Baja en la nomenclatura castrista

Juan Almeida Bosque, Comandante de la Revolución, miembro del buró político del Partido Comunista de Cuba, Diputado de la Asamblea Nacional, vicepresidente del Consejo de Estado y, ante todo, cómplice a tiempo completo de los hermanos Castro, ha muerto en La Habana a los 82 años de edad. No obstante su rango de “histórico” de la revolución y de ser considerado el supuesto “tercer hombre” dentro de la gerontocracia que actualmente detenta el poder en la isla, era una de las figuras más desteñidas del iconostasio del régimen.

Para el Gobierno cubano, digan lo que digan los panegíricos oficiales, la desaparición de Juan Almeida es una pérdida puramente simbólica, cuando más sentimental, porque, en las tareas partidistas y de Estado que a lo largo de medio siglo le asignó su eterno jefe y dueño de Cuba, este señor opaco, afásico y cauteloso no fue más que un funcionario bien recompensado y sonriente con un pedigrí de guerrillero a la espalda.

Después de su actividad insurreccional en la Sierra Maestra, la biografía de Almeida derrapa en una lista de nombramientos para cargos que en la autocracia cubana son subalternos o puramente decorativos (prebendas), pero que conllevan privilegios y regalías que se pagan con dinero público. Quizás esto explique que el Gobierno que tanto lo eleva en la necrológica reglamentaria haya declarado un duelo oficial de sólo 12 horas. ¡Medio día de duelo! Yo, que cumplo hoy 73 años, nunca había visto ni oído ni leído cosa igual. ¿O es que en Cuba también está racionado el tiempo?

Por principios éticos muy arraigados en mí, ni deseo ni me alegra la muerte de nadie. No me alegra, por lo mismo, la de Juan Almeida, aunque él haya firmado sentencias de fusilamiento siguiendo mansamente el índice conminativo de Castro, y no haya levantado jamás la voz contra ninguna de las incontables que se han ejecutado en Cuba, ni contra las infinitas encarcelaciones de pacíficos disidentes o de simples ciudadanos quejosos. Ni siquiera hizo nada para que se respetase el derecho de su hijo a irse del país. Lo que sí me alegraría, porque sería lo aleccionador, es que todos los que como él han vivido, y vivido muy bien, de la destrucción de Cuba pasaran por los tribunales y acabaran sus días en la cárcel.

Hasta como versificador Juan Almeida gozó de privilegios, como todos los de su camada. Durante bastante tiempo, la revista Bohemia que edita el régimen, la de mayor circulación en Cuba, dedicó dos o tres páginas cada semana a publicar poemas –o cosas parecidas– de Almeida, un regalo que esa revista nunca hizo ni a los más grandes poetas cubanos. Recuerdo que por aquellos días un periodista mexicano me hizo una entrevista. Entre otras cosas me preguntó que cuáles eran los problemas de la literatura cubana, y le respondí que, según mi real saber y entender, la literatura cubana del momento tenía sólo dos problemas: las novelas de Raúl Valdés Vivó y los poemas de Juan Almeida.

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