Historia de dos cenas

manolo-foto1Una noche, irritado por la majadería de un pariente, me senté al escritorio y, mientras rumiaba mi disgusto, comencé a pulsar las teclas de la máquina de escribir. Sin saber por qué, en la hoja de papel que blanqueaba sobre el rodillo de la máquina escribí este verso: “Mi abuelo se sentó a la mesa con su muerto al lado”.

A partir de ahí sucedió lo que suele ocurrir cuando el primer verso que se escribe es el destinado a abrir el poema y no otro: de inmediato, arrastrado por el primero, surgió el segundo, y éste creó al tercero, y el tercero al cuarto, y así hasta que el poema, desplegándose como una reacción en cadena, llegó al que sin lugar a dudas debía cerrar el ciclo de su inesperada necesidad de existir. Cuando tuve ante los ojos el último verso, quedé convencido de que había inventado un texto absolutamente lúdico, y que lo había hecho movido sólo por la inconsciente y extraliteraria necesidad de bloquear un rapto de malhumor.

El poema salió literalmente “hecho”, no obstante su complejidad: es un poema que puede representarse como una escena teatral, pues tiene acción, diálogo y marco escenográfico. Lo titulé “La cena” y lo leí con inocente satisfacción una vez y otra. Veía en él un juego angélica o diabólicamente libre: no le hallaba yo un sentido mío -quiero decir un contenido vinculado a experiencias o convicciones mías-, ni un mensaje específico. Me sentía orgulloso de mi capacidad de creación porque estaba seguro de haber inventado de la nada, con la displicencia de un dios, un objeto “puro”.

El impensado poema fue para mí una especie de aleph que yo donaba a mis lectores para que vieran en él lo que quisiesen. Esto lo creí hasta que, leyéndolo por milésima vez, descubrí que el texto poseía un sentido cuyo origen estaba en una zona bien delimitada de mi memoria. Vi con claridad que el incordio doméstico que lo desató había actuado sobre mi psiquis como un revulsivo, sacando a flote un viejo trauma aparentemente olvidado, que en el poema se exteriorizó con el sarcasmo y el patetismo que correspondían a la índole grotesca y morbosa de su causa.

¿Y cuál fue su causa?

Cuando yo era niño, los padres y los hermanos de mi madre tenían el hábito de reunirse para celebrar las Navidades. En una ocasión eligieron mi casa para esperar el Año Nuevo. Mes tras mes soñé con aquella fiesta de abuelos, padres, tíos, primos. Por fin llegó la noche tan esperada por mí y, cuando estábamos frente a los platos de la cena, alguien evocó a una tía difunta que adoraba el mazapán. Evocación tan fúnebre dio lugar a que mi abuela rompiera a sollozar en memoria de una nieta que murió adolescente, cuyo plato predilecto era el fricasé. En resumidas cuentas, cada manjar que había en la mesa se convirtió en una elegía y la cena toda en un obituario gracias a la pertinaz necrofilia que hemos heredado, creo yo, de las naciones europeas mediterráneas. Así, lo que debió ser jolgorio y relajamiento fue llantina de mujeres y caras largas de hombres. Y se me hundió el mundo. Qué tristeza y qué frustración sentí aquella absurda noche que tanto daño me hizo.

En ocasiones he pensado que mi manera de interpretar este poema como una sátira provocada por el culto de mi familia a sus muertos no es sino una manera de interpretarlo; pero he llegado al convencimiento de que ésa es la interpretación exacta, la que se ajusta a la realidad de los hechos. Desde luego, nada impide que cada lector lo recree haciendo su propia lectura. La riqueza de un poema guarda relación con la cantidad de lecturas que éste admita. Un poema afortunado es un catalizador del espíritu. Arnold Hauser hablaría de provocación.

La experiencia que acabo de narrar me demostró algo que acepté siempre en teoría: ni la creación ni la interpretación de un poema son actos gratuitos, incausados. (Crear es dar lo que creíamos no poseer, llegó a decir Valéry.) Me demostró asimismo que, por su naturaleza ingobernable, la poesía no es una profesión, sino una fatalidad. En rigor, no hacemos ni leemos poesía, ella nos hace y nos lee. Escribirla es aplicar el artificio de que disponemos para que quede un testimonio más o menos fiel de los abisales momentos en que somos poseídos por la realidad de realidades –realidad estrictamente humana– que es la poesía. Leerla es encontrarse con el autor o con uno mismo. Y al “sentirla”, comprendemos que la poesía, al contrario de la filosofía, no necesita dar explicaciones.

El oficio del poeta se pone en marcha cuando el poema lanza las primeras señales de querer existir; pero es entonces cuando la poesía comienza a jugarse la vida entre el orden retórico y los infinitos azares que la aguardan en este mundo.

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El autor de este blog y su noble CanCiller (retratados desde París por Hanton) desean una feliz Navidad y un venturoso 2009 a sus lectores y amigos.

