Basura

En la residencia para estudiantes donde me alojé en París, hace más de cuarenta años, había una femme de ménage, vieja y diminuta, que a todos sorprendía con sus ocurrencias. Allí compartía yo habitación con un pintor cubano que por entonces componía collages con ripios de los afiches más roñosos que hallaba en los muros de la ciudad. Una mañana en que me encontraba solo en el cuarto, madame Léonide, que así se llamaba la mujer, se presentó con sus aperos de limpieza para “hacer la habitación”. Puesta a lo suyo, con la escoba sacó de debajo de la cama del pintor una caja donde éste acumulaba aquellos retazos inmundos, y me preguntó si eso era para botar. Le dije que no y le expliqué cómo con eso mi compatriota hacía cuadros. Le señalé dos recién terminados que colgaban de una pared. Se acercó a ellos y, con el ceño fruncido, los contempló atentamente. En los cuadros, los ripios aparecían pegados en aparente desorden y manchados con brochazos y goterones de pintura blanca. Cuando se hartó de mirar, la viejita se volvió hacia mí y me dijo, apoyada en la escoba y moviendo la cabeza en señal de desolación: “La culpa de todo esto la tiene ese señor Picasso”.

He recordado esta anécdota al enterarme por la prensa de que una empleada de limpieza de la galería londinense Tate Britain tiró al depósito de desperdicios una bolsa de basura que encontró en una sala dedicada al arte de los años 60, y la bolsa era una obra de arte titulada “Recreación de la primera demostración pública de arte autodestructivo”, del plástico alemán Gustav Metzger. El problema fue resuelto por el propio artista, quien hizo un supremo esfuerzo creativo y envió a la galería otra bolsa de basura, la cual se guarda de noche en una caja fuerte para evitar nuevas confusiones. Pienso que lo correcto habría sido que la empleada, para reparar el estrago de que era responsable, hubiese donado a la Tate Britain una bolsa con desperdicios de su casa, con lo cual, además, habría evitado al señor Metzger los gastos de envío y seguro de su segunda bolsa de basura.

Esta noticia me trae a la mente otra que leí en la prensa española hace meses. En un museo del País Vasco —el Kursaal o el Guggenheim—, unos chuscos, aprovechando la ausencia del vigilante, colgaron en una sala un cuadro que ellos habían hecho embadurnando un lienzo con óleos de colores. Allí estuvo atrayendo la respetuosa atención de los visitantes de aquella sala, donde se exhibía arte moderno, hasta que alguien del museo se percató de que esa abstracción estaba colada en la muestra. Después se supo que era una superchería porque, aparte de no estar firmada por ningún artista conocido, sus autores declararon la broma.

Volviendo a París, les cuento que acabo de ver allí, en el Centro Pompidou, un descomunal lienzo de Joan Miró que consiste en una superficie emborronada de azul sobre la que se aburren unos trazos rojos, alargados y oblicuos. Es, creo, de lo último que hizo este pintor que tan juguetona y deliciosa pintura nos dejó. Mientras contemplaba esa especie de mural vacío, ajeno al genio de su autor, descubrí entre los que allí estábamos a madame Léonide. Movía la cabeza desconsoladamente.¨

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