De mi archivo: “Notas sobre la vieja y la nueva generación” (1)

Virgilio Piñera

Alrededor de 1942 mi generación tenía treinta años, es decir los que ahora tiene –más o menos– la generación que está en la brecha. No estaría de más ver los puntos de contacto y las diferencias entre una y otra.

En 1933 –año de la caída de Machado, año igualmente de la Revolución traicionada y año de la represión anticomunista– nuestra generación apenas llegaba a la veintena. Cinco años más tarde hacíamos nuestra entrada en la literatura. Por cierto, una entrada tan precaria como precaria era la vida de la nación, consecuencia de los golpes bajos que la política y los políticos le habían propinado.

Nuestra generación se caracterizó por un total desapego de la política. Nos pusimos a la defensiva. Casi todo lo que pueda acusarse a un grupo de escritores desentendidos de la política, teníamos motivos de sobra para adoptar tal actitud. La Revolución había sido traicionada, Machado fue sustituido por algo infinitamente peor; vimos cómo, de la noche a la mañana, los sargentos pasaban a coroneles, la esperanza de una nacionalidad plenamente lograda hecha pedazos y, en su lugar, la regresión al subdesarrollo más escandaloso; finalmente, como carta única de ciudadanía, el “quítate tú pa’ ponerme yo”.

Ante esa contingencia cabían dos actitudes: luchar o desdeñar. Nosotros optamos por la segunda. A reserva de que la historia nos juzgue, voy a enjuiciar (en lo que pueda y con las naturales limitaciones y hasta parcialidades que implica ser actor del drama que se vivió) a nuestra generación.

He dicho que optamos por el desdén. Pensamos con toda honestidad (uno puede pensar en términos de honestidad y al mismo tiempo resultar deshonesto) que mezclarnos en la vida política sería tanto como contaminarnos con su pestilencia. Hicimos el siguiente cálculo: podemos comer mucho si pactamos; mal comer o pasar hambre si no pactamos. Si comemos mucho tendremos que pagar un precio elevado; por ejemplo, escribir sobre los políticos, justificar la dictadura, ser conformistas. Si nos decidimos por el hambre nos convertiremos en olvidados.

A pesar de la cara horrible del hambre, de la tentación de la “botella”, de las suculentas tajadas del jamón nacional, nuestro asco era tan profundo que elegimos el hambre, el desdén, el anonimato, la capilla y la muerte civil.

Depositamos entonces nuestra fe en realidades tales como la Literatura, lo Bello, lo Bueno, que por una rara paradoja eran, al mismo tiempo, tan sólo abstracciones. Resultaron serlo porque nos empeñamos en asumir esas categorías como escudo contra lo podrido, sin darnos cuenta de que un estado de cosas no se cambia con meros símbolos. Por su parte, el enemigo ni siquiera reparó en nuestro desafío inefable.

De la caída de Machado a Fidel Castro vimos desfilar a Batista, Mendieta, Miguel Mariano Gómez, Barnet, Grau San Martín, de nuevo Batista, Prío y otra vez Batista. Cualquier hijo de vecino sabe de memoria estos nombres y parecería ocioso citarlos. Sin embargo, para quienes padecimos esos desgobiernos la enumeración se connota con tintas más que sombrías. Cada cuatro años comprobábamos que el presidente en turno superaba en pillerías a su antecesor, con lo cual se acentuaba nuestro asco y desprecio por la politiquería y los politiqueros.

Salvo una o dos excepciones, nuestra generación no ocupó durante esos gobiernos cargos de confianza; no fuimos ministros, embajadores, jefes de despacho, periodistas espléndidamente embotellados, etc. Sería curioso hacer la historia de cómo la pasamos en esos años de ostracismo. Por ejemplo, Lezama fue un empleado subalterno de la Cárcel de La Habana por once años; Portocarrero arañaba la tierra para vivir; Oscar Hurtado vendía pescado en la Plaza del Vapor; Cundo Bermúdez era agente de máquinas de escribir; yo viví doce años en Buenos Aires como empleado administrativo del Consulado de Cuba con un haber mensual de quince dólares.

Todo eso era un duro sacrificio, pero al mismo tiempo eludíamos la confrontación con la insoslayable realidad que es el fenómeno político. Por huir de esa realidad atroz contribuíamos, sin percatarnos de ello, a perpetuarla. Pero es que la política cubana nos producía náuseas y el peor insulto que se nos podía infligir era recordárnosla. Nosotros habíamos cortado una especie de nudo gordiano: los políticos hacen la política. Nosotros hacemos la literatura. Esta conclusión no la habíamos sacado ex nihilo. Siempre que veíamos la entrada en política de un escritor no fallábamos en nuestra presunción: al poco tiempo estaba pegado al jamón con las consiguientes traiciones y componendas. Por ejemplo, la posición de Mañach siempre nos dio mala espina; lo estimábamos como escritor pero lo desdeñábamos como político.