Venturas de la décima en Cuba

manolo-fotoSi queremos ser consecuentes con la cronología, tenemos que admitir que el primer poema compuesto en Cuba no es, como se ha dicho y se repite, Espejo de Paciencia, del grancanario Silvestre de Balboa, sino el motete que en acción de gracia se cantó en 1604, en la iglesia de Bayamo, para dar la bienvenida al Obispo fray Juan de las Cabezas Altamirano, cuyo secuestro por el pirata francés Gilbert Giron y posterior rescate nos contó Balboa en el Espejo…, que data de 1608. Esto quiere decir que en Cuba la poesía no empezó con octavas reales, sino con décimas, pues en décimas está escrito el anónimo motete, atribuido a Balboa. Y, a partir de entonces, la décima, tanto en su variante popular como en su variante culta, sería, como apuntó José Lezama Lima, la composición más típica utilizada por troveros y poetas para acercarse a los temas cubanos.

La décima pronto alcanzaría prestigio en la isla: la historia de nuestra poesía nos la presenta como la estrofa preferida de los primeros poetas cultos posteriores a Balboa, enmarcados dentro de los límites del siglo XVIII.

José Lezama Lima

José Lezama Lima

Siguiendo la cronología marcada por Lezama en su Antología de la poesía cubana, de éstos el primero que surge es Juan Miguel Castro Palomino, quien dejó un poema compuesto por dieciocho décimas descarnadas —que conocemos gracias al célebre impresor habanero José Severino Boloña—, con las que logra conmovernos al reflexionar sobre la tragedia de quedarse ciego y sordo, que fue la suya.

Contemporáneo de Castro Palomino es el sacerdote José Rodríguez Ucres, Ucarres o Uscarrel, con cuyo seudónimo de El Capacho firmó composiciones burlescas y jacarandosas en las que abundan los juegos verbales. Es autor de un poema picaresco —”versos de camino” lo llama— en cuarentiuna décimas de lenguaje suelto y rima ingeniosa en el que narra un viaje que hizo de La Habana a Veracruz y por “el reyno de México”. Con El Capacho salta el buen humor criollo a la décima, iniciándose así una tradición muy cubana.

La historia y lo heroico, que en el marco de nuestra poesía habían aparecido por primera vez en las décimas del motete de Bayamo, reaparecen más de un siglo después de la mano de la marquesa Jústiz de Santa Ana (nacida en 1733 y fallecida hacia 1807), quien firmó —y probablemente también redactó— un memorial dirigido a Carlos III, documento en el cual, junto a otras nobles habaneras, protesta por la incompetencia de las tropas españolas, que fueron incapaces de impedir la toma de la ciudad por los ingleses en 1762. La marquesa transcribe este documento en décimas vigorosas que, bajo el título de “Dolorosa métrica espreción del sitio, y entrega de La Havana, dirigida a N. C. Monarca el señor Don Carlos Tercero, qe. Gue.”, describen y exaltan la resistencia que el “paysanage” habanero hizo al invasor, y reprochan, con sarcasmo criollo, a la armada real los “muchos consejos de Guerra, / faltando Guerra, y Consejo”. Y concluye la fervorosa marquesa con esta arenga al rey:

Fuerza es Señor suplicarte,
q.e desembaynes la Espada
contra esta enemiga armada,
q.e atropella tu Estandarte:
Dios concurra a prosperarte,
para q.e a la Yglesia dés
muchos triunfos esta vez;
y entre tanto nada vario,
de La Habana el Vecindario
reside Leal a tus Pies.

Con el telón de fondo de la ocupación de La Habana por la tropa inglesa al mando del Conde de Albemarle, Diego Campos narra en treintiocho décimas la humillación que los británicos infligieron al obispo Pedro Morell de Santa Cruz, desterrado a la Florida por negarse a darles el dinero de la Iglesia. Las décimas de Diego Campos, de quien nada se sabe y a quien Lezama supone un “auxiliar episcopal” de Morell de Santa Cruz, fueron dadas a conocer por primera vez, en el siglo XIX, por Antonio López Prieto en su Parnaso Cubano. Las ramplonas décimas de Diego Campos, de interés sólo testimonial, continúan la práctica, que en Cuba se haría tradición, de utilizar esta forma estrófica en la relación de hechos históricos.

Del presbítero Rafael Velázquez sólo se sabe que murió hacia 1791 y que de 1780 datan unas décimas suyas, zumbonas y ácidas, dirigidas contra los hipócritas que intentan colarse en el reino de los cielos habiendo sido falsos fieles en este mundo. También la preocupación trascendente movió a Agustín Fernández Arsila, contemporáneo de Velázquez, a componer décimas. En las ocho que nos dejó reflexiona con pesimismo, bajo el título de “Al esqueleto, que ponen todos los años en San Juan de Dios”, sobre el sentido de la vida y la muerte. Son décimas hechas con gracia que Lezama ve calderonianas. Sin dude está el Calderón de La vida es sueño en versos como “La vida del hombre es nada, / es humo que lleva el viento”, pero, asimismo, en el contrapunto de concepto y palabra: “cumplí con haberme muerto / la deuda de haber nacido”.

