MIS MAESTROS ESPAÑOLES

Estos párrafos están destinados a un libro que prepara mi viejo amigo Ángel Esteban, profesor de la Universidad de Granada y gran conocedor de la literatura cubana. El libro reunirá textos de diversos autores sobre un tema caudaloso: los vínculos entre las respectivas literaturas de España y Cuba.

“El león está hecho de carnero asimilado”. Éstas son palabras de Valéry que aluden al fenómeno indudable de que los poetas mayores se alimentan de otros no tan grandes como ellos. Estoy convencido de que los poetas de todas las envergaduras están hechos de poetas de todos los tamaños. En mi caso creo que, aunque no poco provecho obtuve de los innumerables que he devorado, estoy básicamente hecho de unos cuantos leones más o menos bien digeridos, en su mayor parte españoles.

No hace mucho le dije a un periodista que me entrevistaba para el diario La Opinión de Tenerife: “Comencé a escribir poemas, siendo un adolescente, bajo el influjo de Bécquer. Lo primero que me atrajo de él es que en su verso la hondura no impide la transparencia. Luego, cuando lo estudié, supe que con sus Rimas fue uno de los iniciadores de la poesía moderna en español. Esto es lo que intento explicar en el prólogo que escribí para la edición comentada de las Rimas a que usted se refiere, publicada por la editora Akal hace dieciséis años”.

Pero si el romántico sevillano me dio la pauta para comenzar a pergeñar mis primeros poemas, otros bardos españoles me habían atraído antes, y de tal modo, que a ellos debo el nacimiento de mi devoción por la poesía. Me refiero principalmente a ese dúo de sentidores vitalistas, tan disímiles en el ramaje y tan similares en la raíz, que son Jorge Manrique y Francisco de Quevedo. Leyéndolos descubrí, y acogí entre mis preocupaciones, siendo yo jovencísimo, el algoritmo existencial vida-muerte-olvido –la obsesión más aguda y latente en mi poesía–, y constaté la suerte de contar para mi uso y disfrute con un taller tan bien equipado como es el idioma que ambos, con otros clásicos ibéricos antiguos y modernos –Berceo, el Marqués de Santillana, Lope de Vega, los Machado, León Felipe, el Dámaso Alonso de Hijos de la ira…–, me cedieron. No es sorprendente, pues, que José Lezama Lima, al dedicarme un ejemplar de su Poesía completa, anotara que en mi escritura “el hueso quevediano se une con las brisas habaneras”.

A lo largo de mi vida intelectual me he mantenido en contacto, provechoso, con la literatura española –bastante poco atractiva para la mayoría de los escritores cubanos desde finales del siglo XIX hasta hoy, más interesados en la francesa y la anglosajona–, cuya influencia en mí ha sido tan fructuosa que siempre se me ha visto como el más “hispano” de mi generación, aunque me parece que no es desdeñable lo que he llegado a digerir de algunos leones franceses. Por ejemplo, en primerísimo lugar, de Apollinaire, Valéry y Prévert, a los que sigo degustando.

En un libro de recuerdos que titulé Sólo un leve rasguño en la solapa dedico unos párrafos a Miguel Hernández. No podía dejar de hacerlo porque, como digo allí, entre los poetas españoles que guiaron mis primeras tentativas en el verso está el autor de El silbo vulnerado y El rayo que no cesa. He aquí dos de esos párrafos en que me empeño en explicar cosas importantes que me enseñó este prodigioso vecino de Orihuela, ya rayo vulnerado y silbo que no cesa: “Tiempo más adelante, en los primeros meses de la revolución cubana, llegó a mis manos, en una edición argentina, el Miguel Hernández de Viento del pueblo. Mucho me apoyé en este libro, así como en los ejemplos que me brindaban Maiakovski, Neruda, Brecht, Vaptzárov, para demostrar a escépticos y exquisitos que también las convicciones políticas –y, más que las convicciones, las emociones y pasiones políticas– pueden generar poesía, a condición, claro está, de que anden por medio el espíritu y la destreza de un poeta genuino que vibre con los dramas de la calle como con los de su propia intimidad. […] Mucho tiempo fui de los que aseguran que la poesía está en las cosas y el poeta la descubre. Hoy prefiero decir que la poesía está en el poeta y las cosas se la provocan. Creo que la poesía no es un mundo aparte, sino una parte del mundo. Y pienso que la grandeza de un poeta estriba en la fuerza reveladora del idioma con que responde a la provocación de las cosas, en la amplitud de su capacidad de respuesta a los infinitos estímulos con que las infinitas cosas lo acosan. Un poeta que me ha obligado a esta reflexión es Miguel Hernández”.

Cuando leí por primera vez a León Felipe –en una Habana donde exiliados republicanos divulgaban su nombre y sus versos mientras el general Franco mandaba borrarlos en la enlutada España de entonces–, sobre todo cuando leí su poema “Como tú…”, me di cuenta de que la voz de este león, entre clásica y moderna, que unía con rigor y fervor castellanos los saberes de la plaza y de la cátedra, iba a alimentar la mía, como en efecto ha sido. El primero en notarlo –en mi libro Vivir es eso– fue Nicolás Guillén, con cuyo voto -y con los del vasco Gabriel Celaya y el gallego José Ángel Valente- ese libro obtuvo un premio en Cuba. De la vida y la obra de León Felipe en México me daba noticias uno de sus más próximos amigos, refugiado como él en ese país. Me refiero al poeta, crítico, traductor y periodista asturiano José María Álvarez Posada, Celso Amieva, que tiene calle en su Llanes natal, con quien sostuve correspondencia durante años y quien me aportó un conocimiento más íntimo de la poesía española, y de la mexicana, del siglo XX.

En 1990 asistí al Congreso Internacional Antonio Machado ante Europa, que se celebró en febrero de ese año en la Universidad de Turín. Don Antonio es la mayor de mis devociones. La que siento por él envuelve al maestro de letras y al de vida y se ahonda con el tiempo. Aquel cónclave de machadianos me brindó la ocasión ideal para escribir el texto más pensado de cuantos he escrito sobre el autor de Campos de Castilla, el más sustancioso león, junto a José Martí, de los que me he nutrido. De dicho texto, que leí en una sesión presidida por el hispanista italiano Giuseppe Bellini y en la que también leyeron sus ponencias el poeta español Félix Grande y el novelista portugués José Saramago, son los párrafos siguientes: “En nuestros días, Machado no es ya el dios tutelar que nos fue presentado durante el apogeo de la “poesía social”, allá en los años de la posguerra española. Otros poetas –Juan Ramón, Cernuda, Aleixandre– ocuparon su sitio cuando nuevas proyecciones de la lírica lo determinaron así. Pero pensar que la hora de Machado pasó es una superficialidad. ¿Pasó ya la hora de Quevedo, de Tiziano, de Mozart? Suponer que una obra esencial como la suya es efímera o que puede ser acallada por las tendencias sucesivas es descreer de la poesía. No hay un gran poeta, y Machado lo es, que no sea al mismo tiempo un hombre de su época y un huésped permanente de la actualidad. […] Para una parte considerable de los poetas cubanos, sobre todo desde la década de los 50, Machado se convirtió en un modelo entrañable. No padeció don Antonio, en Cuba, la mutilación que le infligió la lectura demasiado tendenciosa que de su obra hicieron en España los cultores de la “poesía social” –lectura, en definitiva, comprensible en las circunstancias de la encarnizada lucha ideológica contra el franquismo–. También ese tipo de lectura se hizo en Cuba, pero sin bruscos desbalances en el aprecio de las diferentes zonas de la obra machadiana”.