Carta a un amigo / Descrivimi il funerale di Breton

Hace tres o cuatro años, me sorprendí al hallar en internet una entrada con título en italiano, “Descrivimi il funerale di Breton”, que es el verso con que cierro el poema “Carta a un amigo”, de mi libro Vivir es eso, publicado en 1968. La sorpresa mayor me la llevé cuando vi que con dicho verso habían titulado una traducción de ese poema (hecha por Rosella Livoli) publicada en una plaquette en Italia. Escribí a la editorial, Il Laboratorio / Le edizioni –que resultó ser un obrador de artistas impresores establecidos en la localidad napolitana de Nola–, para que se me enviara un ejemplar. Y el ejemplar me llegó con una carta en la que el editor se felicitaba de tener noticia de mi existencia, de la que lo ignoraba todo. Me dio una mala noticia: Angelo Casciello, autor de las ilustraciones –quien, me dijo, apreciaba mucho el poema–, había muerto recientemente. La plaquette es una obra de arte: un pliego de papel hecho a mano, doblado en cuatro cuerpos y protegido por una bellísima carpeta de tapa dura. De ella se hicieron 60 ejemplares numerados, firmados por Casciello. Se imprimieron en la Tipografia La Buona Stampa, de Ercolano, Nápoles, en febrero de 1992. (Casualmente, el mes y el año en que empecé mi exilio en España.)

CARTA A UN AMIGO

A Severo Sarduy

Cuando llegaste a París, de noche y con bufanda,
yo conocía el silencio de aquel sótano
y la tos seca del conserje que pasaba hipando por el vino.
Esa ciudad antigua que ambos habitamos
¿no recuerdas que estaba hecha de puertas que jamás se abrían?
Supe allí lo que es dar vueltas sin remedio
frotándome las manos y espiando no sé qué pasos sigilosos
ni qué extraña, inesperada muerte,
que ansiaba recibir de manos de Suzanne.
Suzanne quizás sigue de ronda en Clignancourt,
entre cafés con leche bebidos con tirios y troyanos
y escribiendo cartas a nadie en su libreta rota
(cahier du cadavre la llamaba),
que escondía debajo de las colchas como una travesura.
Suzanne era un sucio secreto que jamás fue revelado.
¿Recuerdas que viví obsedido por las carnicerías,
el hedor que emana de la tiendas de queso
y los negros pescados que boquean en la rue Daguerre?
Ah, la virtud que tienen esos versos
que escribí aquel invierno es que pueden olvidarse fácilmente.
Esos versos fueron, son harto compasivos,
y el mejor efecto de un poema se parece al de un insulto
gritado al oído del que duerme,
seguido de un golpe si acaso no despierta.
Dudo de todos los poemas que no engendren
la sorpresa y el recelo.
Celebro que un poema se haga odiar.
Si ves a Sonia, háblale de su ternura;
me salvarás del infierno si lo haces.
Desde entonces se han vaciado sobre el mundo siete años
y recurro a tu memoria y a la mía
para no perder aquellos meses (sin verdaderas penas
y sin ninguna gloria, pero vividor con delirio).
Nuevos inviernos te habrán hecho envejecer un poco;
para mí son los veranos la medida del tiempo.
¿Pero esto no es un viaje que se recomienza?
Nos reiteramos, amigo, el mundo se reitera.
¿Llegaremos a tener la tos seca del conserje
que vagaba por la casa hipando, rezongando?
Todas las nevadas caerán en nuestros ojos
y un día —¡sea así!— no será más que verano abierto
meciéndose sobre el olvido de nosotros dos.
(Has de pensar que es ésta una pésima esperanza.)
Vivo, quiero decir que me devoro:
tengo a cada instante una mayor urgencia, un más vasto apetito.
Lo grande es hacer de la vida cotidiana una suma de sorpresas.
Hablamos de esto algunas veces y un día me citaste a Apollinaire:
A la fin tu es las ce monde ancien.
Dije que sí, y aquella noche, en mi cama, Suzanne me reveló
que la vida sigue siendo la parte más hermosa de la muerte.
Descríbeme el entierro de Breton.

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