A Miguel González, habanero fallecido en 1799, le debemos unas décimas apologéticas dedicadas a Colón, escritas para recibir las cenizas del Almirante en la catedral de La Habana, y al presbítero santiaguero Félix Fernández de Veranes, quien introdujo la imprenta en Santiago de Cuba y la inauguró en 1792 imprimiendo un sermón suyo, autor de un extenso e interesante romance titulado “El Sueño” -uno de los mejores poemas del siglo XVIII cubano-, le debemos una única décima, bastante airosa, sobre el tema de la fugacidad de la vida:

La más brillante fortuna
Que el mundo puede ofrecer
Encontró Antonia al nacer
En el seno de su cuna:
Mas como no hay dicha alguna
Durable en la vida escasa,
La brillantez de su casa
Y su juventud florida,
Vió Antonia desparecida
Como una sombra que pasa.

Manuel de Zequeira y Arango

Manuel de Zequeira y Arango

Con Manuel de Zequeira y Arango, nacido en La Habana en 1764 y fallecido en la misma ciudad ochentidós años más tarde, el verso en la isla finiquita sus balbuceos y encuentra la primera voz a tomar en cuenta en la poesía cubana. Zequeira no es un poeta de ocasión, sino un autor de obra sostenida y cuidada y de estilo propio. Es, por así decirlo, un profesional. A él le debemos algunas de las décimas más personales y sorprendentes que se han escrito en Cuba. Estalla en las suyas el irreverente humor criollo, que hace del disparate y el desparpajo las principales armas de su voluntad transgresora. En un poema sin título, que es un rosario de despropósitos y anacronismos, Zequeira reduce el mundo al absurdo. Vean cómo empieza este poema:

Yo ví por mis propios ojos
(Dicen muchos en confianza)
En una escuela de danza
Bailar por alto los cojos:
Hubo ciegos con anteojos
Que saltaban sobre zancos,
Y sentados en los bancos
Para dar mas lucimientos
Tocaban los instrumentos
Los tullidos y los mancos.
(…)
Entonces dicen que fué
Cuando con presteza zuma
Salió huyendo Motezuma
Sobre el Arca de Noé:
A este tiempo Berzabé
Con chinelas y tontillo,
En Mantua asaltó un castillo,
Y entre otras cosas que callo,
Dió una carrera á caballo
Sobre el filo de un cachillo.

Pero el poema donde el disparate, desatándose en un escenario onírico, llega a lo surrealista es el titulado “La ronda (Verificada la noche del 15 de enero de 1808)”. Con humor sospechoso, en que parece asomarse una larvada censura —Lezama dice que en este poema “se esboza un sentimiento de protesta”—, Zequeira se describe a sí mismo y narra, en clave fantasmagórica, una ronda de inspección de las que, por ser coronel de milicia, rutinariamente hacía por las murallas que guardaban La Habana. El poema comienza con estas dos elocuentes décimas:

Yo aquel súbdito obediente
Que en grado superlativo,
Soy militar á lo vivo
Y esqueleto á lo viviente:
Yo aquel átomo paciente
Que de nada se lamenta,
Describiré la tormenta
Que con suerte muy contraria,
Yendo de ronda ordinaria
Sufri en noche turbulenta.

A las tres de la mañana
Con viento septentrional
Salí desde el principal
A correr mi tramontana:
Un farol como campana
Conducía un granadero,
Y con el soplo severo
Que el norte consigo atrajo,
Andaban como badajo,
El farol y el farolero.
milanes

José Jacinto Milanés

En el siglo XIX, en el marco del Romanticismo, en Cuba la décima se sitúa en un alto nivel de perfección formal. A ese nivel la llevan autores de excepcional calidad, de óptima formación literaria, duchos en el arte de la versificación, como José Jacinto Milanés y Tristán de Jesús Medina, y otros de menor relieve, como Ramón de Palma Romay, José Joaquín Palma y José Gonzalo Roldán, y quien con el tiempo devendría paradigma de decimista popular, el mítico Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, más conocido por su pseudónimo de El Cucalambé.

El matancero Milanés, en composiciones como las tituladas “Su alma” y, sobre todo, en glosas de marcado acento cubano, como “La muchacha bailadora”, “La caza y la sorpresa”, “Amor y esperanza”, “El sinsonte y el tocoloro”, “Amor que aguarda”, “La ninfa sola” y “Adiós al tiple”, incorpora, a la sencillez y emotividad habituales de su idioma poético, elementos léxicos locales que impregnan de sabor popular sus cuidadas décimas. Otro tanto hace, en su ligera glosa “Canción del guajiro del Cauto”, el bayamés Tristán de Jesús Medina, que tanta fama alcanzó como orador sacro en la España del XIX, a juzgar por lo que de él cuenta Marcelino Menéndez y Pelayo en la Historia de los heterodoxos españoles.

En las ocho décimas que componen el poema “El cisne”, el habanero José Gonzalo Roldán, aún desplegando en su texto una sensibilidad romántica, nos permite apreciar vislumbres anticipadores de esa fabulación hedonista que sería la manera de mirar el mundo —más bien de rechazar la realidad— propia del Modernismo. En este sentido es un síntoma precursor la selección del cisne “de alas de nieve” como cifra de la belleza. Recuérdese, además, que Nieve será el título del libro más modernista de Julián del Casal. Ya en la primera décima de su poema, Roldán nos hace pensar así:

Sobre el cristal de una fuente
Sin guijas y sin espumas,
Tiende sus nevadas plumas
El Cisne tranquilamente:
Erguido el cuello luciente
Se va impulsando tan leve,
Que apenas el agua mueve;
Y con gracioso donaire
A la voluntad del aire
Deja sus alas de nieve.

