Manuel Pacheco / Poemas

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Supe de la existencia del poeta extremeño Manuel Pacheco alrededor de 1959, pero no recuerdo cuándo ni por qué comenzamos a escribirnos. Durante uno o dos años, él desde Badajoz y yo desde La Habana, nos cruzamos largas cartas y abundantes poemas. Tampoco sé cuándo ni por qué se interrumpió ese fraternal intercambio de mensajes. Me gustaría conservar sus cartas, y también me gustaría saber que él no conservó mis versos. Hoy, en una librería “de viejo” de Las Palmas de Gran Canaria, hallé una breve antología suya, Poesía en la tierra, publicada en 1971 en el País Vasco. En ella hay una “Nota autobiográfica” en la que el poeta se presenta:

Nací en Olivenza (Badajoz) un 19 de diciembre de 1920. A los siete años perdí a mi padre. Trasladado a Badajoz, ingreso en un hospicio, donde permanecí más de diez años. A los dieciocho recién cumplidos soy llamado a filas en la guerra civil de España.

Fui monaguillo, cantador de tangos, fotógrafo, ebanista, cargador de muelle en la estación de ferrocarril de Badajoz, albañil, marmolista, repartidor de hojas de empadronamiento, comparsa de teatro, pasé hambre y me fui a Portugal en busca de la comida.

No tengo ninguna clase de estudios; fui muy poco a la escuela, pues comencé a trabajar desde muy niño. Pero desde los ocho años leo todo lo que cae en mis manos.

Estoy casado y tengo un hijo de trece años. Tengo también muchos amigos por todo el mundo: me los hizo la poesía.

Soy esencialmente poeta. Desde 1949 he publicado varios libros de poesía. Poemas míos han aparecido en periódicos y revistas de España y el extranjero; algunos han sido traducidos a varios idiomas. También he escrito teatro y cuentos.

Vivo en Badajoz; por las mañanas trabajo en una oficina y por las tardes en una biblioteca.

Me acabo de enterar de que Manuel Pacheco murió en 1998. Dejó una humanísima obra poética, reflejo –expresionista en sus mejores momentos– de su dura vida y sus preocupaciones sociales. De Poesía en la tierra son estos poemas:

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LAS RATAS

Van royendo la piel del silencio.
Suenan uñas en la noche: algo araña.
¿Un espectro?
La mujer levanta la cabeza,
la mujer suspende la mirada del cordel de las sombras.
El niño está dormido.
¿Quién llama?
Llaman largas pisadas de hambre sobre rotas pizarras.
Son las ratas, que suben buscando comida.
¡Ese polvo de queso de veneno!
¡Esos platos de harina de muerte iluminados por la luz de la luna!
¡Esos puntos brillantes como gotas de sangre en la noche sin alba!
Hay que cerrar la puerta. Pueden morder al niño.
Han comido el veneno y ahora corren buscando un poco de agua;
han comido el veneno y dan vueltas a la rueda de la noche.
Golpean gordas sucias lentas rápidas.
Algo suena. ¡Silencio!
Algo estalla.
Lentamente se acerca con sus manos de harina
la molinera azul del alba.

POEMA PARA UN AÑO QUE SE VA

Salgo a volar mis sienes por el campo
y camino como un dedo entallado por un hierro de invierno.
En el árbol del sol tiendo la juncia de mis ojos,
tiendo a secar las páginas de mis pupilas clavadas en la lluvia de los números,
tiendo a secar la ropa de mis huesos y el pájaro de paja de mi alma.
Los poetas de América me mandan un pedazo de mar,
los poemas son nubes-mariposas, o peñascos de humo, o ramajes
de ortigas de muchachas violadas, o niños hambrientos con los
vientres hinchados, o mujeres preñadas con lámparas de lepra en las entrañas.
En una larga caña un muchacho llevaba de bandera
una serpiente de agua.
Un hombre arranca olivos
y una nube gris cubre el árbol del sol,
y baja el invierno con su golpe de maza para romper la nuca de los pobres.
Huele a salas de fiestas lejanas,
huele a “feliz” como una campanada de ceniza de sol en los ojos de un ciego,
huele a obrero español en Alemania,
a pieles de suburbios
y a canciones de lata.
La tradición es una caja llena de polvo oscuro de carcomas pegadas,
los agujeros suenan a reliquias,
tienen saliva azul de estampa,
árbol de Navidad de millonario,
sonidos de campanas.
Suena un tractor tosiendo debajo del veneno del crepúsculo.
Por el monte de pinos baja lenta la escarcha.

LAS MOSCAS

El esputo de Enero con sus patas de escarcha
golpeaba la espalda del poeta
y en el sucio cristal de la ventana
las moscas gordas resbalaban
como golpes de humo de alquitrán
y el invierno movía sus salivas de gripe
y el ojo del poeta miraba el halo oscuro de las moscas,
sus páginas de ojos de cadáveres,
sus ojeras de otoño supurando el azúcar de la muerte.
Sonaban a latidos de niños sin cabezas,
a gemidos de pieles quemadas,
a párpados de ciegos golpeando el cristal de la niebla.
¿De dónde en el invierno, en la ventana sucia de un archivo,
pegadas al cristal como espectros de manchas atómicas,
aparecían como gotas de agua las sombras de las moscas?
¿De qué gusano oculto de un planeta invisible nacieron sus latidos?
¿No vendrán las moscas a comerse el cadáver de la Tierra?
El Poeta esperaba la invasión de las moscas.

LAS CUCARACHAS

Las cucarachas están sonando.
En los ojos del insomnio las cucarachas babean
sus cuerpos charolados.
Parecen uñas de hombres enterrados vivos,
parecen negros relámpagos.
Oigo los cubos de la noche.
Alguien escarba y araña en las dormidas cosas de la noche.
No invento nada. Nadie está inventando.
Suena en la casa vieja caer pelusas de azul cascarillado
y la mujer inválida llora y llora clavada en su sillón
con un dolor terrible en el vientre y en el ano.
La hija de la mujer que llora está clavada en la cruz de la madre,
en la cruz del polvo,
en la cruz cotidiana de las escupideras.
El poeta toca la realidad como si fuera un clavo
y las cucarachas como teclas de un piano mudo
suben y suben sus flemas de asco.
Las cucarachas vienen de los agujeros del carbón,
la carbonera está abajo y se matan a cientos y nacen
como huevos de gusanos.
Suena la música de
jazz,
suenan y resuenan las cucarachas huyendo de los zapatos.
Las cucarachas están lloviendo, corriendo y arañando
las mejillas de la noche.
La casa vieja está llorando.

INSERVIBLE

Para curar el cáncer
no sirven las libélulas.
Para curar la muerte
no sirve el cementerio.
Nacer tampoco sirve
para curar la vida.

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