del embargo: elecciones libres.

A pesar de que no creemos que el levantamiento del embargo suscitaría un cambio político por parte de Fidel Castro, nuestra conciencia moral no nos permite apoyar el embargo económico como arma política en contra de cualquier país, ya se trate de Haití, Iraq, Africa del Sur, o en este caso, Cuba.

Creemos que es el pueblo y no los gobernantes la víctima inocente de esta política y, aunque reconocemos que a veces es efectiva, no la apoyamos por ética.

Dado que lo dicho referente al embargo en la Declaración de Estocolmo podría interpretarse como simpatía solapada a la tiranía de Fidel Castro, creemos necesario hacer esta aclaración.

Queremos aftadir que nuestra posición durante el encuentro, tanto en el nivel personal como profesional, constituyó una denuncia de la persecución política y de la violación a los derechos humanos que sufre nuestro pueblo en Cuba.

La Declaración de Estocolmo, firmada bajo una atmósfera de tensión permanente y chantaje emocional, no refleja, sin embargo, esta postura, la cual se hizo evidente en cada una de nuestras ponencias, que aparecerán reunidas en un volumen que el Instituto Olof Palme se comprometió a publicar.

Por último queremos decir que fuimos a Estocolmo, territorio políticamente neutro, con un espíritu de saneamiento del cisma cultural de la nación cubana, ya que la historia de la humanidad revela que todo tipo de intercambio intelectual libre conlleva un mejoramiento de la sociedad humana.

Lourdes Gil.  José Triana. Manuel Díaz Martínez.