Por su parte, el también bayamés José Joaquín Palma volvería a tratar lo heroico, pero ahora con la vibración emocional a la romántica, en sus rotundas décimas a Carlos Manuel de Céspedes, que todos los cubanos de mi generación recitaríamos desde niños.

Ven, musa de los pesares,
Ven con el viento que zumba
A sollozar en la tumba
Melancólicos cantares:
¿Oyes? los patrios palmares
Con susurro lastimero
Lloran al mártir severo,
Que allá en nuestro suelo hermoso,
Fue soldado valeroso
Y excelente caballero.

¡Timbre de la patria mía!
¡Su nombre limpio y brillante
Cuba lo guarda arrogante
En paginas de hidalguía!
¿Quién podrá olvidar el día
Que en nuestros campos desiertos
Dio vida a un pueblo de muertos,
Firmando su mano airada
Con la punta de la espada
Nuestra carta de libertos?…

La décima genuinamente popular contó, en la Cuba del XIX, con cultores pletóricos de gracia, pero sobre todos descuellan Francisco Pobeda, conocido en su tiempo por su seudónimo de El Trovador Cubano, y Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé.

Pobeda, que se presentaba como “mísero coplero” y declaraba preferir la espinela, oponiéndola al “estilo altisonante”, se ufanaba de ser el iniciador de la corriente criollista, en la que, como en todo nacionalismo literario, la embellecida descripcion de los elementos pintorescos del paisaje y el paisanaje locales ocupa el centro. Aunque cultivó mucho el romance, y con no poco tino, no hay duda de que es en la décima donde logra dar lo mejor de su expresión.

De forma muy natural funde Nápoles Fajardo el siboneyismo de Fornaris y el criollismo de Pobeda en una versificación desenvuelta, servida por la sagacidad de una mirada minuciosa, a la que no escapan detalles amorosamente seleccionados, y por la afinación de un oído muy musical que proporciona al verso cucalambeano una eufonía incomparable. El Cucalambé es un virtuoso trovero para quien el paisaje de la isla es la principal fuente de inspiración. Una de sus décimas ya clásicas, la que da comienzo a su poema “El amante rendido”, es una estampa vital en la que queda apresada y resumida, como en un emblema, la imagen del país:

Por la orilla floreciente
Que baña el río de Yara,
Donde dulce, fresca y clara
Se desliza la corriente,
Donde brilla el sol ardiente
De nuestra abrasada zona
Y un cielo hermoso corona
La selva, el monte y el prado,
Iba un guajiro montado
En una yegua trotona.

Agustin Acosta

Agustín Acosta

En la primera mitad del siglo XX, paralelamente al auge del repentismo tradicional, la décima conocerá en Cuba el afán renovador de postmodernistas como Agustín Acosta, vanguardistas como Manuel Navarro Luna, puristas como Eugenio Florit y Ramón Guirao y trascendentalistas como José Lezama Lima. Los neopopulistas —el más representativo de los cuales es Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí—, serán el enlace de lo popular con lo culto en la décima cubana de este siglo.

Un tono distinto introduce en la décima el matancero Agustín Acosta, Poeta Nacional de Cuba antes de que este extraño título se traspasara a Nicolás Guillén. Acosta, que traía del modernismo una afición a lo fastuoso, es, en su etapa postmodernista, el poeta cubano que mayor sencillez alcanza en el verso y el más dado, en ese período, a la exaltación de los símbolos nacionales. Moviéndose en esta dirección, impone una tropología y un acento personales a la décima, hasta entonces desconocidos, claramente visibles en las tituladas “Pórtico”, de las que mostraré éstas dos:

Musa patria: pon a tono
con la autóctona belleza
la anacrónica realeza
de tu manto y de tu trono.
No es el perpetuo abandono
de tu púrpura elegida:
es la emoción sorprendida
que, en esa púrpura santa,
borda una estrella que canta
la afirmación de la vida.
(…)
Las lluvias primaverales,
después de un áspero invierno,
pintaron de verde tierno
los nuevos cañaverales.
El agua torció raudales
por los declives del suelo;
la lluvia en límpido velo
cayó en largas hebras finas
como cañas cristalinas
de las colonias del cielo.

El habanero Ramón Guirao, que murió en 1949 y dejó una obra escasa y singular, es el autor de un poema titulado “Sexteto”, en el que, con un lenguaje nuevo y raras asociaciones —es evidente en él el paladeo de la palabra por su solo valor fonético, como en la jitanjáfora de Brull—, introduce un giro inesperado en la cadencia y la sonoridad de la décima. Veamos la que dedica a la guitarra‑tres:

Boca, lágrima, madera,
cuerda de acero y espina
al dedo que no te afina
clavándose en tu cadera.
Amante de larga espera,
espera larga de amante.
Jacinto, nata, flamante
galope de cal y plata,
diapasón de agua escarlata
para mi sangre quemante.