Todo ello nos fue haciendo ver la vida de la nación sub especie literaturae. En las distintas revistas surgidas por esos años nunca apareció en ellas una sección dedicada a examinar la vida política del país. A nosotros sólo nos importaba la vida y el quehacer literario por sí mismos, y más que eso, nos encantaba; era como un anestésico contra la podredumbre. De hecho, estábamos ayudando al régimen dictatorial en turno, de acuerdo con el refrán de “el que calla otorga”.

Por supuesto teníamos plena conciencia de que el país marchaba hacia el desastre, pero ignorábamos cómo tomar posiciones definidas para atacar a los expoliadores. Además, todo lo dábamos de antemano por perdido. Llegó un momento en que fuimos tan indiferentes que lindamos con el elegante pero pernicioso cinismo. No lo decíamos, pero lo dejábamos ver en nuestra actitud: “Allá ellos, que hagan mangas y capirotes; nosotros no estamos metidos en ese pastel”. A propósito: recuerdo que con motivo del famoso enjuague en el Senado por el negociazo de los Bonos y cuyo resultado ulterior fue la fuga espectacular de Alonso Pujol llevándose varios millones de pesos, un escritor checo-francés que por ese entonces residía en La Habana, me dijo indignado: “Eso no es otra cosa que un acto de gangsterismo. Ustedes, los escritores, ¿no piensan protestar?” Mi respuesta ni siquiera fue: “¿Y para qué?… Sería como arar en el mar…” Si esa hubiera sido mi respuesta supondría cierta voluntad de protesta. Pero no, la mía, mi respuesta, fue aún más pobre, más negativa, más indiferente: “¡Y qué me importa! Eso es política y yo nada tengo que ver con la política”.

A tales desatinos, a tales insensateces nos había llevado la frustración sucesiva y dolorosa de la nacionalidad ofrecida como ramera en la plaza pública. Respuestas como ésa mía eran tan monstruosas como el crimen que se cometía día a día. Y contradictoriamente, si la daba, era porque precisamente me atormentaba la sola idea de verme, como el politiquero, convertido en monstruo, que sólo tenía de humano la conformación física.

Por otra parte, como nos dolía el drama de Cuba y como debíamos expresarnos como escritores, reflejábamos a nuestra manera ese drama en nuestras obras. Huyendo de la literatura panfletaria (teníamos una idea muy errada del panfleto, lo igualábamos al pasquín electoral) fundamentábamos nuestra protesta en una literatura que llamaría, forzando un tanto el término, “abstraída”, es decir una literatura que eludía los primeros planos de la cruda realidad para darla pasada por un tamiz diez veces más fino. Por ejemplo, un cuento mío –La Carne– no es otra cosa que la protesta por los envíos de nuestras reses a Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, pero es, conjuntamente, una protesta sin eficacia inmediata. Un censor oficial no lo habría puesto en el index, a lo sumo reputaría de loco a su autor, y por tal pasé en el periódico Información por uno de estos cuentos allí publicados. De paso diré que estoy muy satisfecho de haberlo escrito partiendo de esa vilipendiada literatura del absurdo que es tan realista como la realista. Pero no es esto lo que quiero destacar. Sí diré, en cambio, que su alcance, dentro del reducido ámbito cultural cubano de ese entonces, sólo llegó a los pocos que estaban en condiciones de apreciarlo. ¿Quiere esto decir que erramos el golpe, que dejando de escribir los textos apropiados perdíamos contacto con la masa, o algo aún peor, que nunca lo establecimos? Estas imputaciones pueden hacérsele al escritor cuando se habla en términos de país desarrollado que cuenta con escritores organizados como clase, con masa organizada y con órganos de difusión organizados. Por lo contrario, en la Cuba de que hablo no se daban esas condiciones. Las únicas existentes eran las de “sálvese quien pueda” y “cada uno que tire por su lado”. Claro está, se salvaban los que detentaban el poder, y el resto tiraba por su lado por puro instinto de conservación. El nuestro hizo hincapié en la incontaminación a fin de preservar la obra, obra que, para confirmar el estado de cosas existente, ni siquiera era apreciada por los “happy few”, pues para ellos Arte y Literatura resultaban categorías absolutamente vedadas. Y tampoco para la masa, que desconocía el abecé de la literatura, extremo éste que, para completar el cuadro, se avenía ajustadamente con nuestro desconocimiento del abecé de las doctrinas políticas y sociales.

(Continuará)

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