Ni santos ni inocentes

Teódulo López Meléndez, Caracas

teodulo7No se trata de bufones, personajes proclives a la burla sardónica. Se trata de payasos, y no de aquellos que se dedican a hacer reír a los niños y a algunos adultos, los que merecen todo el respeto. El primer payaso que recuerde se llamaba Tersites y aparece brevemente en el segundo canto de La Ilíada. Era un payaso serio. Los payasos son generalmente vistos con vestimentas extravagantes, maquillaje excesivo y pelucas llamativas. Ahora los payasos de este circo venezolano llevan identificaciones como titulares de los poderes públicos y de seriedad no tienen ni asomo.

No sé si los payasos se originan en los bufones. Bufón viene del italiano “buffo” (risible, cómico). Los bufones de las cortes me­dievales eran casi siempre enanos. Su oficio consistía en hacer reír a los po­derosos a cambio de comida y casa. Cuando soltaban alguna impertinencia recibían sus golpes y castigos, porque a pesar de la comida eran irreverentes. Podemos, en buena medida, verlos en los cuadros de Velázquez compartiendo con los Infantes e Infantas de la familia real.

No, estos de ahora no merecen ser llamados bufones, a no ser algunos que se aguantan sus buenas raciones de golpetazos a cambio de seguir comiendo. Estos son payasos nada serios, algunos disfrazados de profesores universitarios e invocando cátedra mientras pronuncian desvaríos, otros jornaleros parlamentarios de profunda incivilidad que no ocultan su rustiquez al hablar mal y enseñar la lengua gastada de tanto lamer al amo.

Quizás, y aproximadamente, esto sea un carnaval donde todo es permitido como en la Saturnalia o en las celebraciones dionisíacas griegas y romanas llamadas Bacanales. Todo está permitido contra el erario público, contra la dignidad ciudadana y contra la ética. Nada dentro de la Constitución, todo fuera de ella. Se trata de agradar al amo. Los disfraces implican la sustitución de las “camisas pardas” y de las “camisas negras” por “camisas rojas”, pero al igual golpean, son auténticos grupos paramilitares para hacer el trabajo sucio de la intimidación. Al igual que aquellas, son asalariados del Estado para ejercitar los puños que los órganos represivos oficiales deben ejercitar con mayor cautela, mientras haya visos de legalidad y de democracia.

Ilustración de Fernando Vicente para la portada del Nº 86 de la revista LETRAS LIBRES.

Ilustración de Fernando Vicente para la portada del Nº 86 de la revista LETRAS LIBRES.

El 28 de diciembre es Día de los Santos Inocentes por decisión soberana de Herodes Agripa II, nieto del rey Herodes, para conmemorar la matanza ordenada por su abuelo. En algún lugar de España se celebra en esta fecha la Fiesta de los Locos, una que data de principios del siglo XVII y que bien puede explicar que el 28 de diciembre se haya convertido en un día propicio para las burlas y los engaños. Consiste, esta fiesta quiero decir, en que algunos disfrazados de locos, vestidos con ropas estrafalarias y con maquillajes llamativos, tal como unos payasos, tendrán el poder durante unas horas. Aquí hemos modificado algunos aspectos y los orates quieren el poder para siempre. Quizás todo se asocie en la idea de ponernos a votar en carnaval. Lo cierto es que este territorio en que habitamos ha dejado de ser una república para convertirse en un erial de desfachatez y de incordia. Los valores fueron demolidos, la sensatez echada a la basura, los principios triturados, la decencia disuelta, la moral y la ética escupidas y la locura hecha gobierno.

No queda república. Somos sólo un territorio apenas delimitado en lo geográfico. Jurídicamente seguimos siendo un Estado, pero jurídicamente no somos nada. La ley proviene del sueño nocturno más parecido a pesadillas. El pacto social que nos identificaba como venezolanos ha sido roto y ahora el absoluto irrespeto y la agresión moral y física contra el “enemigo” que debe ser aplastado es la norma, como en el siglo XIX, donde no había ciudadanos sino montoneras peleándose el poder con la esperanza de que del enemigo no quedara ni recuerdo.

II

Esto es una bacanal, no un país. Es absolutamente irracional lo que protagonizan, su capacidad de adulación ha llegado a lo rastrero y no se les puede llamar serpientes –animal preferido de Nietzsche, por aquello de que era lo más cercano a la tierra– pues sería ofensa al filósofo alemán y a las serpientes mismas, de tal modo que habría que buscar otros sustantivo, otra expresión que ya nos resulta imposible de localizar. Tal vez sea parásito, tal vez gorrón, tal vez prueba fehaciente de la disolución en la abyección y en el escarnio.

La república carece de todo, ya no es una república. La han disuelto estas caricaturas, estos payasos que roban y destruyen, que asaltan e irrespetan los más elementales principios de la civilidad. Somos un montón de gente al garete, sujetos a la voluntad de un amo, un remedo de nación –como Zimbabwe– aquejada del cólera de los payasos que cobran por agredir y que cobran por adular aprobando todo lo que el amo mande y que cobran por arrastrarse aplaudiendo como locos cuando el amo expropia una avanzada construcción, como el centro comercial de La Candelaria, en ejercicio de un populismo grotesco que proclama altisonante que ese edificio será bueno para un hospital o para una universidad. Eso es el populismo que enferma, el que invoca razones que suenan bien, matando toda iniciativa y cancelando a su capricho miles de puestos de trabajo.

Vivimos en el desvarío. No hay posibilidad de desear un feliz año. Estos payasos son el brote perplejo de unos genes subyacentes que creen que el Estado es un botín a disfrutar. Son la victima propicia de un populismo engañador y cruel que nos conduce a ser una republiqueta sembrada de miseria. Estos payasos son escoria escapada de nuestro pasado de montoneras, defecación de la historia que se venga. Si el amo dice que el referéndum debe ser el 15 de febrero se inclinarán serviles y correrán a complacerle. Los payasos llevan el rostro pintarrajeado y sobre el traje colorado la pequeña placa que los identifica conforme a la institución devaluada que conserva apenas el nombre, como esta república apenas conserva el suyo como un apelativo aherrumbrado.

III

No habrá feliz año. Este erial entra ahora en la factibilidad de la tiranía sin sombrillas, sin maquillaje, sin disfraz de payasos. Los payasos se convertirán en comisarios políticos entregados a la represión abierta si los venezolanos no reaccionamos. El 2009 no será un año feliz. Ya los economistas –y quienes no lo son– han dicho todo sobre lo que nos espera. La tranquila clase media no tendrá dólares para regocijarse en el exterior, la inflación será africana, la escasez será sahariana, los dátiles brillarán por su ausencia en este que fuera en cierta medida campo posible a la producción de alimentos y ahora un desierto sin oasis. Lo que viene no excluirá a los “alegres” asalariados de camisa roja. Se hundirán con el erial y aquí tendremos que pensar de nuevo en cómo hacemos para volver a merecer el calificativo de república.

No puedo pronosticarles “Feliz Año” a mis compatriotas porque si lo hiciese estaría engañándoles. Lo único que puedo preverles es “sangre, sudor y lágrimas”, en una batalla para recobrar la libertad, para derrotar al totalitarismo, para empujar una justicia social y una dignidad recobradas. El 2009 será uno de intento sostenido por la imposición totalitaria. La república deberá despertar, deberá erguirse, deberá recuperar los genes de los Padres Libertadores hoy lanzados a pudrirse en las células cancerosas que consumen a la patria.

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