Eugenio Florit

Eugenio Florit

Con su libro Trópico, publicado en La Habana, en 1930, por la Revista de Avance, Eugenio Florit lleva al ámbito de la décima el rigor de lo que Juan Ramón Jiménez llamó, refiriéndose a la poesía de este autor, su “lirismo recto y lento”, definido por el propio Juan Ramón como “fijeza deleitable intelectual”. La décima en Florit adquiere la calidad de una joya trabajada con esmero. Me viene a la mente ahora la frase “enigmas de cristal”, con que Valéry definió la poesía de Mallarmé. Espejeo verbal y apresamiento de sensaciones en un lenguaje facetado y neto hacen de las décimas de Trópico el punto de partida de otras aventuras poéticas, en la línea de la desnudez y el juego, dentro de la poesía cubana contemporánea. Del poema de Florit titulado “Mar” es esta luminosa décima:

Mar, con el oro metido
por decorar tus arenas;
ilusión de ser apenas
por dardos estremecido.
Viven en cálido nido
aves de tu luz, inquietas
por un juego de saetas
ilusionadas de cielo,
profundas en el desvelo
de llevar muertes secretas.

Severo Sarduy

Severo Sarduy

Pasando por las décimas de Lezama, que son espinelas “infieles” en las que métrica y ritmo parecen estar supeditados a la asmática respiración del poeta (“Querido Juan Ramón, / en ti, solo, pulcro y buscando / la estrella nueva cantando…”), y por las deliciosas “Décimas a un tomeguín”, de Roberto Fernández Retamar —evidentemente marcadas por Florit—, las perfectas que Nicolás Guillén dedicó a Manuel Navarro Luna y las conmovedoras que éste escribió a la muerte de su madre (Elegía a Doña Martina), llegamos a esa explosión de malicia verbal, sensualidad y cubanía de las diez décimas que componen la Corona de las frutas, de Severo Sarduy, con una de las cuales terminaré este insuficiente recuento de las venturas de la décima en Cuba:

Por la hoja del caimito
van dos colores trepando:
blanco y verde. No sé cuándo
ni dónde nació este mito.
Salta el sinsonte contrito
y se reposa en la aldaba
de ese cenit, donde alaba
un azul más que celeste.
Y declama en sol: ¡Con éste
se acabó lo que se daba!

El 2009 venezolano: “A la mano cerrada le llamaba puño”

Teódulo López Meléndez, Caracas.

I

teodulo5 Quizás debería dejar sentado que cuando utilizo la palabra tragedia lo hago en el sentido griego clásico. (Esquilo, Sófocles y Eurípides no hacían otra cosa que ocuparse de lo sensible de su tiempo). Es que ahora, en momentos en que se aproxima a su final este 2008 venezolano, hago memoria de la cantidad de muertos que hemos tenido aquí sin que nadie haya ordenado la aplicación de la justicia; por el contrario, se ha aplicado la injusticia convertida en nueva política de Estado.

Si un gobernante europeo ofrece excusas, aunque sean tardías, como lo ha hecho el Primer Ministro griego Costas Karamanlis, un gobierno latinoamericano, como el nuestro, ha observado impasible la caída de las víctimas que su propia acción represiva ha producido. El lanzamiento de los dados sobre el tapete de lo posible es llamado azar. La tragedia es un macho cabrío (τράγος /”trágos”), es decir, el enfrentamiento contra el universo que parece moverse de manera poco convencional o contra los dioses empeñados en una prueba desigual contra la voluntad humana. Los dioses, al fin y al cabo, no eran otra cosa que una creación sobrenatural de lo natural humano para buscar explicaciones que no encontraban en otra parte. No obstante, el hombre se enfrentaba a los desiguales combates dando origen a esa palabra olvidada, a humanismo. La reflexión la llamaron filosofía. Si disgrego es porque pronosticar un año que comienza es azar, y más aún lo es en medio de una tragedia, porque el pronóstico casi toca lo ontológico.

II

No obstante, esta realidad venezolana es pantomima dictatorial. De otra manera no puede llamarse cuando se saquean las dependencias perdidas y se trata por todos los medios de imposibilitar el acceso de los vencedores de la oposición a las dependencias que ganaron con el voto ciudadano, mientras, al mismo tiempo, se ofrecen “puentes” a la oposición; mientras se golpea estudiantes en una acción brutal y se solicita “por amor” que se apruebe la nueva enmienda. La violación del Estado de Derecho es la “normalidad” y el peso abismal del Estado en el uso impúdico para ganar adeptos a las pretensiones de eternizarse en el poder pasa a ser algo tan natural como vestirse con ropajes bonapartistas. El llamado a que todos los funcionarios afines al partido de gobierno sean los jefes de la campaña de quien tiene la corona en las manos y aún no se la coloca en la cabeza a la espera de estar frente al espejo de sumo sacerdote, es el abuso degenerativo insoportable que preside la entrada al nuevo año venezolano.

Puede ganar su apuesta de jugador de ruleta rusa. Las elecciones normales se ganan o se pierden, diría Perogrullo de la mano de don Francisco de Quevedo y Villegas, pero no podemos olvidar que el personaje que quizás existió y era considerado un “escritor quimérico”, “a la mano cerrada le llamaba puño”. Lo que viene en Venezuela es el puño. Si no se puede con todo el peso del Estado y con las triquiñuelas amamantadas en estas próximas elecciones anormales, golpeará con otras formas y maneras, tal como lo ha hecho después de las elecciones regionales.

