Crónica roja

Se han cumplido 90 años del asesinato del zar Nicolás II y su familia, ocurrido en la noche del 16 al 17 de julio de 1918, en el sótano de una casa de los Urales en la que estaban retenidos por orden del gobierno bolchevique, o sea, de Lenin. Además del zar, la zarina y sus cuatro hijos, fueron eliminados los sirvientes y el médico de la familia.

Acabo de enterarme por un artículo del corresponsal del ABC en Moscú de que la Fiscalía rusa atribuye ese magnicidio con dimensión de masacre a “un puñado de delincuentes comunes”, versión con la que tropiezo por primera vez después de leer a lo largo de años incontables páginas sobre el tema.

Me pregunto cómo ese “puñado de delincuentes comunes” consiguió entrar en casa tan rigurosamente custodiada, situada en una ciudad, Ekaterinburgo, que en aquellos momentos era, en el escenario de la guerra civil, un importantísimo enclave del Ejército Rojo.

La versión de que el magnicidio fue obra de los bolcheviques se basa en testimonios de personajes muy notables estrechamente vinculados a Lenin, como, entre otros, Nadiezda Krúpskaya, su mujer, y León Trotski, su Comisario para asuntos militares. Krúpskaya dejó dicho que el mando del Ejército Rojo en los Urales “recibió órdenes concretas de Moscú el 14 de julio de 1918”. Por su parte, Trotski, quien da por buena la matanza argumentando que “tal decisión no sólo era conveniente, sino necesaria para demostrar que no había vuelta atrás”, escribe en sus memorias que Jákov Svierdlov, uno de los máximos dirigentes del Comité Militar de la Revolución, aseguraba que Lenin ordenó el crimen para “no dejar a los blancos una bandera viviente que seguir”.

Veamos lo que dice Trotski en un artículo de noviembre de 1938:

Me preguntan qué papel personal desempeñé en el asesinato de Rasputín y en la ejecución de Nicolás II. Dudo que este problema, ya que pertenece a la historia, pueda interesar a la prensa; trata de cosas que pasaron hace mucho.

Yo nada tuve que ver con el asesinato de Rasputín. Rasputín fue asesinado el 30 de diciembre de 1916. En ese momento mi esposa y yo nos hallábamos a bordo de un barco que había zarpado de España rumbo a Estados Unidos. Esta separación geográfica basta para demostrar que yo no tuve participación en el asunto.

Pero existen también razones políticas profundas. Los marxistas rusos no tenían nada en común con el terrorismo individual. Fueron los organizadores del movimiento revolucionario de masas. El asesinato de Rasputín fue, en realidad, obra de ciertos elementos que rodeaban la corte imperial. Participaron directamente en el asesinato, entre otros, el diputado ultrarreaccionario monárquico de la Duma Urishkevich, el príncipe Yusupov, pariente de la familia real, y otras personas de esa calaña; parece que uno de los Grandes Duques, Dimitri Pavlovich, tuvo participación directa.

El propósito de los conspiradores era salvar la monarquía, liquidando a un “mal consejero”. El nuestro era liquidar a la monarquía junto con todos sus consejeros. Jamás nos ocupamos de aventuras de asesinatos individuales, sino de la tarea de preparar la revolución. Como es sabido, el asesinato de Rasputín no salvó a la monarquía; la revolución sobrevino apenas dos meses después.

La ejecución del zar fue otra cosa totalmente distinta. Ya el Gobierno Provisional había arrestado a Nicolás II; lo mantuvo bajo custodia primero en Petrogrado, luego en Tobolsk. Pero Tobolsk es una ciudad pequeña, sin industria ni proletariado, y no era una residencia bastante segura para el zar; era de esperar que los contrarrevolucionarios intentaran rescatarlo para ponerlo a la cabeza de los Guardias Blancos. Las autoridades soviéticas trasladaron al zar de Tobolsk a Ekaterinburgo (en los Urales), un importante centro industrial. Allí se le podía garantizar una custodia adecuada.

La familia real vivía en una casa particular y gozaba de ciertas libertades. Hubo una propuesta de hacerles al zar y a la zarina un juicio público, pero no properó. Mientras tanto, el curso de la guerra civil dispuso otra cosa.

Los Guardias Blancos rodearon Ekaterinburgo y podía esperarse que cayeran sobre la ciudad de un momento a otro. Su propósito fundamental era liberar a la familia imperial. En esas circunstancias el soviet local decidió ejecutar al zar y a su familia. (El énfasis es mío.)

En ese momento yo me hallaba en otro sector del frente y, por extraño que parezca, me enteré de la ejecución una semana más tarde, si no más. En medio del torbellino de los acontecimientos, el hecho no me impresionó mayormente. Jamás me preocupé por averiguar “cómo” ocurrió. Debo agregar que demostrar un interés especial en los asuntos de realeza, gobernante o depuesta, evidencia cierto grado de instintos serviles. Durante la guerra civil, provocada especialmente por los capitalistas y terratenientes rusos con la colaboración del imperialismo extranjero, murieron cientos de miles de personas. Si entre ellos se encuentran los miembros de la dinastía Romanov, es imposible no ver en ello un pago parcial de los crímenes de la monarquía zarista. El pueblo mejicano, que fue muy duro con el Estado imperial de Maximiliano, posee una tradición al respecto que no deja nada que desear.

En este artículo, como vemos, el “profeta desarmado” da la versión –sumamente dudosa, pero más creíble que la del “puñado de delincuentes comunes”– de que la masacre que él llama “ejecución” la decidió el soviet local de Ekaterinburgo. Y eso que, según él, “Jamás nos ocupamos de aventuras de asesinatos individuales”. Pero tiene razón: éste no fue un asesinato individual, sino colectivo.