De mi archivo: “Notas sobre la vieja y la nueva generación” (y 2)

Virgilio Piñera

Era éste el panorama cuando hacia 1950 empieza a despuntar la actual generación. Nosotros le dejábamos por toda herencia (obra aparte) sólo desdén y muro de lamentaciones. Para colmo de males el cuadro de la vida nacional se había vuelto más sombrío y negativo. Por otra parte, era una generación que, en líneas generales, se desconocía entre ella misma. La vida cubana se había hecho tan caótica, la falta de fe era tan marcada, que necesariamente se reflejaría en la literatura. Esta generación ni siquiera se había visto con una brújula precaria como la que nosotros tuvimos para sortear o tratar de sortear los escollos. Esos nuevos escritores no tenían el recurso de la capilla y mucho menos lanzar una revista con cierto carácter de continuidad. No es un azar si al advenimiento de la Revolución el noventa por ciento de ellos permanecían inéditos. Es muy explicable que eso que puede ser llamado el entusiasmo literario al estado puro no les sirviera de nada. ¿Para qué publicar si será leído por unos pocos? ¿Pagar sus propias ediciones y encima tener que regalar los libros, como lo hicimos nosotros por veinte años?

En una palabra, por cuarta o quinta vez iba a recomenzar en Cuba republicana el drama de una nueva generación literaria con las mismas características de las generaciones precedentes. Si el país no cambiara sus gobernantes, si no se producía una revolución que echase los males por la borda, el destino de la generación en turno sería tan azaroso y conflictivo como azarosa y conflictiva era la vida de la nación.

Como acabo de apuntar, estos nuevos escritores sentían, por simple confrontación, que repetir la táctica gastada del desprecio equivalía lisa y llanamente a la autodestrucción. Pero, al mismo tiempo, no pasaron a la acción; les faltaba, a semejanza nuestra, la adecuada preparación para la lucha política. Es un hecho digno de ser estudiado que a pesar de la oposición sistemática del estudiantado contra las sucesivas dictaduras y a pesar de la preparación política de dicho estudiantado, los escritores cubanos, con la excepción de los enrolados en las filas del PSP [Partido Socialista Popular, comunista], nunca fueron ganados para esas luchas. No podían serlo por la sencilla razón de que nunca fueron clase representativa y ni siquiera una clase. Aunque muy pocos de los nuevos escritores pasaron por las aulas universitarias, casi todos ellos pasaron en cambio por los Institutos de Segunda Enseñanza (notables focos de sedición). Sin embargo, no podían juntar política con literatura. Seguía vigente el esquema tradicional impuesto por las circunstancias arriba descritas: la política por un lado, la literatura por otro. Aclaro, para evitar malentendidos, que en cada una de estas generaciones pudo haber uno, dos o tres escritores con total conciencia política que llegara hasta el activismo, pero una golondrina no hace verano, y ni dos ni tres tampoco. Meterse de lleno en la lucha política comportaba el riesgo de fracasar en el empeño y al mismo tiempo perderse como escritor. Tal parecía que estuvieran escritas leyes inmutables proclamando que se eternizaría el estado de cosas imperante. En estas condiciones resulta difícil inclinarse hacia la acción.

Uno se pregunta con la consiguiente angustia qué hubiera sido de estos jóvenes escritores de no haberse producido el triunfo revolucionario. Para empezar: la expatriación, cuyo daño capital es alejar al escritor de sus fuentes de inspiración, de sus motivaciones más entrañables. En 1959 vivía en el extranjero una buena parte de esa generación y algunos de ellos llevaban sus buenos años alejados de Cuba. Un ligero recuento arroja los siguientes nombres: Heberto Padilla, Antón Arrufat, Pablo Armando Fernández, José Álvarez Baragaño, Walterio Carbonell, Jaime Sarusky, César Leante, Calvert Casey, Humberto Arenal, Fayad Jamís, Edmundo Desnoes, Nivaria Tejera, Rogelio Llópiz, Rolando T. Escardó. Pensemos optimistamente que perseverarían en la literatura, pensemos, sin duda alguna, que proseguirían con los ojos puestos en la patria lejana y reflejándola en sus escritos en la medida de lo posible. No por ello iban a dejar de ser escritores perdidos para Cuba. Si contrariamente, se cansaban del exilio y regresaban, no cambiarían en nada su condición de generación perdida y serían víctimas propiciatorias de la regresión cultural que, con cada año venidero, se haría más intolerable, más negativa, más destructiva.