El decorado es de pantomima, pero el contenido de la obra es de tragedia. No bastará con ir y ganar de nuevo la repetida pretensión de eternizarse. Una vez más hay que estar preparado para lo que vendrá después, independientemente del resultado. La “mano cerrada” llegará también en caso de que se alce con la ponzoña amañada. La foto del gobierno venezolano en el 2009 es exacta a esa que hemos visto del gorila golpeando al estudiante hace escasos días. No tenemos escapatoria ni cuevas perentorias donde ir a escondernos, por lo que reitero mi aversión por esa frase tan ingenua de pedir que “nos deje pasar en paz la Navidad”. La república no tendrá paz ni consuelo. Se parte de que el poder fue adquirido para siempre y no se suelta. La posibilidad de que el poder se pierda hace que en los dedos del puño cerrado se coloquen esas anillas de metal que los gansters utilizan para fracturar la mandíbula de quienes hay que someter.

En el 2009 venezolano no hay lugar para ingenuidades. Cabe, una vez más, recordar que aquí no se lucha para reponer el pasado, para que los “amos del valle” vuelvan a desafiar con sus poderes la necesidad de democracia con justicia. Cabe recordar que hay que partir del presente, respetando y estimulando toda organización comunal, eso sí, desprovistas de la costra decaída del sectarismo y del abuso “ideológico”. Se nos ha sometido a una guerra de desgaste que entremezcla la sucesión ininterrumpida de pequeños golpes de Estado, pero que puede llegar hasta el zarpazo final, a la patada a la mesa, al abandono de las apariencias de conveniencia.

III

El mundo actual es otro, puede argumentarse, uno donde no es posible la dictadura abierta. Es verdad a medias, y lo comprobamos en Zimbabwe donde ahora se clama por la ida del dictador con el cual ya no se puede hacer negocios y la única posibilidad es la de gastar dinero para atender a los moribundos del cólera, que son cargados en carruchas como testimonio de la larga espera norteamericana y europea para presionar la salida del dictador.

Allí está el Tratado de Roma y la Corte Penal Internacional, puede argumentarse, escenarios donde se pagarán, tarde o temprano, los crímenes. Es verdad, y vimos y vemos cómo se juzga a los criminales de guerra que brotaron como hongos ante la disolución de Yugoslavia, sólo que después de que los genocidas habían perdido el poder y la conciencia se tradujo en acción para frenar la matanza.

Allí está el Tribunal Penal Internacional condenando a cadena perpetua al coronel Thenoeste Bagosora por el genocidio en Ruanda. Es verdad, pero primero la milicia hutu asesinó a 800 mil personas de la minoría tutsi. La tragedia no fue frenada, la tragedia pende sobre la conciencia de un mundo ahora capaz de condenar, pero no de evitar.

Ya hablar de dificultades en un nuevo año venezolano es transformarse en Perogrullo. Se hace necesario abatir el engaño de la posibilidad de treguas y la de convertirnos en avestruces evocando la calidez artificial de un diciembre preñado de arbolitos de Navidad y aun de pesebres. Los venezolanos deben saber que “a la mano cerrada le llamaba puño” y que el 2009 será duro, no sólo porque seguimos dependiendo del petróleo que se cae en precios y en posibilidades futuras, sino por la ineficacia de un régimen que se verá abultada y a punto de estallido y porque ese puño envuelto en violaciones a la Constitución partirá de la base de que el poder se conserva a cualquier precio.

La Revolución

mdm-fotoDentro de unos días, el 1 de enero, cumplirá medio siglo la dictadura castrista –también llamada Revolución Cubana–, la más longeva, opresiva y devastadora que ha conocido el Continente americano desde la independencia. Su longevidad se debe, en primer lugar, a que ha contado con más apoyos internacionales que ninguna otra, tanto de la izquierda como de la derecha, incluso de gobiernos, partidos e instituciones de toda índole que presumen de su compromiso con la democracia y los derechos humanos.

Por principio, los Estados democráticos deberían favorecer la transición en Cuba. Parece lo lógico. Pero eso depende de la calidad moral, la tendencia política y los intereses partidistas de quienes gobiernan. Generalmente, para el político en el poder no cuentan tanto los principios como los fines. Los escritores y los artistas tendemos a sobredimensionar el papel de la ética en la política, de ahí nuestras repetidas perplejidades y decepciones.

El régimen instaurado en Cuba hace cincuenta años ha sido una rigurosa universidad para quienes lo hemos padecido en carne propia y con los ojos abiertos. De él deberían aprender quienes, pese a todo lo que ha pasado en el mundo en el siglo XX, todavía creen que la “disciplina social” impuesta por una autocracia totalitaria en nombre del Estado o del proletariado es el remedio que nos librará del “desorden” liberal y de los riesgos del capitalismo.

La principal de las lecciones que los cubanos hemos aprendido en el aula de los Castro es la de que los caudillismos de izquierda son tan nocivos para las naciones como los de derecha –todos los caudillismos son fascistas–, y que las libertades democráticas resultan imprescindibles para el progreso material y el equilibrio espiritual de los pueblos porque ellas garantizan el libre desenvolvimiento de las iniciativas individuales –fuerza vital de las naciones–, que jamás deben ser suplantadas por los dogmas y caprichos de una secta dirigente. Cuando esto último ocurre, el fracaso está asegurado, como lo demuestra la experiencia cubana.

Si usted, amigo lector, ve un país donde no hay separación de Poderes, donde sólo se permite un partido, donde no se admite más prensa que la oficial y es perseguido el periodismo independiente, donde disentir del gobierno se considera traición a la patria, donde está prohibido caricaturizar a los dirigentes, donde criticar al jefe del gobierno es un “desacato” castigado con la cárcel, donde la actividad económica es dirigida total y arbitrariamente por el Estado, donde el ciudadano tiene que pedir permiso al Estado para salir del país y regresar a él, donde se puede estar encarcelado sin cargos ni juicio todo el tiempo que las autoridades quieran, donde un ciudadano puede ser detenido porque se presume que va a delinquir, donde hay doscientas cárceles y más de doscientos presos políticos, donde se aplica la pena de muerte a voluntad del gobernante, en fin, donde hay un Gran Hermano cuya palabra es ley y donde lo único que prospera son las ruinas y la miseria, es que usted está viendo Cuba.

Estoy seguro de que la democracia llegará a esa desgraciada isla, pero aún le queda mucho camino. Con los Castro no la esperemos, y después de los Castro sólo los dioses saben qué obstáculos tendrá que sortear. La democracia en Cuba tendrá que encararse, de entrada, a los estragos que medio siglo de totalitarismo ha hecho en la conciencia cívica del cubano.

__________________________________________
Para el diario La Provincia, Canarias.

2009, el mundo trágico

Teódulo López Meléndez, Caracas.

teodulo4Mientras más miro hacia el 2009 más tragedia veo. El mundo parece aproximarse hacia una provisionalidad que todo lo abarca, trabajos interinos, ingresos provisionales, seguridad momentánea, frustración apenas apaciguada por salidas temporales.

Las crisis económicas tocan el estómago y desatan los incontroles, pero siempre subyacen debajo de ellas una inconformidad política y un agotamiento de las formas de gobierno. Las crisis económicas son crisis políticas. Las crisis políticas son crisis de hartazgo, de impotencia y de desesperación.

Lo sucedido en Grecia ha sido despachado con la prontitud de unas protestas por la muerte de un adolescente a manos de la policía. Es mucho más que eso. Se trata de un cansancio de la juventud griega que puede extenderse como pandemia por toda Europa. Las razones económicas están a la vista: desempleo, bajos salarios y servicios sociales deficientes, pero más allá hay un hartazgo de la conducción política. La juventud griega exige ser escuchada y aunque con marcadas diferencias con la juventud francesa del famoso mayo, arrasa a su paso los símbolos visibles del status, desde el parlamento hasta los bancos comerciales.

Recurren a Internet y a los teléfonos celulares que son la nueva manera de encender y dirigir las protestas no sólo en su propio territorio sino en acciones por toda Europa. Ya lo dijo alguien, la tecnología está ahora al servicio de la turba y la turba puede ser buena o mala, espontánea o dirigida, destructiva o partera. La sociedad europea se fragmenta y es profundamente simbólico que haya sido en territorio griego donde la desesperación haya tomado la calle para dejarle saber a los políticos europeos que en el 2009 pueden enfrentar un estallido de proporciones incalculables.

Estados Unidos atraviesa unos días entre la ilusión y el miedo. La ilusión la encarna el presidente Obama con un mensaje de renovación del espíritu norteamericano y una promesa de reencuentro. El miedo está representado en la pavorosa crisis económica y en la posibilidad de que la violencia latente tronche la esperanza por momentos adquirida. Los nombramientos de Obama apuntan a un gobierno inicial de centroderecha –de otra manera no podía ser– que le ocupará quizás los dos primeros años de su mandato. Deberá poner orden en lo económico, en una preocupación agravada con el desempleo que vendrá y en la caída en la desesperación de quienes vean perdidos sus puestos de trabajo y sus viviendas y deberá enfrentar la presencia militar estadounidense en el mundo, el terrorismo que hará de las suyas y la conversión de la sociedad en una donde se violan los derechos civiles y se distorsiona el espíritu jurídico y de libertad, desde el cáncer que representa la prisión de Guantánamo hasta la evidente inconstitucionalidad de normas que han hecho de los Estados Unidos una sociedad más represiva desde el 11 de septiembre.

El calentamiento global produce huracanes donde no los había, sequías en otras partes, grandes lluvias que desbordan los ríos e inundan sembradíos y viviendas, calores insoportables e inviernos de congelación. He seguido con especial atención la cumbre sobre el tema celebrada en Polonia y he firmado la carta de presión que la organización Avaaz ha dirigido al trío de gobiernos renuentes a ceder, en especial el italiano de Berlusconi. Quizás la reunión de Obama con Al Gore para discutir el tema indique que el nuevo gobierno de Washington se apresta a tomar medidas y tal vez el documento final de la cumbre polaca indique un poco de esperanza.