Felizmente, la pesadilla se borró. La nueva generación hizo sus maletas para regresar al país. Pero las maletas no estaban solamente llenas de ropa; en ellas iba también un sentido realista de la vida, que a nosotros nos faltó. Este sentido tuvo su conformación, de una parte, en la experiencia de los años de expatriación, de otra parte, en el reflejo de la visión política de Fidel Castro y de su agudo sentido de la realidad. Ahora bien, en ese plano de lo real caben muchas otras realidades que, a su vez, se confrontan con la Política, realidad determinante. Una de esas realidades es, ¡quién lo ignora!, la Cultura. Pues bien, para la nueva generación, felizmente reagrupada, ya no amenazaba y negativizaba el viejo dualismo Política-Literatura. A ninguno de ellos se le iba a ocurrir hacer la literatura por sí sola, ninguno de ellos caería en la trampa de la literatura tomada como refugio porque esa trampa ya no tenía razón de ser y los tramperos habían sido barridos de plano. Nosotros hicimos literatura de refugio porque vivíamos en un país sembrado de trampas; nuestra obra, a pesar de su posible calidad, era pesimista porque se vivía en términos de pesimismo y frustración.

La nueva generación, si sabe aprovecharlos, tiene los triunfos en su mano. Tienen, como escritores, los mismos derechos (y, por supuesto, deberes) que los dirigentes políticos. Conscientes de que política y literatura están profundamente relacionadas y compenetradas, están en magníficas condiciones para expresar la realidad de la vida que bulle en torno a ellos. Ni hablar de literatura panfletaria. Ésa era procedente (y nosotros no la hicimos) en la época de la reacción. En ésta de la Revolución, basta la literatura por sí misma. ¿Y por qué por sí misma? Porque ahora la Literatura es un apéndice de la Revolución, una rama más del árbol revolucionario.

Si alguien piensa que por su carácter de apéndice será una literatura formal, gris, pasiva, ahí está para desmentirlo la producción de los nuevos escritores a los tres años de Gobierno Revolucionario. Estos escritores, que como he dicho, en su inmensa mayoría, eran completamente desconocidos por impublicados, al día de la fecha despliegan ante nuestra vista sus libros. Libros como La Búsqueda (Sarusky), No hay Problema (Desnoes), Así en la Paz como en la Guerra (Cabrera Infante), Los Puentes (Jamís), El Vivo al Pollo (Arrufat), Toda la Poesía (Fernández), Con las Milicias (Leante), Cuba, ZDA (Otero), Poesía, Revolución del Ser, Himno a las Milicias (Baragaño), El Regreso (Casey), Libro de Rolando (Escardó), Cuentos Completos (Cardoso), La Ceiba (Hurtado), El Amor como Ella (Díaz Martínez), etc. etc. Si esta obra es formal, gris y pasiva habría que pensar que el árbol de donde procede está enfermo, lo cual es exactamente lo opuesto.

La generación que está en la brecha sabe por dónde camina y está, como ahora se dice, “muy clara”. Camina de la mano con Política y Literatura, marcha al ritmo de la Revolución, observa su curva, anota y escribe lo que ve, es decir, escribe la Revolución. ¿Podría negarse que es una generación que se ha encontrado a ella misma y que es tan soberana como soberana es hoy día la nación cubana? La célebre frase de Hobbes: “Mi madre dio a luz dos gemelos: Yo y la angustia”, que bien hubiéramos podido nosotros los de la vieja guardia tomar por divisa, hoy se ha cambiado, para los escritores de la nueva generación en esta variante: “Mi madre dio a luz dos gemelos: Yo y la Revolución”.

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Este artículo, que hoy resulta patético -sobre todo si se sabe que su autor fue una víctima de esa Revolución con mayúscula en que tanto confiaba-, se publicó en La Gaceta de Cuba, Nº 2, La Habana, 1 de mayo de 1962.

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