El proceso de destrucción del planeta lo sentimos también en Venezuela. Nuestro clima tradicional ha dejado de serlo. Ahora vivimos lluvias copiosas que producen grandes desastres. No hemos percibido con exactitud que el uso indiscriminado de energía está tocando a su fin. Mientras los grandes glaciares se fracturan y se reducen crecen los niveles del mar y algunas de nuestras islas –las que marcan territorialidad– están amenazadas y algunas de nuestras ciudades vecinas al mar pueden entrar en peligro. La inmensa población que vive en los cerros será la victima, habrá deslaves y tragedias y una vez más comprobaremos la ineficacia para dar vivienda digna a nuestros pobladores más pobres.

No soy un pesimista, más bien tiendo a lo contrario, a confiar en la potencialidad creadora del hombre en estos tiempos en que el humanismo ha entrado en desuso. Creo que dividir al mundo entre optimistas y pesimistas es tan dañino como dividirlo en extremistas de izquierda y de derecha o tan inútil como separar en apocalípticos e integrados a los que miran el fenómeno de los massmedia, tal como en su momento lo hizo Umberto Eco. Creo, por el contrario, que debemos mirar al mundo y a nuestro país con los ojos de la claridad y de la conciencia. Como realidad global estamos en problemas sin que la humanidad tome plena cognición de que ha terminado un período de bonanza y que entramos no sólo en uno de perplejidades económicas sino también de perplejidad filosófica, todo sin que se entienda a perfección que marchamos hacia sociedades multiculturales integradas donde las peculiaridades sobreviven en medio (y en) de un mundo intercomunicado y posible de solidificarse en la convivencia.

ste siglo nos está diciendo que no entramos, como en ocasiones anteriores, en el esplendor de la razón, de la religiosidad o del estallido de neovanguardias que vengan a transformar nuestra concepción de la palabra y del arte. Este siglo nos está diciendo que entramos en un tiempo de aprietos, de grandes reacomodos, de terribles dificultades de lo humano. Hasta tal punto ha llegado nuestro desvarío que podríamos atrevernos a hablar de un reacomodo cultural global, de una posibilidad latente de repensar lo humano o de hundirnos en el caos de la irresolución. Tal vez este 2009 que nos anuncia tragedia nos conceda el asomo del pensamiento, pues es en él donde el hombre ha encontrado las maneras de alzarse de sus caídas. Tal vez sea más que un oráculo la crisis griega que nos ha hecho estos días arrugar el ceño y reflexionar sobre nuestro destino.

Diez años sin Fernando

quinones-portada

Hace diez años que echo de menos a Fernando Quiñones, el hombre más vital, generoso y optimista que he conocido. Murió en noviembre de 1998 en la ciudad de Cádiz, el rincón de Andalucía que más amaba –amor que comparto–. Había nacido cerca, en Chiclana. Tenía 68 años. Jorge Luis Borges lo admiró, lo elogió, lo premió y fue su amigo. Rafael Alberti también lo quiso y lo distinguió. Pero la crítica española, no sé por qué, le ha regateado la atención que su narrativa y su poesía, espléndidas, merecen. La historia de la literatura está llena de autores que empiezan a ser vistos después que mueren, y me parece que a Fernando le tocó militar en esta melancólica legión. En estos días, en homenaje al creador de la Legionaria y otros inolvidables iconos populares andaluces, Alianza Editorial ha puesto a la venta en España el libro Fernando Quiñones. Las crónicas del hombre, en cuyas 560 páginas la escritora y profesora de Literatura de la UNED Amalia Vilches, apoyándose tanto en los papeles como en el testimonio vivo de quienes tratamos a su biografiado, expone con estilo desenvuelto y amenidad la vida de Fernando y los avatares de su obra. Desde este blog me incorporo al homenaje a Fernando con el poema que escribí por su muerte y con dos fotografías: en la primera, ambos estamos con un amigo común, hace veinte años, en el atrio de El Escorial; en la segunda, meses antes de su fallecimiento, conversamos en el Museo Arqueológico de Cádiz después de una lectura de poemas que hice allí y que él promovió.

Quiñones, Ramón Viado y yo. El Escorial, 1989.

Quiñones, Ramón Viado y yo. Monasterio de San Lorenzo del Escorial, 1989.

FERNANDO QUIÑONES SE NOS FUE DE VIAJE

¡Eh, Fernando!,
esta vez el viaje es bien distinto.
Este viaje es el más largo:
dura las mil noches de la eternidad.

El tren sube —¡qué bien
seguirle siendo fiel al Talgo!—
balanceándose brumosamente
sobre rieles invisibles
que atraviesan los aires de Vejer,
de Ubrique, de Arcos, de Medina,
dejando atrás, y abajo, ¿ves
las luces de El Puerto, de Tarifa?,
dejando atrás, y abajo,
Chiclana, Grazalema,
Cádiz (y, en Cádiz, la Caleta)…

Irás mirando por la ventanilla
el paisaje sideral
mientras tu último poema,
el mejor de todos
(el que nunca podemos acabar),
en esa noche que transitas
te irá brotando de los dedos
como un fax.

Ah, Fernando,
si ves a Juan Ramón le dices
que tú y yo siempre supimos
que la poesía es impura,
como lo demás.

(20.XI.98)

Mi última foto con Fernando. Cádiz, 1998.

Mi última foto con Fernando. Cádiz, 1998.